Es una de las cosas que peor llevo de todo esto: que después de veintitrés años demostrando sobradamente que puedo escribir un artículo de cierta calidad al día, vengan imbéciles con un supuesto detector – o sin él – a decirme que es que «escribo AI slop» o que mi artículo lo ha escrito un chatbot. Es literalmente como el conocido «juicio del agua fría» de la Edad Media: te acusan de brujería, te atan las manos, te tiran al agua, y si flotas, eres culpable y te ahorcan, pero si te hundes, eras inocente. El término adecuado, en realidad, es el de probatio diabolica, que proviene del derecho de propiedad romano: para poder reclamar un bien, te podían exigir que demostrases toda su cadena de transmisiones hasta la adquisición original, lo que incluía demostrar lo que no habías hecho. En el contexto de la inteligencia artificial generativa, si una máquina produce un veredicto de que has utilizado inteligencia artificial, tienes supuestamente que demostrar el hecho negativo de que no la utilizaste, algo para lo que no existe prueba concluyente alguna. Menos mal que aún existe un mínimo de sentido común, al menos en algunos sitios. Es la inversión total de la carga de la prueba: una máquina que desconoce completamente tu forma de trabajar, deduce en función del estilo de tu artículo que lo ha escrito otra máquina, aunque desconoce completamente cómo has conceptualizado ese artículo, cómo has pulido la idea, cómo has investigado y te has documentado, qué borradores has producido, qué búsquedas has hecho, cómo lo has traducido… El algoritmo se limita a emitir un porcentaje, sin más explicación, y eso se transforma en afirmación categórica supuestamente infalible que cuestiona tu integridad y tu prestigio profesional, independientemente de quién seas, cuál sea tu historial o tus méritos, o cómo de brillante sea el propio artículo. Los primeros detectores perdieron rápidamente su credibilidad porque fallaban de manera habitual, y podían ser pillados señalando como escritos por inteligencia artificial textos clásicos o de autores que los habían escrito mucho antes de que siquiera la tecnología estuviese disponible. El detector de OpenAI, que fue retirado en 2023, identificaba como artificiales únicamente el 26% de los textos escritos por máquinas, y consideraba escritos por máquinas el 9% de los escritos por humanos. La llegada de Pangram ha alterado este panorama: la supuesta fiabilidad de este detector hace que muchos le atribuyan algún tipo de «cualidades mágicas», por mucho que se limite a analizar algo tan variable como estilos de redacción, sin más conocimiento del proceso que el autor pudo llevar a cabo para escribir su artículo. El problema es evidente, aunque sólo lo entiendan aquellos que escriben artículos habitualmente: escribir un artículo no es sentarte delante de un teclado y golpear teclas sin más. El proceso comienza cuando un autor tiene una idea original, la investiga, le da forma y estructura, lo razona, lo documenta, etc. y, finalmente, le da una expresión escrita determinada. En todo ese proceso . la inteligencia artificial generativa puede aparecer de muchísimas formas: puede ayudarte a documentar, puede encontrar fuentes, puede darte puntos de vista, sugerirte críticas… o puede, por ejemplo, no participar en el proceso pero, al final, hacer la traducción de tu artículo al idioma en el que lo quieres publicar. Por mucho que la traducción sea automática, la autoría intelectual del artículo sigue siendo completamente tuya de manera indiscutible, lo diga Pangram o el Papa de Roma (que por cierto, también ha sido acusado de utilizar inteligencia artificial generativa en su encíclica). ¿O acaso lo será menos si utilizases un traductor humano profesional? ¿Es malo utilizar un traducir cuando el idioma al que traduces, por mucho que lo puedas dominar, no es tu lengua nativa? ¿Hace eso un artículo, con todo el trabajo que conlleva escribirlo, «menos tuyo»?El siguiente problema, provocado de forma completamente irresponsable por LinkedIn, es cuando lo que se pasa a utilizar es un simple botón para que cualquiera pueda señalar un artículo como «AI slop». En ese caso ya ni siquiera hablamos de si el detector hace o no hace bien su trabajo: hablamos de un juicio público por linchamiento, en el que los dedos acusadores únicamente utilizan su primera impresión. Basta que alguien con cierta popularidad apriete el botón, para que aparezca un pelotón de lapidación que se unen a esas impresiones y, sin mediar juicio o consideración alguna, pongan en duda el prestigio profesional que una persona puede haber construido a lo largo de años de duro trabajo. Así, sin más. En algunos casos, simplemente porque la ilustración del artículo estaba efectivamente creada con inteligencia artificial, como si además de escribir artículos estuvieses obligado a ilustrarlos tú. Nunca he utilizado inteligencia artificial para escribir mis artículos. La he utilizado para contribuir en su documentación, en la búsqueda de fuentes, para criticarlos y mejorarlos, para ilustrarlos y para traducirlos, pero jamás, y repito, jamás, he presentado un artículo en ningún sitio que pudiese siquiera plantearme que no era de mi autoría, sino que esa autoría podía de alguna manera corresponder a una máquina. Sin embargo, sí he sido injustamente acusado de escribir mediante inteligencia artificial, por mucho que mis explicaciones para no hacerlo sean más que claras: no escribo por dinero y no tengo, por tanto, una presión para producir artículos, escribo para aprender y por tanto sería de todo punto estúpido que no escribiese yo, o el simple hecho de llevar más de veintitrés años escribiendo diariamente. Ahora, basta con que algún imbécil decida que lo que he escrito «suena como AI slop«, probablemente debido a que en su pútrido intelecto es incapaz de imaginarse escribiendo algo así y piensa que únicamente una máquina puede haberlo hecho, para que te ejecuten en la plaza pública y te acusen de ser intelectualmente deshonesto. Del detector, al linchamiento algorítmico, culpable hasta que se demuestre lo contrario cuando lo contrario es imposible de demostrar. La auténtica presunción de culpabilidad. Personalmente no me ha pasado, pero tal y como funciona esto, solo puedo decir que no me ha pasado todavía. Enhorabuena, LinkedIn, lo has hecho muy bien, has creado «la justicia de las masas». Tan asqueroso es el que se une a la lapidación en la plaza pública, como el que le proporciona las piedras para ello. Irresponsabilidad en estado puro.