Un día entre 1996 y 1997, un hombre entró al campo que Diego Reynal administraba en el Chaco para ofrecerle búfalos. Era toda una rareza, y una rareza bastante cara, porque el tipo le pedía 500 dólares por ternera mientras que las Braford que él criaba hasta entonces rondaban los 200. No hubo negocio, pero la semilla de la curiosidad empezó a germinar y fue el inicio de un completo cambio en su rumbo productivo. “Empecé a averiguar y me decían que la rusticidad, la longevidad, la mansedumbre y la productividad eran espectaculares”, recuerda tres décadas más tarde en diálogo con Clarín Rural.Reynal había cultivado el vínculo con los animales desde muy chico en los campos de su padre. Su práctica profesional arrancó en tambos de San Miguel del Monte y de Venezuela, donde estuvo un año y volvió para que nazca su segunda hija en Buenos Aires.Entonces su padre lo convocó para que vaya a manejar un campo en el norte de Resistencia, Chaco, donde estuvo 8 años. De aquella época recuerda que el hijo mayor iba a caballo a cursar primer grado en una escuela rural.“Hacíamos ganadería bovina. Eran muchísimas vacas y contábamos monedas. Si en ese momento hubiéramos tenido búfalos hoy tendría 50.000 cabezas”, dice, aunque reconoce que la aparición del cebú y de las razas sintéticas revolucionó la ganadería de esa región. “En el norte estaba todo por hacerse y, aunque se ve una evolución impresionante, sigue estando todo por hacerse”.En la actualidad, Reynal no llega a esa cifra pero sí que maneja un rodeo grande de búfalos en campos propios y alquilados entre Formosa, Chaco y Corrientes. El primer paso con esa especie, en rigor, lo dio uno de sus hijos (tiene siete) con la compra de 7 búfalas de la raza Murrah en el año 2000.“Las búfalas parieron y cuando vi los terneros, que eran gigantes, y las búfalas -que estaban comiendo en un campo malísimo- que se volvieron a preñar todas, dije ‘esto es mágico’. Los terneros pesaban 290 kilos y eran de vaquillonas de primera parición”, recuerda.Entonces empezó a comprar todas las búfalas que podía. “Yo quería comprar 1.000 o 2.000, empecé a buscar por todos lados. En 2001 logré comprarle 1.500 de un saque a un productor en Corrientes”, cuenta.Para ese entonces el productor ya tenía su propio pedazo de campo en Formosa y fue ahí, en un ambiente tremendamente desafiante para cualquier empresa, donde el rodeo se empezó a multiplicar.Un presente auspicioso para las carnes“Hoy la carne está pasando el mejor momento de la historia y tiene un futuro aun mejor, y la carne bubalina es incluso mejor que la bovina. Tiene grandes virtudes como un 40 por ciento menos de colesterol que la bovina, más proteína, más vitaminas…”, afirma el productor. La carne de búfalo todavía carga con la fama de ser dura, pero Reynal considera que esa percepción se debe principalmente al desconocimiento. “La gente, si no sabe que es de búfalo, se come hasta los huesos -afirma-. Pero yo no crío por eso sino porque es mucho más fácil. Probé con unas pocas vacas y no lo podía creer. En cualquier campo, con búfalos se puede hacer el ciclo completo, que es siempre el mejor negocio”, explica.Tal como afirma el productor, su romance con los búfalos tiene como motivación aprovechar mejor los ambientes donde la ganadería vacuna tenía limitaciones y donde los costos de mejorar artificialmente el campo no siempre se justificaban.