James Rainey, general del US Army y experto en tecnología militar, dice que «no vamos a volver a sacrificar vidas en el primer contacto, nunca más», y lo tiene muy claro

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La guerra de Ucrania había demostrado hasta qué punto los drones y los sensores podían transformar el campo de batalla. Para James Rainey, general del Ejército de Estados Unidos y responsable del Mando de Futuros del Ejército (Army Futures Command), aquella evolución exigía cambiar la manera de desplegar a los soldados y aprovechar las nuevas tecnologías.Durante una serie de conferencias pronunciadas entre el 30 de abril y el 2 de mayo de 2025 en el Reino Unido, Rainey planteó diez preguntas sobre el futuro de las fuerzas terrestres. Sus reflexiones quedaron recogidas en Military Review, una publicación profesional del Ejército estadounidense, en agosto de ese mismo año.Una de sus afirmaciones más contundentes resumió su visión: «No vamos a volver a sacrificar vidas en el primer contacto, nunca más». El general defendió que los sistemas no tripulados ya ofrecían posibilidades para evitar que los militares fueran los primeros en exponerse a minas, explosivos o posiciones enemigas.Robots para las misiones más peligrosasRainey sostuvo que los ejércitos debían aprovechar la robótica para realizar tareas de reconocimiento y afrontar los riesgos iniciales de una operación. En lugar de enviar vehículos tripulados o soldados a comprobar si una zona estaba minada, consideraba que debían utilizarse robots capaces de asumir esa función.El general también imaginó un futuro en el que, durante los combates urbanos, ninguna persona tuviera que entrar primero en un edificio potencialmente hostil. Los sistemas autónomos podrían inspeccionar el lugar y proporcionar información antes de que avanzara la infantería.Esta estrategia no implicaba que las máquinas fueran a reemplazar a los soldados. Rainey defendió que la clave consistía en optimizar la combinación entre personas y tecnología, asignando a cada una las tareas para las que resultara más adecuada.El militar también advirtió de que los campos de batalla estaban cada vez más expuestos a la vigilancia constante. Los drones, los sensores térmicos y los sistemas de detección dificultaban ocultar movimientos, por lo que los ejércitos necesitaban mejorar el camuflaje, el engaño y su capacidad para interrumpir las comunicaciones enemigas.La tecnología no eliminaría la necesidad de combatirPese a su apuesta por la automatización, Rainey rechazó la idea de que los avances tecnológicos hicieran innecesaria la infantería. A su juicio, ninguna innovación eliminaría la obligación de conquistar posiciones, destruir la resistencia enemiga y mantener el territorio ocupado.La tecnología podía facilitar esas operaciones y reducir la exposición de los militares, pero no sustituir completamente el criterio humano ni la presencia física de las tropas.Por ello, el general pidió a los ejércitos que aprendieran de los conflictos actuales sin asumir que las guerras futuras serían idénticas. Consideraba que la capacidad de reconocer errores y adaptarse más rápido que el adversario sería una ventaja decisiva.Su planteamiento reflejaba una transformación profunda de la doctrina militar estadounidense: utilizar robots para reducir los riesgos, aprovechar los datos para decidir con mayor rapidez y preservar las capacidades humanas esenciales. El objetivo no era eliminar a los soldados del campo de batalla, sino evitar que tuvieran que asumir riesgos que las máquinas ya podían afrontar.