No ha amanecido todavía, pero el camarero del bar del pueblo ya no da abasto. Enlaza café tras café. Tostada tras tostada. El local está lleno. Dentro, desayunan. Fuera, apuran el primer -o el segundo- cigarro de la mañana. En la puerta, se acumulan todoterrenos con las puertas abiertas. Hay confianza. Es el ritual de siempre, el de tantas veces. El último paso antes de «echar el día». Porque, como todo buen cazador sabe -eso dicen-, las monterías empiezan mucho antes del primer disparo y terminan después del último. Antes, durante y después, todo se resume en pasión, eso que, como bien plasmó Juan José Campanella en 'El secreto de sus ojos', ningún hombre o mujer puede cambiar en su... Ver Más