John Eliot Gardiner, Kathryn Lewek y Piort Beczala redondean la oferta del Festival de Santander

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Visiblemente delgado, encorvado, con el andar algo torpe y cauteloso, John Eliot Gardiner se presentó el viernes en el Festival de Santander. Aquí ha comenzado la gira que le llevará a San Sebastián, Ljubljana, Bremen, Ravello, Merano y Pisa junto al coro y orquesta The Constellation y un programa que incluye la 'Canción del destino' de Johannes Brahms y la segunda sinfonía , 'Lobgesang', de Felix Mendelssohn. A los 83 años, Gardiner es un músico crepuscular, que ha dejado atrás sus maneras dominantes y se desenvuelve sobre el podio con eficacia y gestos más medidos. Ha conseguido que The Constellation mantenga el principio de calidad que definía al Coro Monteverdi y a la Orquesta Revolucionaria y Romántica que él mismo fundó y de los que se desvinculó, hace ahora dos años, tras varios episodios de agresión e intimidación. Quizá no alcancen la exquisita perfección de estos últimos debido a que Gardiner es ahora menos susceptible y poderoso; más afable en el comportamiento, con sus músicos y con los solistas, a los que sonríe, motiva y reconoce de manera muy protocolaria en los saludos finales. Siempre fue elegante, un punto primoroso y particularmente altivo, de ahí la extrañeza que produce ver en su comportamiento ciertos halagos. Lo importante es poder seguir descubriendo la particular transparencia de sus interpretaciones, la sólida tensión rítmica, el fraseo significativo, la claridad de una masa sonora diferenciada. En Santander, la 'Canción del destino' mostró un cierto desequilibrio interno. Aun así, Gardiner es una personalidad musical indiscutible que mantiene viva la capacidad para plantear dudas de orden metafísico a partir de una obra que se mueve entre la nobleza celestial y la inestabilidad humana. La memoria lo recuerda más cerca de lo escuchado ante la segunda sinfonía de Mendelssohn, que se ofreció sin solución de continuidad tras la partitura de Brahms, a pesar de algunos aplausos más interesados en hacer ruido que en respirar con la música. Lo grandioso y lo seductor aparecieron pronto, con los tres trombones de pie interpretando el tema principal. Vino luego la sinfonía con la que se abre la obra, revelando la rotundidad del primer movimiento y el sosiego del 'Adagio religioso' final como prólogo a la gran cantata en la que diferentes textos bíblicos conducen la obra hacia la luminosidad de un final en el que se acelera el pulso emocional. La interpretación se coronó con un cierre solemne. Pero lo verdaderamente sustancioso es la perseverancia del concepto, la exacta afinación, la impecable dicción del coro y la habilidad narrativa que incluye a los solistas. Integrados en el propio coro, y colocados frente a la orquesta durante sus intervenciones, ambos solistas hicieron valer la renuncia a cualquier personalismo. De ahí, la humildad y candidez en el timbre con el que las sopranos Hilary Cronin y Sam Cobb cantaron el quinto movimiento ('Ich harrete des Herrn'), el sentido retóricamente predicador con el que el tenor Jonathan Hanley, por cierto, aprendiz en el Coro Monteverdi hace años, abordó el sexto ('Stricke des Todes hatten uns umfangen'), y la nobleza con la que todo el coro abordó el imponente coral 'Nun danket alle Gott'. Fuera de programa se escuchó el 'Geistliches Lied', Op. 30, de Brahms como demostración de consuelo, aceptación y confianza —religiosa en este caso, pero lo mismo da— ofrecida en Santander por un director necesario. La difusión pública de los problemas de Gardiner en relación con el acoso, primero ante la agresión a un cantante tras una representación de 'Los troyanos' en el Festival Berlioz en La Côte-Saint-André en 2023 y, más recientemente, ante el desaire a una colaboradora de la organización en el Festival Bach en Leipzig, es un buen ejemplo de un cambio de actitud en el mundo musical, donde inevitablemente conviven fuertes personalidades. La soprano americana Kathryn Lewek es otro caso representativo difundido tras varias críticas a raíz del vestuario utilizado en las representaciones de 'Orfeo en los infiernos' en el Festival de Salzburgo de 2019. Lewek reaccionó de inmediato, reconociéndose víctima de 'body-shaming' en el justo momento en que acababa de dar a luz, lo que sirvió para que otros cantantes pusieran de manifiesto experiencias similares. Con independencia de las circunstancias particulares, lo sucedido entonces dejó claro que la soprano americana es una intérprete que no se amilana ante las dificultades. En el Festival de Santander se comprobó durante las representaciones de 'La flauta mágica ', a principio de mes, en las que asumió el papel fetiche de la Reina de la noche. La afinación impecable, el 'legato', la facilidad en la alternancia de registros, la soltura en la coloratura y una presencia escénica arrolladora se ratificó el viernes en la gala lírica ofrecida junto al tenor Piotr Beczala, la Orquesta Sinfónica de Bilbao y el directo José Miguel Pérez-Sierra. Por su parte, a los 59 años, el tenor polaco mantiene una frescura vocal envidiable que se proyecta con extraordinaria facilidad y fuerza. El agudo sigue siendo un arma poderosa; ha limado impurezas en el registro grave en el que ahora penetra con mayor facilidad. Beczala sigue construyendo el repertorio sin prisa y en este momento aborda repertorios más dramáticos en los que se defiende con autoridad. El cambio puede ejemplificarse en el personaje de Alfredo Germont presente en el programa con tres fragmentos de 'La traviata' y con los que Lewek y Beczala alcanzaron una cima indiscutible. El control de los silencios, la locura de los sobreagudos, el sentido displicente pero luego ensoñado sobre una lectura plagada de escarceos en el aria inicial de Violeta, 'Ah, fors'è lui… Sempre libera', obtuvieron su réplica en la expansión melódica de 'De' miei bollenti spiriti', y en el electrizante encuentro en el dúo 'Parigi, o cara'. 'La traviata' es un buen resumen de un largo recital en el que ninguno de los solistas escatimó oportunidades ofreciendo hasta quince fragmentos y tres propinas: el espiritual 'He's Got the Whole World in His Hands', 'Amor ti vieta' de 'Fedora' y el brindis de 'La traviata'. Todo comenzó con una todavía perfectible interpretación de fragmentos de 'Rigoletto' en los que quedó clara la honradez con la que se afrontaba la actuación. Siguió 'Lucia de Lammermoor' ensalzando el sentido histriónico que Lewek imprime a muchas de sus interrpetaciones y la brillante inmediatez vocal de Beczala, tropiezo de memoria incluido. Se tropezó ante 'Carmen', el talón de Aquiles del programa, debido a una dicción claramente mejorable y a una entrega demasiado tosca. 'La bohème' puso el cierre, tras 'La traviata', con estupendas intervenciones cargadas de luminosidad y dulce tragedia. No es desdeñable en el éxito final la importante participación de la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS) dirigida por un eficacísimo José Miguel Pérez-Sierra. Las libertades interpretativas de Lewek, su menor caudal vocal y la rotunda certeza de Beczala, deslumbrante en la proyección, encontraron un colchón orquestal particularmente flexible, cuidadosamente medido y minuciosamente colaborador. Fue más interesante el 'intermezzo' de 'Manon Lescaut' que la lectura algo mecánica de la obertura de 'La forza del destino'. En cualquier caso, no era fácil apoyar a dos personalidades vocales tan hechas y determinantes, tan dispuestas a ofrecer un recital en el que se pusieron de manifiesto complicidades, buena química y cortesía.