Mucho se ha dicho y escrito estos días sobre la tragedia ferroviaria en Urda, es verdad que son muchos los aspectos a considerar, y es preciso distinguir, no separar, para intentar ofrecer un punto de luz en medio de un desgarro como el que ha provocado esta catástrofe. En cualquier caso, esta circunstancia, con todo su peso y densidad de dolor, no la podemos despejar ni eludir, nos desafía personal y comunitariamente a reconocer cuál es el valor y el significado de nuestra vida y también a identificar las razones para construir y vivir juntos… si las tenemos. Como ya sucedió durante la Dana, o en el demasiado reciente accidente de Adamuz, nos sentimos desarbolados y sobrecogidos, sin saber qué hacer con un sufrimiento que nos desborda y nos anega de amargura al comprobar que en unos pocos minutos se nos arrebata las vidas de personas muy queridas, o cuando nos damos cuenta simplemente de que aquello que parecía sólido y prometedor se ve brutalmente truncado. Para una amplia franja de la sociedad española las fórmulas que en otro tiempo ofrecían consuelo y certeza ahora resultan extrañas, incluso provocan rechazo, o simplemente han desaparecido dejándonos en una gran orfandad. Sin embargo, en las horas posteriores al accidente muchas personas contaban con naturalidad cómo rezaban por los muertos, por los heridos, por sus víctimas. Como también es un hecho la gratitud general por la presencia diligente, sencilla y eficaz de los sacerdotes en el mismo lugar de la tragedia y posteriormente en los espacios habilitados para una espera tremendamente dramática. Así que, en medio de una profunda secularización, se ha manifestado claramente que todos necesitamos una forma de sabiduría indispensable para hacer frente a circunstancias tan difíciles como las de los últimos días, y esa sabiduría se ha expresado a través de presencias concretas, sin condiciones ni demasiados discursos. Hemos oído hasta la saciedad que es necesario exigir todas las responsabilidades políticas y penales por lo que ha sucedido, y eso es totalmente justo. Pero inmediatamente debemos recordar que nunca dispondremos, ni en el tren ni en ningún otro aspecto de la vida, de un sistema perfecto que nos ponga a salvo de todas las eventualidades. La vulnerabilidad y la finitud son elementos constitutivos de nuestra condición humana y, al mismo tiempo, es evidente nuestra necesidad de esperanza , no de presumir que «todo irá bien» sino de que, pase lo que pase, el dolor y el mal no sean la última palabra sobre nuestras vidas. La certeza de que la vida verdadera no acaba con la muerte ha acompañado a generaciones de españoles durante siglos y ha sido el factor decisivo en nuestras mejores empresas históricas. Pero no será la nostalgia ni un razonamiento los que hagan revivir esa certeza, sino el encuentro entre la necesidad radical que hemos experimentado estos días y el testimonio creíble de los cristianos de hoy.