En la Roma antigua, Júpiter era el dios del Capitolio, el dueño de la política, la deidad de la república. La victoria de Macron en 2017, increíblemente, pronto fue asociada a aquella remota figura palatina. Se vio al recién llegado como quien frenaría la marea populista del primer Trump y restauraría la presencia de Francia en los tableros de Europa. Pronto, el nuevo mandatario fue celebrado como “el presidente jupiteriano”, aun cuando muchos ya entonces cuestionaran un porte de fría arrogancia, como el de un jefe del Olimpo que desprecia las minucias.En aquellos años nuevos y de reformas en curso no importaban las críticas a su aura monárquica de estilo degaulliano. A sus 39 años, el líder francés más joven desde Napoleón hablaba con la claridad propia del mejor cartesiano, la elocuencia convincente de quien lleva años meditando su tarea.Muchos creyeron en su palabra. Francia debía adaptarse a un nuevo capitalismo, con fluidez bursátil y flexibilidad laboral. Macron venía de la banca, conocía de dinero. Por su pasado cercano al socialismo, también sabía que debían preservarse equilibrios, procurar la justicia social, zurcir bordes mal cosidos, sanar heridas. El presidente jupiteriano podía mostrarse de izquierda y asimismo de derecha, liberal y conservador, europeísta fervoroso y, a la vez, defensor de la Francia gaullista.Pero en el desencanto acumulado en 10 años de macronismo resuena ahora la advertencia del Eclesiastés: “todo verdor perecerá”. Las protestas de media Francia ponen un freno a aquel impulso. Son expresión de una angustia antigua. La desigualdad creciente es el problema, el bienestar erosionado de un Estado menos potente.Macron no es el único responsable, claro. Pero la música de su presidencia ya no suena como antes, mientras se expande el malestar de una era que apura entre estertores su último aliento. Si le creemos a los números, un sondeo de Ipsos revela que el 90% cree que Francia está en declive. Para uno de cada tres, la decadencia es irreversible. Es difícil transformar el hartazgo en política. Y Macron es la última expresión de una promesa insatisfecha. Con crueldad, el historiador François Dosse dijo a Clarín: “Es una suerte de traidor”.Los candidatos a sucederlo son la ultraderechista Marina Le Pen, que busca sacudirse un pasado pronazi. Y Jean-Luc Mélenchon, antiguo defensor del chavismo. Algunos analistas comienzan a interrogarse si acaso el remedio no será peor que la enfermedad.Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosEmmanuel MacronFrancia