La relación bilateral entre Marruecos y EEUU y sus implicaciones para España

Wait 5 sec.

Mensajes claveLa relación EEUU-Marruecos ha pasado de ser una asociación histórica y de seguridad a una relación estratégica mucho más multidimensional a la que se suma la geoeconomía, cadenas de suministro, energía, tecnología y proyección hacia África.El Sáhara Occidental se ha convertido en el principal elemento político de esa relación y en el gran éxito de la estrategia marroquí hacia EEUU. Washington presenta ahora la autonomía bajo soberanía marroquí como la única solución viable y Rabat trata de convertir ese respaldo político en una nueva realidad diplomática, económica y estratégica.La relación económica está cambiando cualitativamente. Su acuerdo de libre comercio con EEUU, su proximidad a Europa y su acceso a África refuerza su potencial como plataforma de nearshoring.El creciente valor de Marruecos para EEUU procede de su capacidad para conectar distintos espacios estratégicos. Mantiene vínculos con las monarquías del Golfo y, pese a Gaza, conserva su relación estratégica con Israel. Su atractivo para Washington reside precisamente en esa capacidad de conectar Mediterráneo, Atlántico, África, Sahel y Oriente Medio.Para España, el problema no es que Marruecos vaya a sustituirla como socio de EEUU, sino el riesgo de una pérdida relativa de centralidad. España conserva activos difícilmente reemplazables, pero debe reafirmar su propio valor para Washington más que intentar frenar el ascenso marroquí.AnálisisLos lazos entre EEUU y Marruecos han sido históricamente estrechos, hasta el punto de que Rabat es uno de los aliados más antiguos de Washington. Marruecos fue, de hecho, el primer país en reconocer la independencia de la joven nación estadounidense en diciembre de 1777, cuando el sultán Mohammed III emitió un decreto que autorizaba a los barcos estadounidenses a acceder a los puertos marroquíes y garantizaba su protección. Este gesto se considera el primer reconocimiento de la independencia estadounidense por parte de un Estado soberano, aunque anteriormente se habían producido otros actos de carácter simbólico, como el saludo de cañones a la bandera estadounidense realizado en 1776 en la isla de San Eustaquio (Sint Eustatius), entonces bajo soberanía de las Provincias Unidas. El reconocimiento marroquí quedó formalizado en 1786 con la firma del Tratado de Paz y Amistad, todavía vigente, y considerado el tratado más antiguo de EEUU que ha permanecido ininterrumpidamente en vigor.Durante el siglo XIX las relaciones entre ambos países se articularon principalmente en torno al comercio y la seguridad marítima, en particular a la protección de la navegación frente a la piratería en la denominada costa de Berbería. Los buques estadounidenses tenían acceso a los puertos marroquíes y los intercambios comerciales fueron aumentando, especialmente en productos como el cuero, las especias y determinados minerales. A diferencia de buena parte del norte de África, Marruecos logró preservar su independencia durante el siglo XIX, lo que permitió mantener una relación diplomática directa y continuada con EEUU. La presencia estadounidense se consolidó mediante la apertura de consulados en Tánger y otras ciudades costeras, que desempeñaban funciones tanto diplomáticas como comerciales. Especial importancia adquirió la Legación de EEUU en Tánger, establecida en 1821, que fue la primera propiedad pública estadounidense que operó en el extranjero, y que constituye todavía hoy uno de los principales símbolos históricos de la larga relación entre ambos países.Durante la primera mitad del siglo XX, con Marruecos bajo los protectorados francés y español, las relaciones directas con EEUU fueron más limitadas, aunque continuaron los vínculos consulares y comerciales. No obstante, la importancia estratégica del país aumentó durante la Segunda Guerra Mundial, al convertirse Marruecos en uno de los principales escenarios del desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942. Apenas dos meses después, Roosevelt y Churchill se reunieron en Casablanca para coordinar la estrategia aliada. Durante su estancia, Roosevelt mantuvo además un encuentro con el sultán Mohammed V, que posteriormente adquiriría un importante valor simbólico tanto en las relaciones entre ambos países como en el proceso hacia la independencia marroquí.La importancia estratégica de Marruecos continuó intensificándose con el comienzo de la Guerra Fría. En 1950, estando todavía bajo el protectorado francés, Washington y París alcanzaron un acuerdo que permitió a EEUU construir y utilizar una red de instalaciones militares en territorio marroquí, entre ellas las bases aéreas de Nouasseur, Sidi Slimane y Ben Guerir, además de las instalaciones navales y de comunicaciones de Port Lyautey, la actual Kenitra. Integradas en el dispositivo del Mando Aéreo Estratégico (Strategic Air Command, SAC), estas bases permitían el despliegue avanzado de bombarderos estratégicos estadounidenses y formaban parte de la arquitectura de disuasión de Washington frente a la Unión Soviética.La independencia de Marruecos en 1956 abrió una nueva etapa en la relación bilateral. Washington reconoció rápidamente al nuevo Estado, y la cooperación se amplió en los ámbitos político, económico y militar. Marruecos se consolidó rápidamente como un socio pro-occidental de EEUU en el norte de África, y como un receptor relevante de ayuda económica y militar estadounidense. La presencia de las bases instaladas durante el protectorado se convirtió, sin embargo, en una cuestión de soberanía para la nueva monarquía. Mohammed V reclamó su retirada y en 1959 alcanzó con el presidente Eisenhower un acuerdo para poner fin progresivamente a la presencia de las grandes bases aéreas estadounidenses.El proceso culminó en 1963 con la retirada de las tres principales bases del SAC, pero ello no significó el final de la presencia militar de EEUU en Marruecos. Hassan II y el presidente Kennedy acordaron ese mismo año que las instalaciones quedarían bajo soberanía y control marroquíes, mientras Washington conservaba el uso de determinadas infraestructuras, especialmente las instalaciones de comunicaciones navales vinculadas a Kenitra, Sidi Yahia y Bouknadel. EEUU continuó, además, proporcionando formación y asistencia a las Fuerzas Armadas marroquíes. Esta presencia fue reduciéndose progresivamente hasta el cierre de las instalaciones de comunicaciones a finales de la década de 1970.Más que un alejamiento entre ambos países, la retirada de las grandes bases reflejó una transformación de la relación: se pasó de una presencia militar estadounidense heredada del protectorado a un modelo de cooperación en materia de defensa compatible con la soberanía marroquí. El apoyo de la Administración Ford a las aspiraciones de Hassan II en relación con el Sahara Occidental durante la llamada “marcha verde” de noviembre de 1975, que daría lugar a la salida definitiva de España de dicho territorio en febrero de 1976, puso de manifiesto tanto la importancia que EEUU otorgaba a Marruecos como actor regional como la habilidad de la diplomacia marroquí en su gestión de la relación con Washington. El secretario de Estado de Ford, Henry Kissinger, que contempló la crisis a través del prisma de la lógica de Guerra Fría, tuvo siempre claro que un Estado saharaui independiente no tardaría en caer bajo la influencia del régimen pro-soviético de Argelia.[1]1. El nuevo sigloCon la llegada del siglo XXI, la relación entre ambos países adquirió una dimensión más amplia y progresivamente más institucionalizada, contando además con un considerable respaldo bipartidista en el Congreso estadounidense.Los atentados del 11 de septiembre de 2001 reforzaron especialmente la dimensión de seguridad de la relación. A raíz de los mismos, la Administración Bush buscó intensificar la cooperación con gobiernos árabes considerados moderados en la lucha contra el terrorismo, y Marruecos se convirtió en uno de sus principales socios en el norte de África. Esta cooperación adquirió todavía mayor relevancia tras los atentados de Casablanca de mayo de 2003, y se extendió al ámbito del intercambio de inteligencia, la seguridad fronteriza, la formación, y la lucha contra la radicalización y las redes terroristas. El Departamento de Estado no tardó en considerar a Marruecos un socio sólido en materia antiterrorista, una cooperación que, con el tiempo, adquirió también una importante dimensión regional y africana.Fue también en el contexto posterior al 11-S cuando comenzó a gestarse el Acuerdo de Libre Comercio entre EEUU y Marruecos (MAFTA), firmado en junio de 2004 y en vigor desde el 1 de enero de 2006, cuya lógica trascendía claramente el ámbito puramente comercial. Para la Administración Bush, Marruecos era un socio árabe y musulmán moderado cuyas reformas económicas y políticas convenía respaldar y, al mismo tiempo, una pieza de su estrategia más amplia para promover un Área de Libre Comercio de Oriente Medio (Middle East Free Trade Area, MEFTA).[2] Para Rabat, el acuerdo ofrecía la posibilidad de diversificar unas relaciones económicas tradicionalmente centradas en Europa y, sobre todo, de profundizar su relación estratégica con Washington.El MAFTA convirtió a Marruecos en el primer –y, hasta la fecha, el único– país africano en suscribir un acuerdo de libre comercio con EEUU, y en el segundo Estado árabe en hacerlo, después de Jordania. Este contemplaba la eliminación inmediata de los aranceles sobre aproximadamente el 95% del comercio bilateral de bienes industriales y de consumo, además de disposiciones específicas relativas a la agricultura, los servicios, la inversión y la propiedad intelectual.La dimensión económica avanzó en paralelo a una profundización de la relación de seguridad. En junio de 2004, EEUU designó formalmente a Marruecos como Aliado Principal No OTAN (Major Non-NATO Ally, MNNA), un estatus que facilita el acceso a determinadas modalidades de cooperación militar, equipamiento, investigación y formación estadounidenses. Esta medida permitió consolidar una relación de defensa que incluía ejercicios conjuntos, el acceso coordinado de las fuerzas estadounidenses a instalaciones marroquíes, y programas de financiación y formación militar.De este modo, a mediados de la década de los 2000 quedaron establecidos los pilares que estructurarían la relación bilateral durante las dos décadas siguientes: cooperación antiterrorista, colaboración militar, asistencia económica y de seguridad, un marco comercial privilegiado y una estrecha interlocución política.La Administración Obama mantuvo sin grandes cambios la relación forjada con Marruecos, aunque introdujo un mayor énfasis en las reformas políticas, los derechos humanos y el desarrollo económico. Al mismo tiempo, la llamada Primavera Árabe puso en valor la estabilidad marroquí en una región sometida a profundas transformaciones. Washington vio con buenos ojos la respuesta de Mohammed VI a las protestas de 2011 y la aprobación de una nueva Constitución, aunque continuó reclamando avances en materia de democratización, gobernanza y derechos humanos. La guerra en Libia, la inestabilidad del Sahel y la expansión del yihadismo en Irak y Siria reforzaron asimismo la cooperación antiterrorista. Marruecos participó en la coalición internacional contra el Estado Islámico y desarrolló una creciente capacidad en materia de inteligencia, prevención de la radicalización y formación religiosa, aunque ello no evitó que fuese también origen de un número significativo de combatientes extranjeros que se desplazaron a Siria e Irak.La principal novedad institucional fue la creación, en 2012, del Diálogo Estratégico entre EEUU y Marruecos, el primer marco formal y periódico destinado a estructurar la relación bilateral. Organizado en torno a cuestiones políticas y de seguridad, economía y comercio, y educación y cultura, permitió articular una cooperación que hasta entonces se había desarrollado de manera más dispersa. A ello se sumaron los programas de la Millennium Challenge Corporation y otras iniciativas destinadas a impulsar la inversión, el empleo y la formación.La primera Administración Trump profundizó la relación estratégica con Marruecos, que a su vez reforzó su alineamiento con algunos de los principales socios de Washington en Oriente Medio. En 2018 Rabat rompió relaciones diplomáticas con Irán, al que acusó de facilitar, a través de Hizbulah y de su embajada en Argel, armas y entrenamiento militar al Frente Polisario. Teherán y Hizbulah negaron estas acusaciones, pero la decisión reforzó la imagen de Marruecos como un socio próximo a EEUU y a las monarquías del Golfo frente a la influencia iraní en la región.En consonancia con esto, la cooperación militar siguió avanzando. En octubre de 2020 el Departamento de Defensa y el gobierno marroquí firmaron una hoja de ruta de cooperación para 2020-2030, destinada a profundizar la coordinación militar, los ejercicios conjuntos y la cooperación frente al terrorismo y otras amenazas regionales. Marruecos fue consolidándose así como un territorio desde el cual EEUU podía proyectar la cooperación en materia de seguridad hacia el Sahel y el resto de África.Sin embargo, el verdadero punto de inflexión no se produjo hasta diciembre de 2020, cuando, en el marco de los Acuerdos de Abraham promovidos por la Administración Trump, Marruecos acordó restablecer relaciones diplomáticas con Israel. Paralelamente, Washington reconoció formalmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, convirtiéndose en la primera gran potencia occidental en hacerlo, rompiendo así con décadas de política estadounidense, que hasta entonces había considerado el plan marroquí de autonomía para dicho territorio una “propuesta seria y creíble”, pero sin reconocer la soberanía de Rabat sobre el mismo.La normalización con Israel no surgió de la nada. Marruecos e Israel habían mantenido durante décadas contactos políticos y de seguridad, y habían abierto oficinas de enlace en 1994, tras los Acuerdos de Oslo, que Rabat cerró en 2000 a raíz de la segunda Intifada. A ello habría sumar los profundos vínculos históricos y humanos existentes entre Marruecos y la numerosa comunidad israelí de origen marroquí (un alto responsable de la embajada de Rabat en Washington no tuvo reparo en confesar a los autores de este trabajo que la eficacia de la diplomacia marroquí en esta ciudad se debía en parte al acceso privilegiado a la Administración estadounidense de judíos de origen marroquí). El acuerdo de 2020 permitió restablecer los contactos diplomáticos, abrir vuelos directos y ampliar rápidamente la cooperación económica, tecnológica y, sobre todo, de seguridad y defensa. Ello no fue obstáculo para que Mohammed VI mantuviese el apoyo oficial marroquí a la solución de dos Estados y su papel como presidente del Comité Al-Quds de la Organización de Cooperación Islámica, entre cuyos objetivos figura la preservación del carácter islámico y árabe y del estatuto legal de Jerusalén.La decisión sobre el Sáhara supuso un importante éxito diplomático para Rabat, pero tuvo también consecuencias regionales significativas. El Frente Polisario la rechazó por considerarla contraria a la doctrina establecida por las Naciones Unidas, y Argelia interpretó el creciente respaldo estadounidense a Marruecos como una alteración del equilibrio regional. La UE se distanció inicialmente del reconocimiento estadounidense y reiteró que el estatuto definitivo del Sáhara Occidental debía resolverse en el marco de las resoluciones de la ONU, aunque en años posteriores varios países europeos fueron aproximándose, en distinto grado, a las posiciones marroquíes sobre la autonomía del territorio. En el mundo árabe, el reconocimiento reforzó una tendencia ya visible entre varios socios de Rabat, especialmente las monarquías del Golfo, algunas de las cuales abrieron representaciones consulares en El Aaiún y Dajla. La decisión de Trump introducía, además, una lógica marcadamente transaccional y bilateral en una cuestión que Washington había manejado tradicionalmente dentro del marco multilateral definido por la ONU.La llegada de Biden a la Casa Blanca en enero de 2021 suscitó inicialmente la posibilidad de una revisión de la decisión de Trump. Sin embargo, la Administración entrante optó por no revocar el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, aunque tampoco abrió el consulado de Dajla, como había prometido su predecesora.Biden mantuvo igualmente los demás pilares construidos durante las etapas precedentes. Continuaron la cooperación militar, los ejercicios African Lion, la lucha contra el terrorismo y el Diálogo Estratégico, mientras Washington describía cada vez más a Marruecos como un socio capaz de contribuir a la seguridad regional. Conviene recordar que a mediados de 2021 la Administración Biden repatrió a Abdul Latif Nasser, detenido en Guantánamo, el primer traslado de este tipo desde 2016.La Administración Biden respaldó asimismo la profundización de las relaciones entre Marruecos e Israel, y pretendió insertarlas en una arquitectura regional más amplia. Sin embargo, la invasión de Gaza tras los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023 elevó considerablemente el coste político interno de la normalización de relaciones con Israel para Rabat. Ante una opinión pública ampliamente favorable a la causa palestina, Marruecos redujo la visibilidad de sus esfuerzos en este ámbito a la vez que reforzaba su discurso de apoyo a la solución de los dos Estados. A pesar de ello, la cooperación bilateral con Israel continuó desarrollándose, especialmente en los ámbitos de la defensa, la inteligencia y la tecnología.Al mismo tiempo, la Administración Biden siguió expresando su preocupación por cuestiones relacionadas con los derechos humanos y la libertad de expresión, manteniendo un diálogo específico con Rabat sobre estas materias. Sin embargo, las diferencias existentes en torno a estos asuntos no alteraron la tendencia general de la relación, que seguía marcando una cooperación cada vez más estrecha.2. La actualidadEl regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 no ha hecho sino reforzar una relación que ya atravesaba uno de sus mejores momentos. La principal novedad de esta etapa no consiste tanto en un nuevo acercamiento político como en la voluntad de traducir una asociación ya muy estrecha en resultados concretos.Con respecto al Sáhara Occidental, Washington ha ido un paso más allá de la posición adoptada en 2020. En abril de 2025 el secretario de Estado, Marco Rubio, calificó la autonomía bajo soberanía marroquí como “la única solución viable” y el plan de autonomía de Rabat como “el único marco” para las negociaciones con la población local y otros Estados. En agosto de 2026, Trump volvió a reafirmar esta posición ante Mohammed VI, a la vez que rechazaba cualquier alternativa que prolongara el statu quo. EEUU ha pasado así de reconocer la posición marroquí a promover activamente el plan de autonomía de Rabat como solución al conflicto.Lo que Marruecos ha perseguido desde el regreso de Trump a la Casa Blanca es convertir el reconocimiento político de 2020 en una nueva realidad diplomática, económica y estratégica. Esto implica atraer inversiones estadounidenses al Sáhara, extender allí los beneficios de la cooperación bilateral y lograr que otros países occidentales se aproximen progresivamente a la posición estadounidense. Rabat pretende, además, modificar el marco desde el que se interpreta el conflicto, desplazándolo de una cuestión centrada en la descolonización y la autodeterminación hacia otra articulada en torno a la soberanía, la estabilidad regional, el desarrollo y la seguridad del Sahel. Sin embargo, aunque el respaldo estadounidense puede contribuir a transformar una situación de control de facto en una realidad progresivamente más aceptada internacionalmente, ello no equivale necesariamente a resolver el conflicto.En este contexto, la dimensión económica adquiere una importancia creciente. La Administración Trump ha alentado a las empresas estadounidenses a invertir en Marruecos (y en el Sáhara Occidental), y ha señalado la energía, la inteligencia artificial, los minerales críticos y la defensa como ámbitos prioritarios de cooperación. Así pues, el territorio en disputa comienza a insertarse en una agenda estadounidense más amplia de seguridad económica y diversificación de las cadenas de suministro. Marruecos parte para ello de una posición particularmente favorable: como ya vimos, es el único país africano con un acuerdo de libre comercio con EEUU, y combina la proximidad al mercado europeo, una base industrial en expansión y un acceso privilegiado a numerosos mercados africanos. Todo ello refuerza su potencial como plataforma de nearshoring y como socio de Washington en sus esfuerzos por reducir dependencias estratégicas respecto de China.Figura 1. Evolución de las relaciones económicas EEUU-Marruecos (cifras en US$ mn; comercio de bienes, exportaciones, importaciones y saldo desde la perspectiva de EEUU)AñoExportaciones EEUU-MarruecosImportaciones EEUU-MarruecosComercio totalSaldo EEUUInversión de EEUU en MarruecosSectores relevantes2005 (pre-MAFTA)481446927+35Stock todavía limitadoAgricultura, fosfatos, textil, maquinaria2006 (entrada MAFTA)8385211.359+317Inicio de una nueva etapa inversoraAgricultura, maquinaria, productos industriales20101.9486862.633+1.262Creciente presencia empresarial de EEUUAeronáutica, energía, agricultura, textil20151.6251.0122.637+613Stock ≈ US$2.670 mn (1)Aeroespacial, automoción, agroindustria, energía20202.3011.0483.349+1.252Stock ≈ US$3.000-3.500 mn (1)Aeroespacial, automoción, renovables, manufacturas20223.7491.6575.406+2.092Flujo ≈ US$700 mn; EEUU fue 1er inversor, ≈ 34% de la IDE recibidaIndustria, energía, aeroespacial, automoción20245.3721.9037.275+3.469Flujo ≈ US$178 mnEnergía, aeronáutica, agricultura, automoción, infraestructura20255.5301.8597.389+3.671Consolidación de la presencia inversoraEnergía, aeroespacial, automoción, renovables, cadenas de suministro2026 (enero-junio)3.3831.0504.433+2.332Mayor interés en nuevas inversiones estratégicasEnergía, digital/IA, minerales críticos, defensa, industria avanzadaLa entrada en vigor del acuerdo de libre comercio entre EEUU y Marruecos coincidió con una notable expansión de los intercambios bilaterales. El crecimiento, sin embargo, ha sido claramente asimétrico: mientras las exportaciones estadounidenses se han multiplicado por más de 11, las marroquíes lo han hecho aproximadamente por cuatro. Más allá del aumento de los intercambios, la relación económica está adquiriendo progresivamente un carácter más estratégico. A los sectores tradicionales –agricultura, fosfatos, textiles, maquinaria o productos energéticos– se han añadido el sector aeroespacial, la automoción, las energías renovables y otras manufacturas avanzadas. Marruecos ofrece además a las empresas estadounidenses una plataforma industrial y logística próxima al mercado europeo y con creciente proyección hacia África. En este sentido, el valor del acuerdo de libre comercio trasciende el volumen estrictamente bilateral y se vincula cada vez más con la reorganización de las cadenas de suministro y las estrategias de nearshoring y diversificación productiva. La inversión refleja esa misma evolución, aunque de forma más irregular. EEUU se ha consolidado como uno de los inversores relevantes en Marruecos y en 2022 llegó a ser el primer origen de los nuevos flujos de inversión extranjera, con aproximadamente el 34% del total recibido ese año. La importancia de la relación reside, por tanto, no sólo en cuánto comercian ambos países, sino en la creciente inserción de Marruecos en sectores y cadenas de valor de interés estratégico para EEUU.(1) Nota importante: los stocks de 2015/2020 proceden de estadísticas marroquíes/de contraparte. No deben mezclarse con la serie del Bureau of Economic Analysis (BEA), que proporciona cifras considerablemente inferiores debido a diferencias metodológicas. Fuentes: US Census Bureau – Trade in Goods with Morocco; USTR – Morocco Free Trade Agreement; Office des Changes de Marruecos; US Department of State – Investment Climate Statements; US Commercial Service – Morocco Country Commercial Guide.Esta última cuestión introduce, sin embargo, cierta ambivalencia. Marruecos también está atrayendo importantes inversiones chinas, especialmente en automoción, baterías y minerales críticos. Rabat no parece querer elegir entre Washington y Pekín, sino maximizar las ventajas de su relación con ambos, mientras EEUU procura evitar que las empresas chinas utilicen Marruecos como vía indirecta de acceso a su mercado. Esta capacidad marroquí para mantener simultáneamente relaciones estrechas con EEUU, Europa, China, el Golfo y África refleja una política exterior cada vez más autónoma y diversificada.El otro gran eje de la política exterior marroquí es la seguridad y la proyección hacia África. Marruecos alberga desde hace más de dos décadas el African Lion, el mayor ejercicio militar anual de AFRICOM en el continente; coopera estrechamente con Washington en inteligencia y la lucha contra el terrorismo; y participa en la formación de fuerzas de seguridad de otros países africanos. A ello se suma la iniciativa atlántica lanzada por Mohammed VI para facilitar a los países del Sahel sin salida al mar el acceso al Atlántico. Rabat trata así de presentar el Sáhara y su fachada atlántica como piezas de una estrategia más amplia de conectividad y estabilización del Sahel, en un momento de debilitamiento de la influencia occidental y de creciente presencia de Rusia y China en la región.Marruecos ocupa asimismo una posición singular en Oriente Medio. Mantiene la normalización con Israel pese al rechazo interno generado por la ocupación de Gaza, conserva estrechos vínculos con las monarquías del Golfo, y se presenta ante Washington como un socio fiable frente a una posible expansión de la influencia iraní hacia el norte de África y el Sahel. Su valor para EEUU deriva, por tanto, de su capacidad para conectar varios espacios estratégicos –el Mediterráneo, el Atlántico, el Sahel, África y Oriente Medio– y no únicamente de su tradicional alineamiento con Washington.La relación bilateral entra así en una nueva etapa. Rabat persigue una agenda propia y utiliza su relación privilegiada con EEUU para avanzar sus principales objetivos, especialmente el reconocimiento internacional de su posición sobre el Sáhara. Esa autonomía, combinada con su estabilidad y su creciente proyección africana, hace que aumente su valor para Washington. En suma, bajo la segunda Administración Trump, una asociación construida durante décadas en torno a la seguridad y la defensa está evolucionando hacia una relación más amplia, en la que convergen seguridad, geopolítica y geoeconomía.3. España ante el eje EEUU-Marruecos-IsraelLa política de Trump refuerza una evolución más amplia de la política exterior marroquí, cuya prioridad continúa siendo consolidar internacionalmente su posición sobre el Sáhara. Desde mediados de la década pasada, Rabat ha tratado de reducir su dependencia política de Europa –aunque la UE continúe siendo su principal socio económico– mediante una estrategia exterior más autónoma, asertiva y diversificada. El reconocimiento estadounidense de 2020 aceleró esta tendencia y confirmó, desde la perspectiva marroquí, la utilidad de vincular su principal reivindicación territorial a otras dimensiones de interés para Washington, desde la seguridad y la cooperación militar hasta las inversiones y las cadenas de suministro.El regreso de Trump ha acelerado esta dinámica y refuerza, además, una relación triangular entre EEUU, Marruecos e Israel que trasciende la cuestión del Sáhara. La normalización con Israel estuvo estrechamente vinculada al reconocimiento estadounidense de 2020 y, desde entonces, Rabat y Jerusalén han ampliado considerablemente su cooperación en defensa, inteligencia y tecnología, sin que la crisis en Gaza haya provocado su ruptura.Para España, esta creciente convergencia entre Washington, Rabat y Jerusalén introduce un elemento novedoso en el equilibrio estratégico del Mediterráneo occidental. No implica necesariamente un deterioro de la posición española, pero sí modifica el contexto en el que Madrid debe gestionar su relación con Marruecos y obliga a prestar mayor atención a una serie de cuestiones particularmente sensibles: el futuro del Sáhara Occidental, el equilibrio entre Marruecos y Argelia, la posición de Ceuta y Melilla, la cooperación migratoria y antiterrorista y, en términos más amplios, el valor estratégico de España para EEUU en el norte de África.La principal consecuencia es que Marruecos dispone hoy de un respaldo estadounidense a su posición sobre el Sáhara mucho más explícito que en cualquier etapa anterior. Para España, cuya relación con Rabat ha estado históricamente condicionada por la cuestión saharaui, esta evolución reduce su margen de maniobra para tratar el conflicto exclusivamente desde una perspectiva bilateral hispano-marroquí o dentro del marco europeo. La posición de Washington se ha convertido en una variable estructural del problema y aumenta la capacidad de Rabat para internacionalizar su propuesta de autonomía.Por otro lado, todo ello no hace sino poner de manifiesto la necesidad de corregir la “asimetría cognitiva” que se manifiesta desde hace décadas en la relación entre España y Marruecos: gracias en parte a que muchos policías, militares, jueces y agentes de inteligencia marroquíes se han formado parcialmente en España, tienen un nivel de conocimiento y de acceso a las elites de nuestro país del que por lo general carecen sus homólogos españoles.En todo caso, el fortalecimiento de Marruecos no tiene por qué producirse necesariamente a costa de España. Ambos países desempeñan funciones diferentes para Washington. España continúa ofreciendo activos estratégicos difíciles de sustituir: su pertenencia a la OTAN y a la UE, su posición geográfica en el acceso occidental al Mediterráneo y, especialmente, las instalaciones de Rota y Morón, fundamentales para la proyección militar estadounidense hacia Europa, África, Oriente Medio y el Atlántico. Marruecos, por su parte, aporta estabilidad política, capacidad de interlocución en África y el mundo árabe, cooperación antiterrorista y una creciente proyección hacia el Sahel. Desde la perspectiva estadounidense, ambos países pueden ser considerados socios complementarios, más que alternativos.El riesgo para Madrid reside, por tanto, no tanto en una hipotética sustitución de España por Marruecos como socio privilegiado de Washington, sino en una progresiva pérdida de centralidad española en determinados asuntos norteafricanos. Cuanto mayor sea la capacidad de Rabat para presentarse directamente ante EEUU como interlocutor indispensable en el Sahel, el África occidental, la seguridad atlántica o las cadenas de suministro, mayor será su capacidad para influir en el marco estratégico en el que España debe defender sus propios intereses.Esta evolución afecta igualmente al delicado equilibrio español entre Marruecos y Argelia. El creciente apoyo estadounidense a Rabat y la intensificación de la rivalidad entre Marruecos y Argelia pueden dificultar todavía más la capacidad de Madrid para mantener relaciones estables con ambos países de forma simultánea. Argelia continúa siendo un actor fundamental para España por razones energéticas, económicas y de seguridad, mientras que Marruecos resulta indispensable en ámbitos como la migración, la lucha antiterrorista, el comercio y la gestión del entorno inmediato de Ceuta y Melilla. Una polarización creciente del Magreb incidiría negativamente en la capacidad de España de proteger satisfactoriamente sus intereses.Ceuta y Melilla constituyen otro elemento que merece especial atención. El apoyo estadounidense a Marruecos en relación con el Sáhara Occidental no implica un respaldo a las reivindicaciones marroquíes sobre estas ciudades. Ciertamente, en marzo de 2026, Michael Rubin, un antiguo asesor del Pentágono actualmente vinculado al American Enterprise Institute, defendió públicamente que Washington debería reconocer la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. Sin embargo, Rubin no forma parte de la Administración Trump, por lo que su propuesta no puede confundirse con la política de la Casa Blanca. Con mucho mayor motivo, también generó cierto revuelo la publicación de un documento elaborado por la Cámara de Representantes (el House Report 119-631, presentado por el Comité de Asignaciones para acompañar el proyecto presupuestario H.R. 8595 para el ejercicio fiscal 2027), que describe a Ceuta y Melilla como ciudades “administradas por España” situadas en “territorio marroquí”, y que recuerda que Marruecos mantiene una reivindicación histórica sobre ellas, añadiendo que el Comité apoya los esfuerzos del secretario de Estado para promover conversaciones diplomáticas entre Marruecos y España sobre el “estatus futuro” de las mismas. Sin embargo, estas consideraciones sólo aparecen en el informe del Comité, y no en el texto de H.R. 8595 aprobado finalmente por la Cámara de Representantes el 15 de julio de 2026; además, el presidente del subcomité responsable del informe, el republicano Mario Díaz-Balart, explicó posteriormente que estas observaciones no constituían un reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí, ni representaban un cambio de la política oficial de Washington. Por si fuera poco, a raíz de la irrupción masiva de ciudadanos marroquíes (y otros procedentes del África subsahariana) en Ceuta el 30 de julio de 2026, un portavoz del Departamento de Estado afirmó que Washington “apoya inequívocamente la soberanía de España sobre Ceuta y Melilla”. No obstante, el aumento del peso estratégico de Rabat en EEUU refuerza indirectamente su capacidad diplomática, y hace todavía más importante para España mantener una interlocución propia y sólida con Washington sobre la seguridad del Estrecho y del Mediterráneo occidental.La dimensión israelí añade una variable adicional. La creciente cooperación entre Marruecos e Israel en defensa, inteligencia, drones, sistemas antiaéreos y tecnología puede modificar gradualmente las capacidades militares marroquíes y, con ellas, determinados equilibrios regionales. Para España, el aspecto más relevante no es tanto la existencia de esa cooperación como su alcance a medio plazo y la posibilidad de que contribuya a ampliar la ventaja tecnológica de Marruecos frente a sus vecinos. Al mismo tiempo, Israel puede convertirse en un interlocutor indirecto de creciente importancia en la relación entre Rabat y Washington.ConclusionesEspaña se enfrenta, en definitiva, a un entorno regional en el que Marruecos dispone de mayor autonomía, más socios privilegiados y una capacidad creciente para proyectar su influencia más allá del Magreb. La respuesta española no debería consistir únicamente en reaccionar ante cada avance diplomático marroquí, sino en reforzar los activos que hacen de España un socio difícilmente sustituible para EEUU: las bases de Rota y Morón, la pertenencia simultánea a la UE y la OTAN, su posición geográfica, su capacidad de interlocución con el Magreb y el Sahel, y su papel como puente entre Europa, el Mediterráneo y el Atlántico.La consolidación del eje entre EEUU y Marruecos representa, en consecuencia, tanto un desafío como un incentivo para España. El desafío consiste en evitar que el creciente peso de Rabat reduzca la capacidad española para influir en la agenda estadounidense hacia el norte de África. El incentivo reside en que la creciente importancia estratégica del Mediterráneo occidental, el Atlántico africano y el Sahel ofrece también a Madrid la oportunidad de reforzar su propio valor a ojos de Washington. La cuestión central para España no es impedir el ascenso estratégico de Marruecos –algo que difícilmente está en su mano–, sino asegurarse de que dicho ascenso no se traduzca en una pérdida relativa de influencia española en Washington y en su entorno regional inmediato.[1] Véase al respecto Charles Powell (2011), El amigo americano. España y Estados Unidos: de la dictadura a la democracia, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, pp. 243-82.[2] La iniciativa del Área de Libre Comercio de Oriente Medio, que fue propuesta por EEUU en 2003, nunca llegó a constituirse como un bloque regional único y unificado para 2013, como inicialmente se había previsto.Autores: Carlota García Encina, Charles Powell.La entrada La relación bilateral entre Marruecos y EEUU y sus implicaciones para España se publicó primero en Real Instituto Elcano.