Al principio, comíamos sobre todo fruta. O, más bien, lo hacía el pariente más reciente que compartimos con nuestros primos más cercanos, los chimpancés, hace cuatro millones de años. Su vista era capaz de distinguir los colores de estas fuentes de azúcar, minerales y fibra, probablemente para detectar cuándo estaban maduras y dulces. Desde ese momento, y a lo largo de la evolución del género Homo, la proporción de azúcar en la ingesta energética diaria se habría reducido unas tres cuartas partes, en favor de la mayor diversidad de una dieta omnívora. Paradójicamente, en ese tiempo, el órgano que más depende de la glucosa, el cerebro, no ha dejado de crecer respecto al tamaño corporal. Ahora, que representa el 2% de nuestro peso, consume un 20% de la energía que necesitan nuestras funciones vitales.Seguir leyendo