Un artículo en MIT Tech Review, «The agentic web is here«, incide en los mismos temas que yo ya tocaba en Fast Company el pasado abril: cómo la llegada de agentes personales de inteligencia artificial supuestamente al servicio de los usuarios está provocando la transformación de la web. Si el chatbot y el agente se convierten en nuestro principal entorno de decisión, controlar esos chatbots y esos agentes pasa automáticamente a conceder poder sobre todas las opciones que consideramos, sean comerciales, políticas o de cualquier tipo. El resto de la historia ya la conocemos. La pregunta, por tanto, sería en manos de quién están esos chatbots y esos agentes, y esa respuesta es cualquier cosa menos tranquilizadora: en manos de una panda de psicópatas a los que conocemos directamente por su nombre sin siquiera necesidad de apellido, como Elon, Sam, Mark, Dario y compañía, completamente decididos a ignorar cualquier problema o complicación y dispuestos a irse a la cama con cualquier poder político, incluidas opciones tan directamente grotescas como Donald Trump, siempre que lo estimen necesario. Si esos son los que van a controlar los chatbots y agentes que usa la mayoría de la humanidad, creo que es el momento de pedir que se pare esto, porque yo me bajo. Yaqub Chaudhary y Jonnie Penn en Harvard Data Science Review exploran cómo convertir motivaciones e intenciones en mercancía mediante las conversaciones personalizadas que mantenemos con la inteligencia artificial. Esa es la agenda de las big tech: facilitar la creación de una sociedad lerda y manipulable, y vender esa capacidad de manipulación al mejor postor o al político de turno, con unas visiones de lo menos tranquilizadoras. Lo intentaron con las redes sociales: si creías que con ellas sabían mucho de ti porque en ellas seguías a personas, leías artículos, dabas algún «me gusta» y comentabas, espera a ver lo que un chatbot o un agente de inteligencia artificial puede llegar a saber de ti, considerando las conversaciones de todo tipo que tienes con ellos y las cosas que les pides. Además de simplemente observar comportamientos, son capaces de intervenir mientras se forman las decisiones de todo tipo. Es el capitalismo de vigilancia de Shoshana Zuboff elevado a su máxima potencia, una auténtica distopía en la que una sociedad de ovejas está totalmente controlada por unos pocos que la pastorean a su antojo.La capacidad persuasiva de estos mecanismos automatizados ya tiene amplia evidencia experimental: GPT-4 con datos personales es capaz de superar a interlocutores humanos en debates controlados. El incentivo comercial, además, ya está ahí: Meta ya publicó su intención de utilizar las conversaciones con su inteligencia artificial para personalizar contenidos y anuncios para sus usuarios, que aun así se han lanzado en masa de forma entusiasta a utilizar sus agentes. ¿Alguien se ha planteado por qué el lanzamiento de diciembre de 2025 excluía específicamente a la Unión Europea, al Reino Unido y a Corea del Sur? La monetización de las conversaciones con los chatbots es una realidad ya: no es tu asistente, son sus intereses, un capitalismo de vigilancia que, aprovechando el cognitive surrender, ahora ya piensa por ti. Estamos haciendo que los usuarios pasen de simplemente delegar tareas a delegar criterio. La distopía disfrazada de asistente personal. La dimensión electoral tampoco es ningún tipo de ciencia-ficción ni de conspiranoia: un reportaje de Reuters del 26 de octubre de 2026 describe estrategias de campañas estadounidenses para influir en cómo los chatbots presentan y recomiendan candidatos. ¿Alguien puede confiar en unas compañías que han demostrado su lealtad sumisa al político de turno? Las respuestas aparentemente independientes que tu chatbot te ofrece, en realidad, pueden acabar incorporando los intereses de quienes han trabajado para condicionarlas. Al menos la aplastante derrota de Donald Trump en las midterms han probado que toda manipulación puede tener un límite. Necesitamos mucha, muchísima más transparencia sobre cómo se desarrollan estos agentes y sistemas de inteligencia artificial. Transparencia total sobre objetivos, patrocinadores y conflictos, auditorías independientes y control revocable de datos y permisos, exactamente la dirección contraria a la que ahora llevamos. De lo contrario, estaremos entregando las llaves de una sociedad fácilmente manipulable a nuestros «amos» de la inteligencia artificial: no a las inteligencias artificiales como tales, sino a los multimillonarios que las desarrollan. Si una gran cantidad de personas confía en lo que sus chatbots y agentes les dicen o recomiendan, creen ciegamente en lo que su inteligencia artificial les dice simplemente porque «lo ha dicho la máquina», y además le entregan toda su información personal, estamos condenados como sociedad.Es, en esencia, la hipótesis de WALL-E: una sociedad compuesta por individuos carentes de criterio, que se dejan llevar por fuerzas que ni siquiera llegan a comprender. Es la receta para el desastre, porque los chatbots y agentes permiten una extracción de información personal mucho más íntima que la que realizan las redes sociales. Sería una segunda versión, mucho más aterradora, de esa distopía: una dependencia diseñada por una élite que consigue que el resto de la sociedad pierda toda su autonomía simplemente a cambio de comodidad.