En 2003, Hélio da Silva pasaba en auto por un descampado entre dos avenidas de San Pablo, un lugar tomado por la basura y usado como punto de consumo de drogas. En vez de seguir de largo, decidió empezar a plantar árboles ahí mismo, sin permiso oficial ni financiamiento, con sus propios ahorros. Dos décadas después, ese basural es un corredor verde de 3,2 kilómetros con 40.000 árboles de 160 especies distintas