Caminar por Błędne Skały, en el suroeste de Polonia, se siente como recorrer los pasillos de una construcción abandonada: paredes rectas de piedra, corredores angostos, pasajes que obligan a agacharse. No hay arquitectos detrás de ese diseño. Hay un mar que desapareció, una cordillera que se levantó y decenas de millones de años de agua abriéndose paso entre las grietas