El ajedrez y el estoicismo comparten una profunda preocupación por la razón, el autocontrol y la aceptación serena de la adversidad. A partir de la dicotomía del control, el «amor fati» y la disciplina cotidiana, el texto propone entender el tablero como un espacio de formación ética y mental. Cada partida se convierte así en un ejercicio práctico de virtud, resiliencia, juego limpio y dominio interior. | Imágenes (IA): Uvencio Blanco