Nada define mejor a Arturo Pérez-Reverte , lo ha subrayado él mismo, que ser hijo del Mediterráneo. Aunque el mar de Homero siempre estuvo en su literatura y no haya novela suya en que no aparezca , de Gibraltar a Estambul, con corsarios o espías surcando el Adriático veneciano o la costa argelina. Pero el caso es que la literatura última suya, desde 'El italiano', 'El problema final', hasta 'La isla de la mujer dormida', ocurren en el Mediterráneo de manera más acentuada. Lo que 'La hipótesis más peligrosa' viene a decirnos, es que el mar que navegó Odiseo es más que un escenario: es el mundo que nos ha hecho. Un mundo constituido por paisajes, por comidas, por costumbres, por olivos, viñedos y por historias de guerras de rapiña o dominio de sus países ribereños. Pero sobre todo ello, por ser hijos de una mitología heroica y guerrera que comenzó en Grecia y Roma (Eneas surcó el mismo mar que Ulises), pero que las tres emparentadas religiones monoteístas que abolieron aquel mundo han continuado. Junto al Mediterráneo como forma de vida y cultura común, 'La hipótesis más peligrosa' incorpora otro elemento crucial vinculado al género novela tanto como el viaje: la 'quête', la búsqueda. El tesoro esta vez es la identidad. Cumplir el designio que, también en el lugar Mediterráneo de Delfos, planteó el mandato más humano: el de conocerse a sí mismo , saber quién soy. La novela de Pérez-Reverte pivota por la forma más elemental de búsqueda de identidad: la que tiene un hijo que no ha conocido a su padre, tampoco a su madre, quien murió al tenerlo. El joven Cal Gadea, de dieciséis años, aprovecha el periodo de campamento veraniego en el que sus abuelos tutores le suponen para ir a ese lugar de la costa donde ha sabido que su desconocido padre tiene amarrado el barco y lo persigue hasta dar con el velero a motor Nostos, de cuarenta y seis pies de eslora. Las relaciones entre padre e hijo son tensas desde el comienzo y no dejan de serlo hasta casi el final. Sabiamente ha evitado Pérez-Reverte la sensiblería del encuentro . Porque Asier Lerrant, que es el primer nombre que conoce del padre, está curtido, es duro, nada dado a ñoñerías y, sobre todo, no puede decir quién es y la causa de que la madre de Cal le abandonara. La dualidad padre e hijo, rivales por momentos en reproches y silencios, sostiene buena parte de una navegación que el padre emprende hacia Cagliari, en Cerdeña, por encargo de contrabandistas. Será en el viaje cuando el padre cuente al hijo las decenas de nombres que a lo largo de la historia ha tenido, cumpliendo la maldición que en el camino de Gólgota le hiciera el hijo de Dios de no poder saciar su sed. Trae la novela historias de asaltos como la de Masada, de navegaciones como las de Jason, las luchas de turcos y cristianos, incluso una en que un escritor lesionó su brazo izquierdo, antes estuvieron las Cruzadas, después las guerras de árabes e israelíes, y ese lugar de llegada, en Tiro, el Líbano por tanto, gran lugar de Pérez-Reverte, depositario de todas las fronteras mediterráneas. El elemento de inventiva más novedoso que incorpora 'La hipótesis más peligrosa' es haber hecho que Cal y Lerrant compartan un mundo que el adolescente domina, pero que al padre no le es ajeno: los videojuegos, donde un joven de hoy se adentra en el aprendizaje de la ficción, de las historias que podrían funcionar como novelas, como ese videojuego denominado 'Telémakhós' (por el hijo de Odiseo) que Cal Gadea está componiendo en su portátil durante la travesía. Peligros, el Bien contra el Mal, la Vida y la Muerte, la traición y las alternativas de venganza o de huida. Pérez-Reverte, consciente de que el futuro será visual , y las historias creadas virtualmente, hace que este joven de dieciséis años sea portador en imágenes de aquello que viene siendo almendra de todo su imaginario como novelista: el juego. La ficción es un juego, como lo es la vida misma, un juego a muerte.