La Antártida que conocemos hoy, cubierta de hielo y con temperaturas extremas, fue un lugar muy distinto hace unos 55 millones de años. En pleno Eoceno, el continente tenía un clima mucho más cálido y húmedo. Ahora, un grupo de investigadores ha descubierto que parte de aquella historia quedó atrapada en un lugar inesperado: los huesos fosilizados de antiguos pingüinos.El equipo, de la Universidad China de Geociencias de Pekín, analizó fósiles encontrados en la isla Seymour, junto a la península antártica. Sus resultados muestran que la composición química de esos huesos cambia según la época en la que vivieron los animales y conserva señales relacionadas con el paso de una Antártida cálida y húmeda a otra bastante más fría.Los huesos de hace 55 millones de años guardan una señal diferenteLos investigadores tenían un problema: los fósiles son demasiado valiosos para cortarlos o destruir una parte durante el análisis. Por eso utilizaron un sistema de rayos X que permite localizar distintos elementos químicos sobre la superficie del hueso sin dañarlo.La diferencia fue muy clara. Los ejemplares más antiguos, de unos 55 millones de años, mostraban señales mucho mayores de titanio, silicio y potasio que los fósiles procedentes de periodos posteriores. Los científicos relacionan esa combinación con un clima cálido y húmedo, capaz de provocar una erosión más intensa de las rocas y arrastrar más materiales desde tierra hacia el mar.Los huesos más jóvenes, formados cuando el continente ya estaba enfriándose, presentaban cantidades bastante menores. No significa que un hueso pueda decir directamente qué temperatura hacía aquel día, como un termómetro moderno. La pista está en los cambios químicos que dejó el entorno durante la fosilización y que, comparados con las capas geológicas, permiten reconstruir cómo evolucionaron las condiciones.También aparecieron diferencias en hierro, manganeso y azufre. En este caso, ayudan a conocer qué ocurría en los sedimentos marinos donde quedaron enterrados los restos.Una nueva forma de mirar fósiles que llevan décadas guardadosLa isla Seymour es especialmente útil porque conserva uno de los registros de pingüinos del Eoceno más ricos y continuos conocidos. Sus distintas capas permiten seguir millones de años de cambios sin depender de un único fósil aislado.Hasta ahora, para reconstruir climas tan antiguos se utilizan sobre todo sedimentos marinos, pequeñas formas de vida fosilizadas y otras pistas geológicas. El nuevo trabajo plantea que los huesos de vertebrados pueden añadir otra pieza al puzle, incluso utilizando ejemplares que ya están conservados en colecciones.La técnica tiene además una ventaja práctica, ¿cuál? No destruye las piezas. Eso permitiría volver sobre fósiles raros con nuevas preguntas sin tener que sacrificar una parte de ellos.Los autores creen que este método puede complementar otras herramientas para entender cómo cambió la Antártida mucho antes de convertirse en el continente helado actual.