El herbario de Emily Dickinson, disponible 180 años después de su creación

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Entre las mayores destrezas de la poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886) se encuentra la de haber sabido “traducir” el lenguaje de las flores. Es una de las escritoras más respetadas de la —actualmente en boga— época victoriana, y encontró en cada rincón del jardín una motivación para escribir sobre amor, tiempo, muerte, eternidad y naturaleza. Con casi 1.800 poemas y cientos de cartas, para ella las plantas y flores tenían un significado preciso, que incluso identificaba con personas conocidas, así como a ella misma. Su herbario es la vía de acceso a su trabajo de tantos años, así como a muchos de los misterios más bellos de sus poemas.La semillaNacida en Amherst, Massachusetts, en 1830, el padre de Dickinson fue un abogado que llegó a ser congresista en los Estados Unidos, y su madre una mujer de buena educación que amaba dedicarse al cuidado de su jardín. Fue la segunda de tres hermanos y, si bien viajó para visitar a familiares en Washington y Philadelphia, rara vez dejó Homestead. Tras su muerte, su hermana pequeña Lavinia, tal como Dickinson le había pedido, se dispuso a quemar sus cartas, pero se sorprendió al descubrir cientos de poemas sobre los cuales no había instrucciones. Fue así que Lavinia se dedicó, durante años, a pedir a editores que publicaran todo ese material. Sin ella, hoy no sabríamos casi nada de su escritura potente, sensible y fabulosa. La botánicaBajo el ala de su madre, Emily se interesó por la botánica desde los 9 años. Pero fue a los 12, durante sus años como estudiante en Amherst Academy, que su interés tomó carácter científico. La directora de la academia, Mary Lyon, incitaba a las niñas a recoger sus plantas y registrarlas. Esto, junto con una clase que tomó con Almira Hart Lincoln, animó a Dickinson a iniciar su herbario, que coleccionó entre los 10 y 16 años. El original se conserva en el cuarto dedicado especialmente para la poetisa en Harvard Houghton Rare Book Library. Se trata de un álbum con tapa de cuero de 66 páginas que incluye 424 especies. Su fragilidad es tal que se encuentra totalmente prohibida su manipulación. Es por eso que una versión digital fue elaborada especialmente para su consulta y es de acceso gratuito. A lo largo de sus páginas puede contemplarse la dedicación de Dickinson por recoger, estudiar y coleccionar flores y plantas, preservándolas y nombrándolas con un visible sentido de composición. Pequeñas cintas incluyen los nombres en una letra cursiva y elegante. Se trata de un trabajo minucioso y de gran detalle. De las primeras especies en aparecer en el herbario se encuentra el jazmín, una flor que para ella simbolizaba la pasión. Si bien Dickinson tenía una crianza puritana y disciplinada, la atraían especialmente especies de climas tropicales o semitropicales. Domesticar el jazmín al clima cálido de Nueva Inglaterra era para ella una forma de escribir sobre amor prohibido. Así, tanto en la literatura como en su jardín, ella sentía una atracción especial por especies menos comunes o desconocidas, guiada por un espíritu aventurero y libre. Otra especie destacada es la violeta, cuyo repertorio incluye diversas variedades como la palmata, pubescens, pedata, rotundifolia y cucullata, entre otras. Dickinson se identificaba con las margaritas, pero su flor favorita era la pipa india (Monotropa uniflora), de la que no tiene registro en su herbario, pero que aparecería en la cubierta de su primer libro de poemas, publicado póstumamente en 1890. En el herbario aparecen también flores silvestres, como la genciana o la anémona.De la margarita, especie que Dickinson asociaba consigo misma, escribió: “La rosa solo reina en verano, la margarita nunca muere”. Podemos pensar que este deseo de inmortalidad se cumple hoy en las páginas del herbario, así como en sus poemas. De algún modo, sus poemas actúan a la manera de paseos, por los que descubría diferentes especies que luego ocupaban sus días. En las sucesivas páginas aparecen también ásteres, dientes de león, campanillas, dedaleras, claveles, jazmines, narcisos, rosas, orquídeas. La espiritualidad alcanza también a sus versos. En el poema “La geneciana teje sus flecos” se lee:La Escarcha decapita al Futuro La Escarcha obtiene la Corona Pero la Genciana teje sus flecos Y el telar del Arce ha caído Así, en la transición del otoño al invierno, la metáfora del tejido muestra cómo la flor arma su protección, las hojas rojas, para prepararse para el frío. En otros párrafos se expresa cómo la flor resiste y sigue tejiendo un poco más, a pesar de la inminencia del cambio estacional. Habla de la resistencia y de la transformación, la escarcha es el verdugo y el Futuro (en inglés Futurity) introduce una mirada religiosa o mística.Eva Gallud, una de sus traductoras al español, afirma que en toda la producción de Dickinson, “la naturaleza es uno de los elementos imprescindibles, no solo plantas y animales, también volcanes, mares, planetas”. Gallud tradujo una edición bilingüe que hoy puede conseguirse en el país, y contiene registros de su herbario junto con una antología de poemas que gira en torno a las plantas, árboles y flores, editado por el sello Ya lo dijo Casimiro Parker.