'Llámame Lorca', una exuberante sinfonía artística

Wait 5 sec.

La danza flamenca es probablemente, hoy en día, la punta de lanza de la danza contemporánea española. Artistas como Israel Galván, Rocío Molina, Olga Pericet, Andrés Marín o Ana Morales encabezan este movimiento tan arriesgado como transformador. En esa lista se puede añadir el nombre de Manuel Liñán (Granada, 1980), que a través de espectáculos como '¡Viva!' y, sobre todo, 'Muerta de amor' ha mostrado un desbordante imaginario donde el baile se convierte en un instrumento más dentro de una efervescente sinfonía artística en la que convive con la palabra, la música, la pintura... ' Llámame Lorca ' es un paso adelante en la trayectoria como creador de Liñán, una consecuencia lógica de su evolución, y es, al fin y a la postre, un espectáculo fascinante, una catarata de creatividad que inunda y desborda las pupilas y los oídos del espectador. Dice el coreógrafo y bailarín que la obra nace de la personificación del imaginario del poeta granadino: «Un universo que revive la simbología lorquiana y da cuerpo y alma a los símbolos, emociones y paisajes que habitan su obra». Manuel Liñán ha sabido fundir -y esa es una de las grandes virtudes de este trabajo- ese universo lorquiano con su propio universo : barroco, exuberante, desbordante, onírico, dionisíaco por momentos… Y libre, libérrimo. Hay, claro, espacio para las canciones populares que Lorca llevó al papel pautado -'Tres morillas', 'Los cuatro muleros', 'Café de Chinitas'...- y la falsilla flamenca tiene ritmos de soleá, alegrías, tangos o sevillanas, con el sabor añejo (que no antiguo) del magnífico baile de Raquel Heredia 'La Repompa' o el solemne recitado de Curro Albaicín , pero todo adquiere una dimensión distinta que remite al simbolismo y a la imaginería surreal de García Lorca, con el espíritu de 'El público' y 'Poeta en Nueva York'. No hay mejor definición para el espectáculo que la que hace el propio Liñán: «Viaje sensorial hacia el mundo interior de Lorca». Todo ello con una puesta en escena cegadora y sorprendente, donde se aplauden sin solución de continuidad la guitarra de José Fermín , la habilidad pictórica del, por otro lado, excelente bailarín José Maldonado (pinta en directo la luna lorquiana y el ojo del poeta); la justeza del cuerpo de baile y, sobre todo, el baile vibrante, magnético, desafiante y arrollador del propio Liñán.