La siesta y el padre

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Estábamos poseídos por una pasión indómita, dando vueltas en la cama, sudorosos o casi febriles, rebeldes infantiles contra el mandado paterno: «A la siesta y a callar», tronaba desde su dormitorio mientras fumaba y sesteaba en una proeza que hasta pudo provocar que se «autoinmolara» alguna nochecita toledana. Queríamos, como verdaderos zoquetes, salir a la calle donde imaginábamos a nuestros amigos montados en sus bicicletas, jugando con el trompo o hasta torturando a inocentes ranas. Poco importaba que la temperatura fuera de media cocción, no podíamos perdernos las trastadas, buscábamos la tapia del manicomio como si allí estuviera nuestro anhelado destino. Como no teníamos escapatoria, soltábamos risitas espasmódicas prefigurando cretinadas futuras. La paciencia de mi padre se agotaba y entonces... Ver Más