Descartes ha perdido la cabeza

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Justo cuando la Francia republicana se tambalea, la sepultura de René Descartes se presenta ante nosotros como una metáfora perfecta del descalabro. El filósofo que hizo de la duda un método y de la razón un principio de conocimiento descansa en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés , en el distrito número seis de París , a escasos pasos de la editorial Gallimard y muy cerca de la plaza de Fürstenberg. En la capilla Saint-Benoît —Sambenito, para más INRI—, en el lateral derecho, cerca del presbiterio, una lápida de mármol negro lleva su nombre. Allí reposan sus huesos, pero no su cabeza. Invitado por la reina Cristina de Suecia para impartir clases de filosofía, Descartes llegó a Estocolmo en octubre de 1649. La monarca, interesada en sus ideas, había dispuesto que las lecciones comenzaran a las cinco de la mañana, tres veces por semana, en pleno invierno. Aunque el filósofo estaba acostumbrado a trabajar en la cama hasta bien entrada la mañana , tuvo que alterar sus hábitos. Tampoco parece que la relación entre ambos fuera especialmente fructífera. En enero de 1650, Descartes reconocía haberse reunido con la reina apenas cuatro o cinco veces. El 11 de febrero murió, oficialmente, de neumonía. Tenía 53 años. La versión tradicional atribuye su fallecimiento al rigor del invierno sueco, aunque siglos después el filósofo alemán Theodor Ebert sostuvo que pudo haber sido envenenado con arsénico. No existen pruebas concluyentes del asesinato. Hasta las circunstancias de su muerte quedaron sometidas a la duda. Fue enterrado en un cementerio destinado a los huérfanos, lejos de los grandes honores que recibiría después. Sus restos regresaron a Francia diecisiete años más tarde, en 1667, aunque no llegaron a la antigua iglesia abacial hasta 1819. Antes pasaron por otras sepulturas, sometidos a los cambios políticos y religiosos del país. Así anduvo René Descartes durante varios siglos: desguazado. El cráneo había desaparecido durante la exhumación de sus restos para trasladarlos a Francia. Un capitán de la guardia sueca se lo apropió y, durante más de siglo y medio, pasó de unas manos a otras. Algunos propietarios grabaron sus nombres sobre el hueso. En 1821, el químico Jöns Jacob Berzelius lo recuperó después de descubrir que había sido vendido en una subasta y lo entregó al naturalista Georges Cuvier. Fue así como la cabeza regresó a Francia y, con el tiempo, llegó a parar al Museo del Hombre , en el Trocadero. El padre del racionalismo moderno estaba dando tumbos por Europa como una reliquia religiosa. Un beato, a su pesar. En 1997, el escritor y artista plástico francés Philippe Comar publicó precisamente en Gallimard 'Mémoires de mon crâne. René Des-Cartes', una recreación literaria de aquella peripecia en la que el filósofo muerto recupera la palabra. Comar, interesado en la anatomía y la representación artística del cuerpo, había publicado cuatro años antes 'Les Images du corps'. En las memorias imaginarias de Descartes encontró una forma de explorar la identidad y la muerte. El libro dialoga con la tradición pictórica de las vanidades, aquellas naturalezas muertas en las que las calaveras recuerdan la fragilidad de la existencia. El hombre que había separado filosóficamente el pensamiento del cuerpo terminaba físicamente descabezado. Ni siquiera después de muerto conseguía reunir las dos partes de su anatomía y, por supuesto, de su eterno descanso. En 2010, tres diputados de izquierdas, Gérard Charasse, Annick Girardin y Apeleto Albert Likuvalu, propusieron trasladar el cráneo al Panteón para reparar una deuda histórica de la República con uno de sus padres intelectuales. Ya en 1793, en plena Revolución francesa, se había considerado esa posibilidad , pero el proyecto quedó en nada. Dos siglos después, los parlamentarios reclamaban una «reparación espléndida» para el filósofo cuyos huesos habían sufrido sucesivas profanaciones. La iniciativa tampoco prosperó. La autenticidad del cráneo sigue sin estar definitivamente acreditada. El Museo del Hombre ha señalado la necesidad de nuevos estudios para confirmar su identificación. A la cabeza del filósofo de la duda la cimbra la incertidumbre. Ni siquiera la República consiguió ponerla en su sitio.