En el corazón de Galilea se alza majestuoso el Monte Tabor, el escenario bíblico consagrado por la tradición cristiana como el lugar exacto de la Transfiguración de Jesús. En este enclave sagrado, la presencia de la Custodia de Tierra Santa no es una coincidencia reciente, sino una historia viva que se extiende desde hace unos ochocientos años. Durante ocho siglos, los frailes franciscanos han custodiado este espacio singular con una doble vocación: proteger la memoria física de los Santos Lugares y dinamizar la vida de las comunidades que residen, oran y buscan esperanza en medio de una tierra convulsa.Piedras ancestrales y piedras vivas: la vocación franciscanaEl cometido franciscano en la cumbre del Monte Tabor va mucho más allá del mero mantenimiento arquitectónico o la recepción de visitantes. Su labor entrelaza la dimensión espiritual de la memoria evangélica con el compromiso pastoral humano hacia la población local.Tal y como señala el fray Carlos Molina, guardián del Monasterio del Monte Tabor:«Hemos venido aquí no solo por las piedras que identifican el lugar, sino por la gracia de los santos lugares. Estas piedras, por donde caminó Jesús, nos invitan también a acompañar, asistir y apoyar a las piedras vivas: la gente local.»Con el paso del tiempo, el arraigo franciscano en la cumbre se ha consolidado profundamente. El santuario actual alberga una comunidad estable de religiosos dedicada a la oración continua y al servicio litúrgico. Además, el lugar cumple un rol formativo decisivo dentro de la propia Orden: es la sede de la casa de aspirantado de la Custodia de Tierra Santa.En este entorno sereno y repleto de historia, los jóvenes postulantes tienen su primer contacto directo con la misión franciscana en Oriente Medio. Es allí donde comienzan a discernir esa vocación única al escuchar la llamada que Dios les dirige en la misma tierra donde caminó Cristo.La basílica de Antonio Barluzzi y la arquitectura de la feEl perfil actual del santuario del Monte Tabor está intrínsecamente ligado al genio del arquitecto italiano Antonio Barluzzi. A principios del siglo XX, tras minuciosas exploraciones y excavaciones arqueológicas, se proyectó la actual basílica, inaugurada finalmente en el año 1924.Sobre este hito centenario, el fray Carlos Molina subraya la trascendencia del edificio dentro del complejo:«En 1924, tras profundas excavaciones realizadas en este terreno, siguiendo la arquitectura diseñada por Antonio Barluzzi, se construyó esta maravillosa basílica, parte del santuario. En este terreno, además de la comunidad estable, también tenemos una casa de formación, que es el primer contacto que los jóvenes tienen con la Custodia de Tierra Santa y, a través de la Custodia, con la orden franciscana.»La imponente basílica neorrománica evoca la luz radiante de la Transfiguración mediante su diseño y sus vanos, convirtiéndose en el epicentro de la vida litúrgica del santuario y en un faro para los peregrinos de todo el mundo.Las cuevas tras la basílica: nuevos secretos bajo la canteraLejos de tratarse de un patrimonio estático o clausurado, el Monte Tabor continúa revelando fascinantes secretos de su pasado gracias a una reciente campaña de excavaciones arqueológicas. Lideradas por el investigador Gianantonio Urbani, del reconocido Studium Biblicum Franciscanum, estas prospecciones están arrojando una luz inédita sobre la evolución histórica del lugar.Las investigaciones se han concentrado principalmente en la zona de las antiguas canteras situadas justo detrás de la basílica principal. Sorprendentemente, se trata de un sector que el propio Antonio Barluzzi ya había analizado y plasmado en sus bocetos iniciales durante la construcción del templo en la década de 1920.Gianantonio Urbani detalla el desarrollo y alcance de estos trabajos:«La zona de las canteras es interesante porque se trata de una pequeña colina que el propio Antonio Barluzzi, durante la construcción de la basílica, ya había explorado, dejándonos un dibujo; aquí es donde comenzamos. La gruta siempre ha existido en el Monte Tabor y ha sido adaptada o reutilizada según los usos de quienes la habitaban. Se pueden observar estancias para la vida cotidiana y otras para la vida litúrgica, como la oración, dado que eran cuevas habitadas por monjes.»Estas estructuras subterráneas puestas al descubierto demuestran la continuidad y la complejidad del asentamiento monástico a lo largo de los siglos. Las cuevas no solo servían como habitáculos para la subsistencia diaria, sino también como espacios sagrados de recogimiento, oración mística y culto litúrgico.Un mosaico de comunión que trasciende los siglosLas piezas, inscripciones y recintos descubiertos bajo el suelo del Monte Tabor no son meras curiosidades científicas o vestigios del pasado. Cada fragmento desenterrado reconstruye de forma tangible la red de fe que ha vertebrado la presencia cristiana en este sagrado monte galileo desde la Antigüedad Tardía y la época medieval.Al reflexionar sobre la importancia de estas grutas ocultas a la mirada del visitante cotidiano, el fray Diego Dalla Gassa, miembro de la comunidad franciscana del Monte Tabor, afirma:«En esta zona, una parte de las grutas aún nos revela cómo se estructuraba, o se ha estructurado, la vida cristiana, y cuánto amaban los cristianos venir a un lugar como este. Es evidente, por lo tanto, que incluso los lugares que permanecen ocultos a la vista de muchos, a muchas miradas, son importantes. También esta pequeña parte debe ser defendida, ocultada, protegida, y nos habla de una comunión mucho más profunda: es la cristiandad.»La labor de la Custodia de Tierra Santa en el Monte Tabor sintetiza a la perfección la conocida metáfora del apóstol San Pablo: «El cuerpo es uno y tiene muchos miembros». Cada piedra milenaria, cada gruta recuperada de la penumbra y cada fraile que dedica su vida a servir en el santuario constituyen piezas esenciales de un mismo cuerpo espiritual. Los trabajos arqueológicos actuales no hacen sino confirmar que en el Monte Tabor hasta el detalle más escondido contribuye a custodiar de forma viva la historia, la ciencia y la fe.