Cyberdecks: ordenadores para volver a entender los ordenadores

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La británica Raspberry Pi se ha convertido en viral esta semana haciéndose eco de una afición de nicho: los llamados cyberdecks, u ordenadores portátiles personalizados construidos por uno mismo. La compañía ha publicado su guía oficial para crear tu propio cyberdeck utilizando sus ordenadores.Este tipo de proyectos, habituales dentro de la comunidad maker, llevaba un cierto tiempo viralizándose con proyectos que se movían a través de Instagram, TikTok y otras redes, con ordenadores que se disfrazan de bolsos, joyeros, maletines o incluso latas de caramelos de menta. Ahora, con el principal fabricante de ordenadores de placa única adoptando la tendencia, esto deja de ser simplemente una rareza y se convierte en algo que, además, me parece enormemente didáctico y positivo. ¿A qué nos referimos exactamente con cyberdeck? Básicamente, a un ordenador portátil construido de manera artesanal, típicamente usando una Raspberry Pi o alguna variación de ese tipo de ordenadores, con una pantalla, un teclado, alimentación, y alguna carcasa elegida bien por su diseño, o para la utilidad que se pretende extraer de él. El término procede del «Neuromancer« de William Gibson, y la idea es diseñar un ordenador para satisfacer una necesidad que un portátil convencional no cubre, o simplemente por el placer de hacerlo. ¿Quién querría fabricarse su propio ordenador? Cualquiera, por ejemplo, que quiera meter un ordenador en una caja estanca, en un bolso o en una caja de lata de caramelos. Lo que propone el tutorial es usar un Raspberry Pi 5, una pantalla táctil de 7 pulgadas, un teclado Bluetooth, una batería y unos altavoces, que instala en un maletín resistente al agua. Pero si quieres llevar el tema cerca de sus límites, puedes probar a usar un Raspberry Pi Zero, una pantalla de sólo dos pulgadas y un teclado fabricado a mano, y meterlo todo en una lata de Altoids. Tengamos en la cabeza que no se trata de construir un portátil malo, sino de plantear un dispositivo pensado para una función determinada. Puedes incorporar una radio definida por software, una GPIO accesible, sensores del tipo que quieras, controles físicos, baterías intercambiables o almacenamiento local. Todo vale si funciona para el fin que tenías en la cabeza, como cuando nos montábamos nosotros los ordenadores porque queríamos elegir uno a uno sus componentes. Además, puedes perfectamente plantear una utilidad didáctica: plantearlo como proyecto obliga a ejercitar habilidades de diseño industrial, de electrónica, de programación, de gestión de energía, de sistemas operativos, de impresión 3D, de soldadura, de ergonomía y de resolución de problemas. Auténtico aprendizaje bien motivado, con objetivos reales y posibles errores concretos que hay que resolver. Se trata de vernos a nosotros mismos no tanto como consumidores que vamos a una tienda y compramos un laptop, sino como alguien capaz de crear sus propias herramientas. En ese tipo de proyectos, en muchos casos, el DIY (Do It Yourself) tiende a evolucionar hacia un DIT (Do It Together) muy interesante en términos de dinámica de clase. Al final, este tipo de cuestiones son más una pequeña rebelión contra las cajas negras, contra la dinámica que nos lleva a vivir cada vez más rodeados de dispositivos más potentes, mejor terminados y herméticos, sellados con adhesivos imposibles de quitar, que el usuario es incapaz de abrir, de entender y mucho menos aún, de reparar. El cyberdeck busca justamente lo contrario: un dispositivo con sus tornillos, cables, componentes y placa a la vista, que el usuario entiende porque lo ha construido él mismo, y cuyos componentes puede, si quiere, ir sustituyendo o actualizando. Es, básicamente, autonomía tecnológica que conecta con derechos como el derecho a reparar, con la reutilización de componentes o con la prolongación de la vida útil de los productos, a lo que añadimos el estímulo de la curiosidad y la competencia técnica que nos da la cultura maker. ¿Anecdótico? Tal vez. ¿Interesante? Mucho.