Ni siquiera muerta dejaron de temerle. La enterraron con seda, plata y oro, pero antes de que su cuerpo se descompusiera abrieron la tumba y dejaron una hoz sobre su garganta para que no volviera a la vida

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La muchacha tenía entre 17 y 19 años. Primero la enterraron con un candado sujeto al pie; después, cuando el cuerpo aún no se había descompuesto, alguien pudo volver para añadir una segunda barrera. Los análisis revelan ahora un ritual que mezcló respeto, riqueza y un miedo extraordinario a los muertos.