«Darle un móvil a un niño es tan absurdo como darle whisky». El pediatra Carlos González eligió una comparación difícil de ignorar al hablar sobre la edad del primer teléfono. La pronunció en una entrevista del proyecto Aprendemos Juntos 2030, después de defender que no entregar un dispositivo propio hasta los 16 años le parecía una buena idea y de recordar cómo la sociedad terminó estableciendo límites compartidos para el alcohol y el tabaco.La analogía es deliberadamente provocadora, no una equivalencia toxicológica: un teléfono no causa los mismos efectos orgánicos que una bebida alcohólica. El argumento de González es que un niño recibe, junto al aparato, acceso permanente a contenidos, notificaciones, compras, desconocidos y sistemas diseñados para prolongar el uso. La pregunta importante deja entonces de ser si sabe manejar la pantalla y pasa a ser si cuenta con la madurez y el acompañamiento necesarios para administrarla.La recomendación española se ha endurecidoLa Asociación Española de Pediatría (AEP) aconseja evitar las pantallas entre los cero y los seis años, porque no considera que exista un tiempo seguro en esa etapa, salvo usos concretos como videollamadas breves y acompañadas. Entre los seis y los doce propone menos de una hora diaria, incluido el tiempo escolar y los deberes, y a partir de los doce, menos de dos horas. Son referencias generales, no un cronómetro que convierta automáticamente cualquier minuto adicional en daño.El documento firmado por pediatras, neurólogos, psiquiatras y psicólogos que pidió cero horas de pantallas hasta los seis años pone el foco en el sueño, el neurodesarrollo, la autorregulación emocional y la seguridad. La AEP también recomienda no utilizar el dispositivo como «chupete emocional» para apagar una rabieta: calmarse es una habilidad que se aprende con acompañamiento y práctica, no solo con distracción.Eso no significa que todas las pantallas sean iguales. Una videollamada con los abuelos, una tarea escolar supervisada y dos horas de vídeos encadenados por un algoritmo no tienen la misma finalidad ni el mismo contexto. Tampoco es idéntico usar un equipo familiar en una zona común que disponer de un teléfono personal con conexión durante la noche.Una decisión familiar, no una fecha mágicaNo existe una edad única que garantice un uso responsable. Antes de entregar un móvil propio conviene comprobar para qué lo necesita el menor, si cuida sus cosas, cumple acuerdos básicos y sabe pedir ayuda ante un contenido inquietante. Retrasarlo es más fácil si el grupo de familias comparte criterios y si se ofrecen alternativas para llamadas o mensajería cuando la coordinación resulta necesaria.El acuerdo debería fijarse antes de encender el aparato: dónde duerme, qué aplicaciones se permiten, quién autoriza instalaciones y compras, cuánto tiempo puede usarse y qué ocurre si se incumplen las normas. La AEP aconseja además que, a determinadas edades, el dispositivo se ceda en lugar de regalarse, para que quede claro que sigue bajo responsabilidad adulta.Hay una condición que González subraya en la misma conversación: los padres educan también con lo que hacen. Resulta difícil exigir una cena sin teléfono mientras el adulto responde mensajes en la mesa. Un «aparcamiento» común para los dispositivos, una hora de apagado y dormitorios sin pantallas convierten el límite en una norma familiar y no en un castigo reservado al menor.La frase del pediatra funciona porque incomoda, pero su traducción cotidiana es menos dramática: no tener prisa, no regalar conexión ilimitada sin un plan y no dejar solo al niño ante problemas que aún no sabe reconocer.