El impuesto invisible de la inteligencia artificial

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Un artículo en The Atlantic, «Are you sure you want a car with a giant touch screen?», detalla una cuestión que varios comentaristas habituales llevan tiempo comentando en esta página: hasta qué punto el precio de numerosos artículos con un componente electrónico, como los ordenadores pero también, cada vez más, los automóviles, están viendo cómo se incrementa su precio debido a la elevadísima demanda que los data centers generan de componentes como, por ejemplo, la memoria RAM. Resulta como mínimo curioso que infraestructuras diseñadas para alimentar la creciente demanda de la sociedad de chatbots como ChatGPT, Claude o Gemini terminen, de alguna manera, encareciendo un automóvil fabricado por Volkswagen, Toyota o Citroën, pero la realidad es que está sucediendo, y no es en absoluto anecdótico. Algunos analistas cifran este efecto de incremento del precio de la memoria RAM en torno al 4% en el caso de un automóvil, lo que podría suponer unos $2,000 en un vehículo de unos $50,000. El hecho de que los vehículos lleven ya años convirtiéndose en auténticos smartphones con ruedas hace que este efecto sea mucho más acusado: las nuevas arquitecturas centralizadas que están sustituyendo a las decenas o centenares de pequeñas unidades de control distribuidas por el vehículo podrían llegar a representar por sí solas en torno al 20% de su coste. ¿Queríamos automóviles que fueran ordenadores con ruedas? Ya los tenemos. Pero más allá del mercado del automóvil, lo que estamos viendo es hasta qué punto una carrera por conseguir la mejor inteligencia artificial se convierte, de manera invisible, en un impuesto que encarece todo el resto de los productos que consumimos y que tienen algún componente electrónico. La alocada carrera por construir más y más data centers, que enfrenta cada vez más a comunidades locales con compañías y con políticos, no es simplemente un problema de consumo de agua (ver cómo a ti te multan por regar tu césped, mientras un pedazo de instalación del tamaño de un hipermercado «se bebe» enormes cantidades de agua cada día) o de incremento del precio de la electricidad: es, más bien, una factura invisible que se aplica a todo aquello que las compañías sí pueden comprar para sus data centers, pero que tú, cada día, puedes permitirte con menos alegría. Cada vez que ves el precio de un ordenador, de un automóvil o de muchos otros aparatos, estás viendo en realidad una opción sobre la que los ciudadanos no se han pronunciado en ningún momento – o, cuando lo han hecho, ha sido en sentido negativo, porque esas instalaciones generan numerosos temores sobre las posibilidades de preservar su estilo de vida – pero que está teniendo lugar sin que tengan sobre ello ningún tipo de control, con la connivencia abierta de políticos alimentados por lobbies especialmente voraces y sin escrúpulos. No en vano Anthropic sitúa el rechazo a la inteligencia artificial y a las compañías que la representan como uno de sus riesgos más importantes en el folleto de su salida a bolsa. A este paso, entre cócteles Molotov lanzados contra la residencia de Sam Altman y facturas de productos que no paran de subir, los escenarios distópicos de ciencia-ficción en los que los prebostes de la tecnología tienen que vivir en auténticos bunkers protegidos por ejércitos privados o incluso en otros planetas inaccesibles para el común de los mortales van a terminar haciéndose realidad…