Matthew Campen, toxicólogo de la Universidad de Nuevo México sobre los microplásticos: «Sinceramente, no me hace ninguna gracia tener esa cantidad de plástico en la cabeza»

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Ya sabíamos que los microplásticos estaban por todas partes: en el agua que bebemos, en el aire que respiramos y en la comida. Incluso se habían detectado en órganos como el hígado, los riñones o la placenta. No obstante, el último descubrimiento de la ciencia va un paso más allá y resulta muy inquietante: estas partículas también se están acumulando en nuestro cerebro, y en concentraciones más altas que en cualquier otro tejido del cuerpo.El estudio, publicado en Nature Medicine y dirigido por investigadores de la Universidad de Nuevo México, analizó muestras de tejido cerebral obtenidas en autopsias. El equipo, liderado por el toxicólogo Matthew Campen, comparó restos de 2026 y otros de 2024 y dio con un dato alarmante: en apenas ocho años, la cantidad de plástico en el cerebro aumentó cerca de un 50 %, reflejando de forma directa el ritmo al que generamos basura en el planeta.Partículas del tamaño de un virus capaces de burlar nuestras defensas naturales Muestras de laboratorio para analizar«Esto cambia el panorama por completo; lo vuelve mucho más personal», reconoció Campen, preocupado por las cifras obtenidas. «Jamás imaginé niveles tan altos. Sinceramente, no me hace ninguna gracia tener esa cantidad de plástico en la cabeza». Para el toxicólogo, el descubrimiento debería funcionar como una llamada de atención urgente sobre lo que le estamos haciendo a nuestro propio organismo.Uno de los puntos más llamativos es el tamaño de estas partículas. Se trata sobre todo de nanoplásticos: fragmentos microscópicos de unos pocos cientos de nanómetros, similares al tamaño de algunos virus, que tendrían la capacidad de atravesar la barrera hematoencefálica, el escudo natural que protege el cerebro de las sustancias dañinas que circulan por la sangre.Al analizar las muestras, los científicos identificaron hasta doce tipos distintos de polímeros. El más común fue el polietileno, el material habitual con el que se fabrican las bolsas, botellas y envases de todo tipo. Con microscopia avanzada lograron ver cómo estos residuos quedan atrapados en la masa cerebral, aunque todavía no se comprende con exactitud cómo viajan hasta allí ni qué pueden causar. Uno de los investigadores de la Universidad de Nuevo México que ha participado en el estudioEl estudio también arrojó una pista preocupante: los cerebros de personas diagnosticadas con demencia presentaban hasta diez veces más plástico que los del resto. Eso sí, los autores piden cautela; esto no prueba que el plástico cause demencia, ya que la acumulación podría ser simplemente una consecuencia del propio deterioro cerebral.¿Qué consecuencias puede tener esto? Sigue siendo una incógnita. Campen apunta a que el peligro no solo está en la toxicidad química del material, sino en su impacto físico. Al tratarse de cuerpos extraños, los nanoplásticos podrían entorpecer el flujo sanguíneo en los capilares más finos, interferir en las conexiones neuronales o acelerar procesos neurodegenerativos.Al parecer, la comida es la principal puerta de entrada. El plástico presente en el agua de riego contamina los cultivos, pasa a los animales y termina acumulándose a lo largo de toda la cadena alimentaria hasta llegar a nuestro plato. Lo peor es que el problema no tiene una solución inmediata: incluso si frenáramos la producción mundial de plástico mañana mismo, los residuos que ya existen seguirán degradándose durante décadas y multiplicando la presencia de estas partículas invisibles. Respiramos miles de microplásticos al día: un nuevo estudio revela la enorme cantidad de partículas que inhalamosSaber que tenemos plástico dentro de la cabeza cambia por completo cómo percibimos esta amenaza. Ya no es solo un problema ecológico que afecta a los océanos o la fauna; está dentro de nosotros, y entender qué nos está haciendo se ha convertido en una necesidad urgente.