Célebres son Emily y Charlotte Brönte. Pero hay otra Brönte, que ha quedado un tanto opacada por la fama de sus hermanas. Se trata de Anne Brönte (1820-1849), la pequeña de la familia , que merece recordarse, y sobre todo leerse, como Emily y Charlotte. A esta necesaria recuperación contribuye la feliz iniciativa de la editorial independiente Rinoceronte de publicar, en una nueva traducción, y útiles notas, a cargo de Moisés Barcia, ‘La inquilina de Wildfell Hall’, su segunda, y última novela, pues falleció de tuberculosis a los 29 años. En el olvido de Anne Brönte tuvo un relevante papel su propia hermana Charlotte, quien obstaculizó la difusión de esta novela por considerarla demasiado cruda para lo habitual en la época victoriana. En efecto, Anne Brönte refleja sin edulcorar una realidad nada halagüeña para la mujer que no solo no tiene libertad, sino que muchas veces se ve sometida a la opresión. Es el caso de Helen Graham, protagonista de la novela, que se instala con su hijo, Arthur , en la destartalada mansión de Wildfell Hall despertando rumores entre los vecinos. Se preguntan si Helen Graham. siempre vestida de negro, y que pinta para ganarse la vida y obtener independencia económica , está viuda, algo que se da desentrañando a través de las cartas de Gilbert Markham, enamorado de la misteriosa joven. Y, sobre todo, mediante el diario de la propia Helen, que ocupa el centro de la narración. En él descubrimos que ha tenido que huir de su marido, Arthur Huntingdon, que bajo su amable apariencia, esconde el perfil de infiel, alcohólico y maltratador. Aparecida originalmente en 1848, bajo el seudónimo masculino de Acton Bell, recurso muy común en ese tiempo, estamos ante una valiente novela de denuncia, ingrediente que ya se aprecia en su primera obra, ‘Agnes Grey’, donde, apoyándose en su propia experiencia como institutriz, refleja las humillaciones que estas sufrían por parte de la clase alta victoriana. Pero la escritora británica no descuida la trama, de final sorpresivo, la estructura doble, epistolar y de diario, y el análisis psicológico de los personajes. Bien explica la propia Anne Brönte su propósito, en el prefacio a la segunda edición de ‘La inquilina de Wildfell Hall’, en el que reivindica su novela ante los ataques: «Mi objetivo al escribir las páginas que siguen no era simplemente el de entretener al lector, ni tampoco el de complacer mi propio gusto, ni siquiera el de congraciarme con la prensa y con el publico, sino que deseaba contar la verdad, pues la verdad siempre transmite su propio mensaje moral a aquellos capaces de acogerla». Y, si bien afortunadamente, ha cambiado mucho la situación de las mujeres en el mundo occidental — el feminismo ‘woke’ suele ‘olvidar’ que no es así en otras latitudes— mantiene su vigencia.