Hicham Mouatadid, investigador marroquí: «La seguridad no se construye solo con armamento, sino con confianza e integración estratégica»

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La tensión en el norte de África ha dejado de ser una mera guerra dialéctica para transformarse en una peligrosa acumulación de arsenal militar a las puertas de Europa. En los últimos meses, Rabat y Argel han pisado el acelerador en una frenética carrera armamentística que mantiene en vilo a toda la región del Magreb. Lejos de buscar una desescalada diplomática, ambas potencias vecinas responden a cada movimiento del adversario con millonarias compras de equipamiento bélico.El reino alauí adquirió recientemente aviones de combate F-16 y el avanzado sistema antidrones israelí Skylock Dome, blindando así su espacio aéreo y reforzando drásticamente su capacidad operativa. Por su parte, el Ejecutivo argelino fortaleció su fuerza aérea con la incorporación de cazas rusos Su-35. Según detalla el medio Qantara, esta dinámica obedece a una estricta lógica de disuasión mutua donde el miedo al país vecino dicta la agenda política y militar.El investigador marroquí Hicham Mouatadid advierte de que este frágil equilibrio de fuerzas podría derivar en un conflicto abierto si se pierde el control de la situación o si fracasan las labores de mediación internacional.El polvorín del Sáhara Occidental y las heridas históricasLa rivalidad entre ambas naciones no supone un desencuentro coyuntural. El conflicto hunde sus raíces en agravios históricos y narrativas enfrentadas sobre la soberanía territorial. En el centro neurálgico de esta fractura geopolítica se encuentra el Sáhara Occidental, un territorio que Marruecos considera absolutamente fundamental para su legitimidad histórica e institucional.Frente a la inamovible postura de Rabat, Argelia mantiene su firme apoyo al movimiento independentista del Frente Polisario. Esta profunda división ideológica ha dinamitado cualquier intento de integración estratégica en el norte de África. En este contexto, cada acuerdo armamentístico firmado por uno de los dos países es interpretado por el otro como una amenaza existencial directa, lo que perpetúa un ciclo de desconfianza mutua.Movilización general y los límites de WashingtonEl nivel de alerta militar subió un escalón más el pasado mes de abril. El Gobierno argelino anunció un proyecto de ley de movilización general que trasciende lo meramente simbólico. Con ello, Argel envió un mensaje muy claro tanto a nivel interno para cohesionar a su población como a sus rivales geopolíticos. La retórica belicista se instaló de forma permanente en las instituciones de ambos países, complicando enormemente las vías diplomáticas.Aunque la mediación de Estados Unidos puede calmar las aguas de forma temporal, los analistas coinciden en que la intervención de Washington resulta insuficiente para formular una solución duradera. La paz en la región exige una voluntad política genuina por parte de ambos actores.En definitiva, la seguridad real del Magreb no se construirá acumulando cazas de combate o escudos antimisiles. La resolución de esta crisis exige un coraje político sin precedentes para abordar la seguridad regional en su conjunto. Mientras esa valentía no aparezca en los despachos de Rabat y Argel, la maquinaria de guerra seguirá engrasándose a un ritmo vertiginoso.