El imponente castigo electoral a Donald Trump, el presidente más patético e impopular de la historia de los Estados Unidos, tiene tales dimensiones que los comentaristas políticos del país lo denominan «bluenami«: los demócratas recuperan ambas cámaras, el recuento provisional de Ballotpedia les atribuye al menos 54 senadores y siete escaños senatoriales ganados. En Texas, Gina Hinojosa derrota a Abbott y James Talarico a Paxton, un vuelco histórico que interrumpe décadas de hegemonía republicana en el estado de la estrella solitaria. Las consecuencias de semejante bofetada en la cara de Donald Trump («votad como si mi nombre estuviera en la papeleta«… ¡y los votantes lo hicieron!) llegan a la inteligencia artificial, los data centers y las big tech. Si ya habíamos hablado de las aberraciones energéticas y medioambientales que la construcción de estas infraestructuras suponían, con la venia de un presidente negacionista de la emergencia climática, ahora MIT Tech Review detalla cómo el mercado de data centers que más crecía puede ahora perder esa posición: Hinojosa propone una moratoria hasta aprobar protecciones para los ciudadanos, y Reuters confirma la incertidumbre sobre proyectos de Meta, Google y Microsoft. Parece que los votantes no cabían en los planes de negocio de las big tech. Vaya con la democracia, ese molesto límite a los centros de datos… La rebelión desborda claramente las etiquetas partidistas: Abbott ya había suspendido permisos el 21 de septiembre, exigiendo auditorías sobre electricidad y agua. Según el Financial Times, hasta 38 de las 47 votaciones locales estaban a favor de esas restricciones y, citando a Goldman Sachs, el cambio político podría afectar hasta al 45% de la expansión prevista. La irresponsabilidad de los CEOs era evidente: Reuters documentó su acercamiento a Trump, con Zuckerberg, Pichai y Huang presentes mientras defendía acelerar la construcción. El caso de Google es especialmente revelador: su infraestructura crece más deprisa que la descarbonización eléctrica, y las emisiones de su cadena de suministro aumentaron un 25%. La decisión consciente de acelerar, completamente incompatible con los compromisos medioambientales declarados por estas compañías antes de la llegada de Trump, las convierte en las mayores y más asquerosas hipócritas del planeta: obviamente, la emergencia climática no figuraba en sus presupuestos. Hay que ver, tanto comprar influencia para terminar perdiendo las elecciones. El problema empeoraba con la decisión de acelerar construyendo nueva dependencia fósil, en perfecta sintonía con los compromisos de Trump con la industria petrolera: Reuters recoge 74 proyectos de centrales de gas destinadas a centros de datos, casi la mitad en Texas. El estudio citado estima unas emisiones potenciales de 662 millones de toneladas anuales, una auténtica barbaridad medioambiental. El revés, en cualquier caso, tiene límites políticos y climáticos: Trump conserva el poder de veto, por lo que el cambio más inmediato puede producirse en estados, municipios y reguladores eléctricos. Habrá beneficios si se evitan instalaciones fósiles o se exige energía limpia adicional, pero una simple relocalización de los proyectos podría simplemente desplazar las emisiones a otros estados. La AIE proyecta que el consumo mundial de centros de datos casi se duplicará entre 2025 y 2030. Es fundamental exigir transparencia, que las compañías asuman los costes, y que esa expansión sea compatible con los objetivos de descarbonización. Ahora, la sonora derrota de Donald Trump puede abrir ese espacio de responsabilidad que sus irresponsables aliados tecnológicos estaban eludiendo. Apuntemos, en cualquier caso, la calaña de semejante gentuza capaz de vender no solo sus principios, sino la salud del planeta que habitan, al mejor postor. Qué asco.