El artista suizo Rémy Zaugg ya advirtió que exponer significaba también rescatar de la oscuridad, de la indiferencia, de la insignificancia; sacar a la luz, revelar, llamar la atención sobre aquello que había pasado desapercibido. Y en esa senda se ha embarcado el CAAC en Sevilla, en la estrategia de recuperar trayectorias de artistas que la historiografía ha soslayado conscientemente por no acomodarse a un discurso hegemónico. Encomiable, a la par que necesaria, labor de desvelamiento –casi de revelación– de realidades cercanas y quizá por ello más desconocidas. Si la temporada pasada se descubrió el trabajo de la granadina Pepa Caballero (1943-2012), ahora le toca el turno a la labor creativa de Chonín Navarro (Ascensión Navarro Bonilla), nacida en Gallur (Zaragoza) en 1922 y fallecida en Sevilla en 2019. La exposición se nutre de dos aportes fundamentales: la reciente donación realizada por la familia al CAAC y préstamos de particulares e instituciones públicas. Con ellos, el comisario, Javier Corro, ha conformado un recorrido cronológico que se despliega por la Capilla de Santa Ana o de Colón, la nave del templo, la sala de Profundis y la sacristía, recogiendo piezas desde 1970 hasta 1990, siendo 'Almazara' (1975), realizada con yute, sisal y cáñamo, con las técnicas del macramé y tejido en alto lizo, un excelente punto de partida con el que ejemplificar los horizontes expresivos, estéticos y connotativos del arte textil. Pero esta muestra también teje otras historias, entrelazadas en paralelo: la de una mujer activa, inquieta en un mundo difícil, que diseñó lencería, vestidos nupciales y regentó una tienda de ropa infantil, y la de una mujer creadora, de vocación temprana y acción tardía, volcada en la docencia y la promoción cultural. Su estancia en San Sebastián entre los años 1967 y 1979 fue fructífera y le ayudó a conocer corrientes internacionales como La Nouvelle Tapisserie, exponer sus primeras obras, impartir talleres de creación o impulsar el Club de Arte Catalina de Erauso, hasta que el clima político en el País Vasco se hizo irrespirable a causa de ETA y tuvo que trasladarse a la capital hispalense. Esa crisis personal y social que vivió en primera persona nos legó 'Ciudad atada' (1978), metáfora de la falta de libertad y del aislamiento colectivo. No resulta sencilla la exhibición de piezas realizadas con estas técnicas y materiales. El montaje de una de sus obras –'Sirena varada' (1986)– en la zona absidal de la iglesia monacal, con un evidente carácter escenográfico, no cae en una teatralidad vacua sino que la refuerza y proyecta, trasladando simbólicamente al espectador una inquietud social: la dificultad de ser mujer y artista en un contexto hostil. Otro acierto curatorial ha sido el de contextualizar su obra con la de artistas contemporáneos, algunos coetáneos, otros actuales. Desde la primera sala, donde las piezas de Navarro comparten espacio con las de María Teresa Codina, Josep Grau-Garriga y Aurèlia Muñoz , hasta la última, en la que obras de Soledad Sevilla y Ángeles Agrela demuestran el interés pictórico por la trama y la urdimbre, cerrando el discurso 'La Garganta' (1999), instalación textil de Paz Pérez Ramos, digna discípula de Chonín Navarro.