En 1995, un filósofo abandonó su casa en Lima y se instaló en pleno desierto de Ica, decidido a demostrar algo que sonaba casi imposible: que se podía devolverle fertilidad a la arena sin una sola gota de agroquímico. Tres décadas después, un puñado de camélidos andinos que nunca debieron estar ahí terminó siendo la pieza que faltaba