Tras presenciar unos boleros y fandangos durante su viaje a España en 1840, Théophile Gautier, decepcionado por no haber encontrado lo que esperaba, escribió: «Los bailes españoles no existen más que en París». El desengaño fue temprano, casi en paralelo al proceso de construcción de la identidad de lo español que se venía realizando por numerosos viajeros románticos, especialmente franceses. Desengaño que también podía entenderse como revelación: la proyección de nuestro país, de sus tipos, paisajes y costumbres, por parcial y mitificada, era un cliché, un reflejo deformado que se aceptó y asentó artísticamente o en guías de viaje como la 'Guide Joanne'. El de Gautier no fue el único: Varela Ortega, en 'España, un relato de grandeza y odio. Entre la realidad de la imagen y de los hechos' (Espasa, 2019), nos sitúa ante otros muchos. Decepción también hemos sentido nosotros al visitar esta exposición del Museo Carmen Thyssen en Málaga . Los textos de sala señalan que se analizarán «algunos enfoques que han convivido y alternado hasta nuestro presente», «desde el reforzamiento al enfrentamiento del tópico», mediante «el cuestionamiento, desde la ironía o la denuncia» de la identidad de lo español que se nutre o confunde con parte del imaginario andaluz. Sin embargo, esto queda en inicial promesa, alentada por 'Torera' (2009) de Pilar Albarracín, que abre el montaje en diálogo con estampas taurinas de Goya, David Roberts, Ismael Smith o Picasso. Pronto descubrimos que es un espejismo. El número de piezas que pueden contener una actitud desmitificadora de lo español es ciertamente anecdótico (no llega al diez por ciento de las más de setenta piezas expuestas). Tampoco se halla muy afinada la contemporaneidad –ese «nuestro presente»– de las propuestas: sólo la de Albarracín está realizada en el siglo XXI, mientras que apenas cinco son de los años noventa. La exposición acaba siendo un cúmulo de obras, realizadas en los siglos XIX y XX, que insisten y validan esos tópicos, esos reflejos que de nosotros arrojaron los espejos deformados ante los que nos situaron aquellos que buscaron un Oriente en la Europa más occidental; un Otro para una mirada etnocentrista y la manifestación de la violencia, lo atávico y el exotismo de nuestras costumbres. Reflejos que hicimos nuestros facilitando el proceso de identificación/consumo. Precisamente, este relato lo encontramos en la colección de esta institución. Sin esa pretendida vena crítica, '¡Olé!' no es más que una 'actualización' del propio museo, un dispositivo de replicación. Dicho esto, hemos de indicar que en el atiborrado y reiterativo montaje, se halla un buen número de obras extraordinarias de autores imprescindibles –incluidos extranjeros–, asistimos a algunos valiosos diálogos y se intuyen escenarios que podrían haberse potenciado (el miserabilismo, por ejemplo). Con todo, lo peor resulta que no incorpora a artistas andaluces recientes y actuales que han cuestionado y desmontado esa imagen (Albarracín no es suficiente). Ante la fotografía que Makos hizo a Almodóvar (1985) como torero con peineta, uno se pregunta por la falta de protagonismo de la que Colita hizo a Ocaña (1977), 'ensanchador' de lo andaluz y ariete contra su instrumentalización franquista. Igualmente dolorosas se sienten las ausencias, entre otras, de Parejo School, Agredano, Bollaín, Pedro G. Romero, Cañas, Alcaide o Aránega, voces, sensibilidades y actitudes que hubieran llevado '¡Olé!' a otra dimensión.