La psicología dice que la razón por la que la mayoría de las personas comienzan a cuidarse no es un susto relacionado con la salud, sino ver una foto de sí mismas que no sabían que les estaban tomando

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Redacción ClarínPara muchas personas, empezar a cuidarse no nace de una cifra en un análisis de sangre ni de una advertencia del médico. El impulso puede aparecer en una escena mucho más cotidiana: ver una foto, reconocerse y sentir que la imagen no coincide con la idea que uno tenía de sí mismo.Una fotografía puede funcionar como una especie de espejo sin negociación. Frente al espejo, la persona elige el ángulo, la postura y el momento. En una imagen tomada por otra persona, en cambio, desaparece parte de ese control. Esa distancia puede hacer visible una diferencia entre el “yo” que alguien imagina y el que cree descubrir desde afuera.Un trabajo reciente aporta evidencia para entender por qué ese choque visual puede convertirse en un punto de inflexión. Según un estudio publicado en 2026 en PLOS One por investigadores de la Universidad Anglia Ruskin, en Reino Unido, la imagen corporal y la insatisfacción estética fueron los motivos de cambio que aparecieron con más fuerza entre los hombres entrevistados.Los investigadores reunieron a 24 hombres mayores de 30 años, con una edad media de 46, que habían tenido sobrepeso y experiencia previa con programas para adelgazar o que buscaban perder peso. A través de cuatro grupos de discusión, analizaron qué factores los habían llevado a actuar.Existe una discrepancia entre la imagen interna y la imagen percibida. Foto: Shutterstock.El patrón fue llamativo. La preocupación por la salud apareció, pero recién después de la apariencia y de la sensación de no reconocerse. Varios participantes recordaron momentos concretos en los que una foto, un espejo o una prenda que ya no les quedaba bien produjo la idea de “hasta aquí llegué”. Uno de ellos había pasado incluso por una cirugía cardíaca de urgencia y, aun así, describió una fotografía como un impulso todavía mayor para cambiar.La explicación no está en que la cámara revele una verdad absoluta sobre el cuerpo. Las fotos dependen del ángulo, la distancia, la lente, la postura y la luz. Su poder psicológico puede venir de otro lugar: ofrecen una representación que la persona no controla del mismo modo que su reflejo habitual.Ahí puede aparecer lo que la psicología describe como una discrepancia entre la imagen interna y la imagen percibida. El problema no surge solo de “verse mal”, sino de sentir que la apariencia observada ya no encaja con la identidad propia. En el estudio británico, los investigadores destacaron ese componente: varios hombres hablaban menos del peso como número que de la distancia entre cómo se sentían y cómo creían verse.Eso también explica por qué una advertencia médica no siempre produce un cambio inmediato. Un riesgo cardiovascular o una probabilidad futura son conceptos abstractos. Una foto es concreta, personal y ocurre en el presente.Convertir la incomodidad en vergüenza no garantiza hábitos duraderos. . Foto: ShutterstockSin embargo, convertir la incomodidad en vergüenza no garantiza hábitos duraderos. El mismo estudio advierte que algunos cambios nacidos de esos momentos fueron bruscos e impulsivos y no siempre resultaron sostenibles. La motivación ligada solo a la apariencia también puede generar una relación poco saludable con el ejercicio o la comida.Por eso, una foto puede ser el detonante, pero no debería convertirse en el castigo. Lo que parece más útil es tomar ese “clic” como una señal para construir cambios que puedan mantenerse: moverse más, dormir mejor, comer con mayor equilibrio y buscar apoyo. La imagen puede abrir la puerta; lo importante es qué se hace después de verla.Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosFotografíaPsicologíaInformación General