Anochece en la playa del Tarajal, en un urbanismo de palos y de juncos, olor a porro y miradas amenazantes y esquivas. Por entre las tiendas, furtivamente alumbrados por el faro de mi moto Teresa que ronronea entre la cochambre, vagan los inmigrantes de la avalancha en Ceuta como sombras en un extraño bosque. Como habitantes de una civilización equivocada que está echando raíces en la arena en la que antes jugaban los turistas y los niños con cubo de playa, y en la que ahora hay una agresión sexual al día. Es de noche y transitan por las aceras de la ciudad tipos como espectros, con una chancla de cada color, pertrechados con cartones y maderas y teléfonos de... Ver Más