Ramón, ingeniero de 91 años: «El problema de aprender una tecnología no es la edad, es la curiosidad» y explica cuanto tardó en entender las nuevas tecnologías

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En 2025, Ramón Martín-Busutil llevaba años jubilado cuando decidió matricularse en un máster de Inteligencia Artificial e Innovación. Tenía 91 años y una razón poco grandilocuente: oía hablar de IA a todas horas y le molestaba opinar sobre cosas que no conocía. La curiosidad se convirtió en disciplina y terminó el programa en tres meses y medio.Su vida profesional como ingeniero industrial le había acostumbrado a estudiar sistemas complejos, pero el curso también le planteó tropiezos. La creación de agentes de inteligencia artificial fue la parte que más le costó. En vez de abandonar, volvió sobre los materiales hasta resolverla. La dificultad no deshizo su propósito ni rebajó sus ganas de seguir aprendiendo.El jubilado tampoco llegó al máster para buscar un empleo o añadir una línea al currículo. Ya dedicaba tiempo a cursos de egiptología, programas de Harvard y al simulador de vuelo. La IA fue una pregunta más en una jubilación activa. Su historia recuerda que estudiar también puede ser una forma de ocio cuando el objetivo nace del interés personal.Tres meses y medio para entender la IAEn una entrevista publicada por El País en agosto de 2025, Martín-Busutil explicó la idea que guía su relación con la tecnología: «El problema de aprender una tecnología no es la edad, es la curiosidad». Su punto de partida fue reconocer lo desconocido. Antes de usar un chatbot con soltura quiso comprender sus posibilidades, su lógica de trabajo y los errores que podía cometer.El máster, impartido por Founderz, le permitió avanzar a su ritmo y aplicar lo aprendido. Ramón utiliza la IA para buscar información, ordenar pensamientos y preparar el esquema de un artículo. También ha trabajado con agentes capaces de encadenar instrucciones. Quien quiera iniciar un recorrido más corto puede elegir entre cursos gratuitos de IA. Empezar por los conceptos evita copiar recetas sin saber qué ocurre detrás.Su postura ante la edad no consiste en negar que cada alumno tenga un ritmo distinto. Habla de la disposición a insistir cuando una pantalla, un término o un ejercicio se atasca. Una oferta con formación desde casa permite pausar, volver atrás y repetir una lección. El ritmo propio puede ser una ventaja si se acompaña de una meta concreta y de tiempo reservado para practicar.Una herramienta para ordenar las ideasRamón cree que la inteligencia artificial terminará tan presente como la calculadora o el ordenador. Esa comparación no obliga a aceptar cada respuesta del modelo. Al usarlo para preparar un artículo, el resultado inicial sirve de mapa que después debe revisar, completar y corregir. La máquina propone una primera organización; la responsabilidad sobre los datos y el razonamiento sigue perteneciendo a quien firma el texto.Para probar este uso basta con elegir un asunto conocido y pedir un esquema limitado, con apartados y preguntas pendientes. Luego se compara con las notas propias, se eliminan errores y se buscan fuentes. Hay estudios sobre la dependencia del chatbot y acceso a miles de cursos, aunque ningún asistente puede decidir por el alumno qué merece confianza. Contrastar forma parte del aprendizaje tanto como saber redactar una petición clara.Su caso ofrece una medida más útil que la velocidad: poder explicar qué se ha aprendido y repetir el proceso sin depender de una plantilla ajena. Los cursos pierden valor si se acumulan sin práctica. Ramón convirtió la curiosidad en un proyecto, aceptó la parte difícil y acabó un máster a una edad en la que otros creen que ya no merece la pena empezar.