Durante décadas, la ciencia asumió que la vida en la Tierra terminaría cuando el Sol, cada vez más brillante, evaporara los océanos, dentro de unos 2000 millones de años. Un modelo que corrió más de 400.000 simulaciones encontró que el final llegará mucho antes, y de una forma distinta: no un planeta que se seca, sino una atmósfera que se queda, de golpe, sin el oxígeno que hoy respiramos