No quiero caer en la obviedad de ponerme a hablar del clima en pleno invierno, pero con esto de la ciclogénesis, el Súper Niño, o como quieran llamarle ahora a ese frío que escarcha las narices y ese cielo encapotado que nos recuerda un Londres tercermundista, sin príncipes distinguidos ni colectivos de dos pisos… no me dejan más remedio. Un día nublado tras otro, el termómetro que no pasa los catorce grados, y un solo deseo palpitando en todos los corazones: que llegue de una vez la bendita primavera.Y no voy a ser yo la detractora de tan noble propósito. Lejos de eso, me declaro fan número uno de la estación del amor, el polen y la alergia.Pero después de vivir cuarenta tantos de esos pequeños milagros, me he resignado a una dura realidad: después de septiembre viene Navidad.Primavera. Foto: archivoMe dirán que exagero, que estoy menospreciando meses tan hermosos como octubre y noviembre, pero lo que yo sostengo es precisamente lo contrario. Todo lo bueno pasa tan rápido que, invariablemente, termina el Día del Estudiante y ya estamos armando el arbolito.Si no me cree, recapitule como han transcurrido los últimos años. De marzo en adelante es todo cuesta arriba. Empieza la fresca, se van cayendo las hojas de los árboles y uno, pedalea y pedalea, forzando la máquina a todo vapor para darle prisa al mal trago del ciclo que arranca.Después vienen junio y julio, un continuado de agonía, que no hace otra cosa que preparar el terreno para la llegada del verdadero cuco: agosto, terror del almanaque. El mes más odiado año. Tercero del invierno pero primero en el ranking de desolación.La campera abrigada no se puede ni ver de tanto que la usamos. La frazada gruesa ya tiene grabada la huella de nuestro cuerpo. La estufa pide jubilación anticipada por trabajo insalubre.Y algunas noches, hasta nos acordamos de la abuela y su sabia bolsa de agua caliente.Hasta que llega septiembre, y con esos primeros perfumes de lapacho en flor, y esos dulces atardeceres pasadas las siete de la tarde, viene el tobogán en bajada.De golpe todo es alegre, colorido, refulgente, aparece la ropa liviana, surgen las juntadas callejeras, y tres brindis después, nos invade el tañir de campanitas y los papanoeles coparon las vidrieras.Apenas alcanzamos a decirle a algún amigo “veámonos antes de fin de año” y ya nos arrastraron los renos.Por eso yo me pregunto: ¿para qué tanto apuro? Si lo que viene por delante ya lo conocemos, paremos un segundo a disfrutar este momento.Este clima insoportable de fin del invierno, que da ganas de prender el horno aunque no haya nada que cocinar, es el último pico, el último mirador antes de la bajada, el último instante en que lo mejor todavía está por llegar.Y con lo rápido que se precipita todo, en un suspiro ya vamos a estar discutiendo quien hace el vitel toné y pidiendo que aflojen con los petardos que asustan a los pichichos. Así que mejor no nos apuremos.Disfrutemos este sufrimiento, que la vida es un parpadeo.Mirá tambiénLa envidia, pasión de la humanidadMirá tambiénNo me pidan que elija músicaMirá tambiénClark Kent en un colegio porteñoRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosPasiones ArgentinasInviernoPrimavera