(ZENIT Noticias / Guadalajara, 23.10.2026).- En el centenario del DOMUND, celebrado el pasado 18 de octubre bajo el lema «Uno en Cristo, unidos en la misión», el testimonio de las Misioneras Clarisas que evangelizaron a sus captores en Sierra Leona, adquiere un significado especial. Su historia recuerda que la misión no consiste únicamente en llevar el Evangelio a tierras lejanas, sino en hacerlo vida incluso en las circunstancias más dolorosas, cuando la caridad se convierte en una respuesta a la violencia.Las protagonistas son las hermanas Josephine Kamara y María Soledad Salas, Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, que vivieron el ataque de los rebeldes a su casa y a su clínica en Sierra Leona durante la guerra civil de los años noventa. Su testimonio se ha difundido bajo el título «Las Misioneras Clarisas que evangelizaron a sus captores».La joven hermana Josephine las conoció desde niña, a estas misioneras, las Clarisas del Santísimo Sacramento que trabajaban en su comunidad, en una escuela y una clínica. Desde un principio la fundadora les dio la idea, a las hermanas, de trabajar con las niñas para mejorar la vida de sus familias. Las mujeres no iban a la escuela, siempre estaban en la casa. Los padres no las mandaban a estudiar. Y ellas se preocupaban por promover la vida.La hermana María Soledad siempre soñó con ser misionera y antes de ser superiora en Sierra Leona estuvo seis años en Irlanda, previamente a su llegada a África.En 1991 en Sierra Leona, apoyaba en la clínica para ver a los enfermos. En aquel tiempo era palpable la pobreza de esta comunidad. El país entero era muy pobre y a la clínica acudían más de 200 personas todos los días a consulta y solamente una hermana atendía. Esta clarisa tenía mucha experiencia: ella había estado en Indonesia y había estudiado para ser anestesista. Terminaron de construir una clínica grande, con laboratorio.Así narra la hermana María Soledad el evento más arriesgado que vivió en ese entonces:“Estaba recién inaugurada la nueva clínica en 1994, el 23 de diciembre, llegaron de sorpresa los rebeldes. Y no pensábamos que nos llegaran así de pronto, pero al oír el ruido la gente que estaba en la clínica, inmediatamente nos dijeron que eran los rebeldes y volaron (literalmente) cada quien a esconderse. Ya en un minuto no había nadie en la clínica y nosotras lo primero que hicimos fue cumplir la encomienda de nuestra superiora mayor, de que, en caso que pasara esto y que llegaran los rebeldes, una se iría a consumir a Nuestro Señor (las formas consagradas) y otra recogería los documentos de la clínica, la otra se encargaría del Radio y otra era la encargada de buscar la gasolina para la camioneta.La verdad nunca pensábamos en llegar a este momento y el día que llegó pues todas corrimos a hacer lo urgente: la que le tocaba consumir a Nuestro Señor, se fue corriendo a la capilla y todas comulgamos. Mientras nosotras nos preguntábamos a qué hora entrarían, nos fuimos corriendo. Ya que, como ellos se fueron al centro de la ciudad a robar, porque estaban quemando las casas, nos quedamos ahí en la casa esperando el momento de que llegaran.Para ese momento nos habíamos preparado a pagar a los maestros y a los enfermeros y ya no alcanzamos… yo pensé ojalá que dé tiempo, ¿qué vamos a hacer? Como no sabemos a dónde nos toque ir vamos a repartirnos el dinero y donde nos toque ir ya que cada quien tenga algo para moverse. Y así lo hicimos, ya después… pues Dios dirá.Pasó una hora y llegaron los rebeldes. Cuando uno se pasó a la entrada y cortó de un machetazo el candado y ellos gritaron: “abran el portón, salgan o si no las vamos a matar, vamos a disparar”. Entonces nadie queríamos ser la primera en salir.Ya por fin empezamos a salir, llevando una maletita con un cambio de ropa, con un tratamiento para malaria y una botella de agua y nuestros documentos, eran todo lo que teníamos ahí. Salimos cada una con nuestra maletita y a la que le tocaba el Radio, pues tenía mucho miedo de llevar la maleta que pesaba mucho. Entonces ella lo quería tirar desde un principio y yo le dije no, yo te la cambio en cuanto haya un momento, porque íbamos en valla y no podíamos hablar o hacer cosas raras y pues llegó el momento en que pude cambiarle la mía, hasta con mis documentos. Ella me dio el Radio y ya lo tuve hasta que ya nos llevaron a un lugar donde estaba mucha gente.Llegamos a una escuela, nos sentaron en los bancos y ahí ellos dijeron “ya llegaron las sisters, vamos a poner música”. En ese momento una de las hermanas dijo no, es mejor rezar un Ave María y se lo permitieron. El Ave María se convirtió en un Rosario. Ellos estaban un poco nerviosos y, sobre todo, el que hacía guardia. Para entonces uno nos pregunta quién tiene el Radio. Yo pensé mejor no digo nada. Yo la tenía y en ese momento una hermana dijo: “ sí, yo tengo uno aquí y de su bolsita “ y saca un Radio chiquito y ellos quisieron reír, porque lo que querían saber era sobre el radio de comunicación, por si nos comunicábamos.Todos los días en la mañana y en la tarde nos comunicábamos todas las misiones con todos los sacerdotes y religiosas, para saber si no había alguna cosa y pues bueno así fue que no nos lo quitaron y seguimos caminando. Nos llevaron y caminamos y caminamos muchas horas.Luego ya nos llevaron a cierto punto. Y empezaron ellos hablar. Yo me animé y dije: “Yo le quiero decir algo: ¿usted sabe el motivo porqué estamos aquí? Nosotros estamos para ayudar a su gente. Hemos dejando una familia, hemos dejado la patria, hemos dejado nuestra lengua , nuestras costumbres y todo solamente para venir a ayudarlos. Entonces no sé la razón de ustedes. Nosotros venimos sólo para ayudar”.Por ese entonces yo traía unas medallitas de nuestra fundadora y le dije a uno de ellos: (no sé por qué yo las traía en la mano): “mira cuando tú tengas un problema dile a ella… es santa, ella nos trajo aquí y ella nos va a proteger”. Entonces él cogió la medallita y hasta se la quiso poner. En eso cambió y nos dice: “Todo el mundo de pie, nos vamos!”. Ahora ya íbamos otra vez por dónde veníamos, ya de regreso!Como en la mañana ya todos los sacerdotes de la diócesis escucharon los disparos de las metralletas ellos dijeron: “Ya están los rebeldes con las hermanas!”. Para entonces ellos ya se comunicaron con la policía por Radio, en Freetown y dijeron: “están atacando a las hermanas, sería bueno que le dijeran al ejército”.Ya tarde, los rebeldes nos hicieron caminar y yo ya alcanzaba a ver la clínica, los cristales rotos y la barda. Y entonces empezó el tiroteo, ya que habían llegado los del ejército y empezaron a tirar campo abierto. Mucha gente murió allí, yo mi única preocupación eran mis hermanas yo vi que los jóvenes ya corrieron otra vez por donde nos habían llevado. En ese momento yo les dije: “Para acá viene otra hermana de las mayores, yo espero a la hermana y en ese momento a un chico que iba adelante de mí le tocó un balazo en la cabeza, Dios me libró, no sé por qué, pero me hubiera tocado a mí, yo venía detrás de él.Esta era la única forma para hacer que los rebeldes se fueran y ellos se escondieron en el bosque y nosotros, pues seguimos ahí. Las hermanas que habían estado con los voluntarios americanos y otras dos hermanas se tiraron enseguida al suelo para protegerse y después que paró todo ellas llegaron por otro camino. Nosotras llegamos y llegó el momento en que nos juntamos, en la clínica y ya de ahí nos llevaron posteriormente a otro lugar.El obispo siempre estuvo muy pendiente, una camioneta que se tenía preparada para que nos llevara a la siguiente ciudad que estaba un poco más tranquila nos llevó junto con las hermanas que nos encontraron por el camino. La superiora regional fue por nosotras y ya era el 24 de Diciembre, empezaron a llegar los pacientes: unos con machetazos y se les empezó a atender, pero nos dijeron los que nos cuidaban, los policías: “si vienen los rebeldes tienen que salir inmediatamente!”. Nos tuvimos que salir de ahí.Y también por el camino pasamos muchas experiencias, como los que se hacían pasar por el ejército, pero eran rebeldes, estuvimos a punto de que nos acribillaran por ahí donde habían quemado un camión y como venían hermanas de Nigeria los rebeldes estaban en contra, pues Nigeria apoyaba al ejército para auxiliarnos y por fin logramos irnos a la casa regional.Concluye la entrevista la hermana Josephine: “Yo estuve en el internado de Nunsar, siempre me llamó la atención la manera de ser de las Clarisas, el cuidado que nos tenían las hermanas, no podía entender por qué nos cuidaban tanto, siempre estando al pendiente y no nada más de los estudios sino que nos daban todo su tiempo, nos enseñaban cosas desde lo más mínimo, y yo me preguntaba por qué hacen las hermanas todas estas cosas. Yo no entendía por qué, es por amor a Dios. Además se trabajaba con mucha alegría y nos trataban con mucho cariño y respeto. Y nunca dije nada, hasta el final de mis estudios y les dije a las hermanas: “Yo quiero servir como ustedes. Con alegría, pues todo se hace con amor y sobre todo nos concentramos mucho en la educación de las niñas, porque hay un dicho muy famoso: Si educas a una niña educas a la nación”.En el centenario del DOMUND, la historia de estas misioneras recuerda que cien años de impulso misionero se traducen en miles de vidas entregadas al servicio del Evangelio. «Uno en Cristo, unidos en la misión» no es solamente un lema, sino una invitación a descubrir que la evangelización comienza cuando el amor de Cristo se hace visible en nuestras acciones, incluso ante quienes nos hacen daño. Porque la misión de la Iglesia no se mide únicamente por los lugares a los que llega, sino también por la fidelidad con la que hace presente el amor de Dios.Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace. 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