Más de 4.800 días despues, José Mourinho volvió a sentarse en el banquillo del Real Madrid . Redebut que terminó con victoria in extremis y en el que no se vio a un gran Madrid, pero que era fundamental para que no se dispararan todas las alarmas desde el primer día. El portugués ha estado asegurando estos meses previos al comienzo de la competición que, aunque evidentemente conserva su ADN vehemente, ha cambiado: «Ha aprendido que su liderazgo no puede ser siempre el conflicto», explican a ABC fuentes cercanas al luso. El azar quiso que el debut de Mourinho en su segunda etapa blanca fuera en Barcelona, aunque lejos del lugar donde ha protagonizado sus escenas más polémicas: el Camp Nou. Mourinho tardó tres minutos en levantarse de la butaca y salir al área técnica de Cornellá. Manos en los bolsillos, taciturno, analizando con expectación los primeros minutos de su Madrid 2.0, que puede ser también una nueva versión de él, porque el tanto de Bellingham antes del minuto 10 lo celebró sin apenas expresión, tan solo con una marcha calmada hasta el extremo del banquillo donde estaba su staff , este sí más eufórico. Una paz solo rota cuando Vinicius recibió la enésima falta; corrió hasta el colegiado y se le paró cerca para, con los brazos extendidos, recriminarle la retiración de agravios sufridos por su extremo zurdo. Pero por lo general, hizo del banquillo su hábitat, hasta el punto de que por tramos era más habitual ver a su segundo que a él dando indicaciones desde el área técnica. Ante el gol del Espanyol a la media hora, su respuesta fue salir, cabizbajo, a coger un agua de la nevera. Nada más. Ninguna correción. Mourinho fue la intermitencia en la banda. Salía para comentar al cuarto árbitro sus objeciones respecto de la amarilla a Vinicius por sus rifirrafes con Calatrava, pero volvía al banquillo. Siempre lo hacia. Para mantenerse allí minutos y minutos. Cinco, diez... La ausencia de Mourinho se hizo todavía más notable por la actividad anaeróbica de Manolo González, entrenador periquito. La tónica era persistente para el luso: cada rato salía despacio de la guarida para dar algún consejo al cuarto colegiado, ver una progresión prometedora desde más cerca o simplemente revolotear unos segundos. Pero era una rareza no verle sentado. Ante una caída de Vinicius en el área, fue alguien de su cuerpo técnico y no él quien salió a hacer aspavientos. Tampoco se levantó para dar personalmente instrucciones a Cucurella y Diomande. Son detalles que para nada han de significar dejadez de funciones ni desidia, pero tal vez ilustre el modo en que Mourinho quiere mostrarse en su segunda etapa merengue: con intención de no perder las formas, ni con sus hombres ni con el equipo arbitral, aunque por momentos, muy contados esta vez, un gesto, un grito, una mueca, esa forma de levantarse repentinamente como queriendo decir: «¡Qué está pasando aquí!»... Le sirvan para evocar al Mou más mítico. Con el paso de los minutos, el Real Madrid no conseguía deshacer el empate y empezaron a brotar los nervios en el de Setúbal. Sí dio indicaciones con vasta gesticulación a Espí, Camaving y Trent, y se encargó personalmente de indicar con el brazo su decisión a los sustituidos, a quienes buscó en su camino al banquillo para dar la reglamentaria palmada en la espalda. A falta de diez minutos aumentó su presencia por su rectángulo. En una ocasión, para indicar a Mbappé que se quedara arriba en una falta favorable al Espanyol por su hubiera posibilidad de que arrancara el DRS. Espí hizo el gol de la victoria y su entrenador tampoco lo celebró demasiado. En vez de ello dio indicaciones a Valverde y al propio goleador. Se acabaron las alharacas. El Mourinho 2.0 sí puede que sea distinto.