En un rincón de su casa, Alana S. Portero tiene un altar donde conviven figuras de distintas tradiciones, todas a las que «le tranquiliza tener contentas». Es su manera de cuidar a quienes ya no están, o a lo que queda de ellos. Hay un miedo que la acompaña desde que recuerda: que cuando ella muera, las personas que la quieren no sepan cuidar su cuerpo, que se lo arranquen a su comunidad, que lo conviertan en un trámite. De ese terror nacieron sus novelas, y en 'Cosamala' (Seix Barral) ese pavor íntimo se saluda con uno colectivo, aquel que atraviesa España desde 1936: el de los muertos de la Guerra Civil que siguen sin tumba . Aun así, el libro que cree que le queda por escribir no será para ellos: «Los muertos a los que les voy a deber libros todavía no se han muerto». Este verano en Oleiros, en la costa gallega, Alana S. Portero acababa de enviar a la editorial las últimas correcciones de la novela cuando, siguiendo un hábito casi diario, abrió la prensa. Granada había registrado cerca de 180 terremotos, cuatro de ellos de magnitud 4 o superior en apenas dos horas. Portero aún no se había fijado en la fecha: era 18 de agosto, el aniversario del asesinato de Federico García Lorca. Cuando cayó en la cuenta, escribió a sus editores: «Quiero añadir una coda, porque no puede ser». Ella lo cuenta con calma. «Las leo como casualidades», dice de estas coincidencias, «y la casualidad muy a menudo es la puerta de lo satánico». Los tarotistas y los astrólogos, explica, trabajan con el mismo material: formas encontradas por azar que alguien decide convertir en relato. «Yo encuentro narraciones en todas partes y no descarto ninguna». Esa disposición a leer el azar como narración es la clave de todo su trabajo. También explica por qué una escritora que se dio a conocer con 'La mala costumbre', una novela sobre una infancia trans en el Madrid de los noventa, haya ido a parar a una matanza de 1937. Los hechos que inspiran 'Cosamala' ocurrieron en Guillena, un pueblo sevillano. En los primeros meses de la guerra, tras el golpe de julio de 1936, la represión en la Andalucía ocupada fue rápida y sistemática. Las mujeres eran con frecuencia rehenes: se las detenía para presionar a los maridos, hijos o hermanos que habían huido. Diecisiete mujeres fueron encarceladas durante un par de meses y fusiladas después. Sus cuerpos acabaron en una fosa que no se abrió hasta décadas después. La memoria popular las bautizó como Las 17 Rosas de Guillena , eco de las 13 de Madrid. Según el relato que Portero recoge, la fosa apareció gracias a un hombre muy anciano. De niño había visto cómo las mataban y había guardado el secreto toda su vida, porque su madre le había pedido, sencillamente, que no dijera nada. «¿Qué miedo tienes que tener», se pregunta Portero, «o qué vergüenza, o qué mecanismos se activan en ti cuando ves algo así de terrible en la infancia y no lo puedes decir nunca?». El caso se le clavó; la conexión se hizo más fuerte cuando descubrió que la madre de su mejor amiga era de Guillena. Después vinieron los años de lectura: entre 3.000 y 4.000 páginas, informes de exhumación, historiografía local, poesía y folclore. Cita a Alberto Conejero, que dice que a la página hay que leerla antes de pasarla: «Pero se tiene que leer desde todos los puntos de vista». Sobre el país que prefirió pasarla de largo, no se hace ilusiones: «Creo que este país ha cometido un grave error en cómo ha afrontado la Guerra Civil, y no sé si tiene arreglo». Lo que sí defiende es el duelo. «La negación completa del derecho a un sepelio me parece terrible para quien se va, porque deja de ser un ser humano y se convierte en carne desechable. Es terrible para la comunidad que pierde a ese ser: al negar la posibilidad del enterramiento digno se le arranca un miembro a ese cuerpo común. Eso es una amputación, y no tiene arreglo». Recuerda que las guerras de la antigüedad llegaban a pararse para que los muertos fueran recogidos. «Esto me provoca una pena hondísima y que apela a algo muy íntimo que no sé explicar muy bien». Habla de su biblioteca, de 'La muerte en común', de Ana Carrasco-Conde, sobre la falta de enterramiento y lo que le hace a una comunidad no poder despedirse de los suyos; de 'Imán', de Ramón J. Sender dice que le impresionó cómo narra «lo físico de la guerra, los animales muertos, el olor de los cadáveres»; y de Rafael Chirbes, que fue su «editor fantasma» mientras escribía. Portero decidió no hablar con los familiares de las víctimas; temía que la piedad enturbiara lo que quería hacer. Sí habló con vecinos de Guillena que vivieron los años cuarenta y le contaron cómo eran las calles, el miedo, la infancia. «Antes que todo esto soy escritora», dice, «y tengo que escribir el libro que quiero escribir». La frase suena dura y lo es. Pero el libro lo justifica, porque su centro moral no está en el dolor de las víctimas sino en la pregunta contraria: cómo se llega a ser el verdugo. «No creo en el mal como un ente exterior que viene», explica. «Creo en el mal como algo que llevamos dentro todo el mundo, como un proceso de pequeñas acciones que desembocan en algo terrible». Cree que algunos de los hombres que participaron en la matanza probablemente se habían reído con alguna de esas mujeres en la calle un año y medio antes. Le interesa cómo se deshumaniza al vecino hasta poder hacerle algo así, participar en ello, omitirlo o no oponerse. Tampoco quiere que la memoria convierta a las víctimas en símbolos. El nombre de Las Rosas es hermoso, admite, y se eligió «con el mejor ánimo», pero hay algo en cómo se cuentan estos crímenes que hace que las víctimas desaparezcan debajo de nombres, rodeadas por los hechos. «La monstrificación de los verdugos devora el relato de las víctimas». 'Cosamala' es su intento de devolverles el protagonismo y, con él, «la capacidad de influir en su propia historia, aunque sea a través de una ficción». Para la parte esotérica se apoyó en Lorca, cuyo teatro y poesía tienen, según ella, una faceta oculta «alucinante». Para los conjuros, en fuentes históricas como la obra de María Tausiet, y para los versos que se cantan a los muertos, en una inmersión tardía en el flamenco, un arte al que no lograba entrar. Comenzó a escuchar el podcast 'El café de Silverio' y los discos de Enrique Morente. Encontró «una música textual» y comprendió que el flamenco es «un lamento que viene de la tierra y de los perdedores de la historia que tiene algo de ensalmo». «No creo que haya que creer en fantasmas para escribirlos», dice, «pero hay que tenerlos en cuenta como concepto filosófico: esa presencia de la historia, pública o personal, que reaparece continuamente intentando dar un mensaje». Y añade: «La literatura es un oficio fantasmal. Sirve para que, dentro de mucho tiempo, si tienes suerte, alguien lea las palabras de una muerta que están contando algo de su tiempo». La novela llega en un año cargado: 2026, noventa años del asesinato de Lorca, con homenajes, películas y un mercado cultural que se ha lanzado sobre el poeta. Portero aparece incluso en un cameo en 'La bola negra', de los Javis. Prefiere ver en la lorcamanía una señal: «Si Lorca aparece y reaparece tanto, por algo será. Algo no hemos aprendido todavía». Sobre el mercado, se encoge de hombros: «Se apropia de todo. Si se apropia de luchas muy legítimas, ¿por qué no se va a apropiar de los muertos?». Su propia obra, de hecho, es una larga conversación con ellos. Cree que lo que ya ha escrito no los calma, dice, y que volverá probablemente a alguno de esos mundos. Tiene miedo, dijo al principio, de que su cuerpo sea arrancado de su comunidad cuando muera. Parece que escribe para que esa suerte no la corra nadie, y menos aún quienes aún están a tiempo de ser despedidos como se merecen.