Un profesor de Cambridge, Chris Marquis, ha escrito un artículo en The New York Times, titulado «I teach at a business school. It’s time to shut them down«, en el que dibuja un panorama absolutamente lleno de tópicos y de generalizaciones que parece más escrito para provocar que para plantear algún tipo de reflexión mínimamente seria. Su argumento no se limita a criticar a algunos profesores: cuestiona qué ideas y comportamientos tiende, según él, a legitimar la institución. En una entrevista posterior, Marquis dijo que el titular lo eligió un editor del periódico, y que él en realidad habló de «rediseñar las escuelas», no de cerrarlas.Marquis convierte en un supuesto enorme problema el hecho de que algunos casos empresariales privilegien a los ganadores, simplifiquen la realidad y dejen fuera fracasos, alternativas y voces disidentes. No sé si ha escrito muchos casos en su vida, pero yo, francamente, sí lo he hecho, y si bien para obtener la aprobación de la compañía tienes que dejarla quedar razonablemente bien, hay infinidad de formas de dirigir la discusión hacia lo realmente relevante, empezando por la misma teaching note que acompaña al caso. Convertir una tendencia institucional o una necesidad editorial en una descripción uniforme de lo que enseñan todos los profesores y aprenden todos los alumnos me parece, de nuevo, una barbaridad, y más cuando cada vez más profesores construimos nuestros casos con noticias que extraemos de los medios de comunicación más recientes, para así dotar de más relevancia a las discusiones en clase. En mis más de 35 años de experiencia en IE Business School he conocido profesores con trayectorias y posiciones muy distintas: algunos ultraliberales, sí, pero también socialistas, progresistas y de otras corrientes. Seguro que no todas las escuelas son iguales, e indudablemente, una escuela como IE Business School puede ser un caso relativamente excepcional: el Financial Times nos sitúa en el número uno en enseñanza ESG y net zero en 2024, 2025 y 2026, en diversidad sectorial de los alumnos pasamos del sexto puesto en 2024 al tercero en 2025 y 2026, y la ficha de 2026 registra un 84% de faculty internacional y un 97% de alumnos internacionales. Posiblemente pueda representar un entorno menos «uniforme» que otras escuelas, pero por mi experiencia en universidades como UCLA, Harvard y Oxford diría que no es una diferencia abismal: de ninguna manera me parece que se pueda describir la docencia en estos centros como una doctrina única o monolítica. El retrato que pinta Marquis puede tal vez ser una generalización sobre la experiencia que ha vivido él mismo en Cornell, Harvard y Cambridge, pero nada más.Precisamente es importante entender que las clases en una escuela de negocios no se parecen en nada a lo que la mayor parte de quienes no conocen ese entorno esperarían: no hay «apuntes», no hay demasiadas «lecciones magistrales», lo que predomina son las discusiones, con muchísima aportación bidireccional. En muchas ocasiones hay que luchar para conseguir que los alumnos dejen de hablar, justo lo contrario a lo que ocurre en la mayoría de los entornos académicos convencionales en los que predomina el monólogo. En ese contexto, en mis sesiones no se esquivan las tensiones entre beneficio, responsabilidad empresarial, desigualdad y límites ecológicos: todo lo contrario, se plantean precisamente para que los alumnos las discutan y formen criterio. Es completamente ridículo suponer que todos mis alumnos salen convertidos en Chicago boys.De hecho, a los profesores nos preguntan específicamente cada año cuántas sesiones de nuestro programa incluyen contenido relacionado con ESG o con sostenibilidad. En mi última evaluación, había contenidos sobre ESG en 14 de las 15 sesiones de mi programa, y de emergencia climática y soluciones potenciales en 6 de 15. Eso son debates, casos, decisiones o alternativas que tienen lugar de una u otra manera en prácticamente todas las sesiones, en un curso de innovación como el mío, pero en temáticas tan alejadas como operaciones o finanzas también lo he visto. El Financial Times incorpora una categoría de enseñanza sobre ESG en su ranking, y El País explica que el ranking la evalúa y plantea la diferencia entre presencia curricular y transformación realMis posturas, además, tienen una trayectoria pública con artículos que utilizo en clase. Si lees algunos de los artículos que he escrito a lo largo del tiempo y que forman parte de mis temarios, te costará mucho reconocer algún tipo de matiz de capitalismo ultraliberal como el que critica Marquis, y sí verás, en cambio, infinidad de ataques directos al capitalismo de vigilancia, a las big tech, a la irresponsabilidad climática, al greenwashing o a la competencia monopolística predatoria. Y viendo las fechas se entiende perfectamente que no es una postura que haya adoptado para responder haciendo cherry-picking, sino que llevo años sosteniéndola. Y como no podía ser de otra manera, porque no doy clase con una careta ni tengo doble personalidad, llevándola también al aula.Una escuela de negocios debe someterse a examen, precisamente porque sus decisiones importan. Pero para discutir qué debe cambiar, hay que distinguir entre incentivos institucionales, diversidad de docentes, prácticas de aula y resultados de los alumnos. La cuestión no es si las escuelas son perfectas: es qué enseñan, qué silencian y qué espacio dejan para cuestionar el modelo económico dominante. Y sobre todo, hay que tener mucho cuidado con las enmiendas a la totalidad: pueden servir para abrir una discusión, pero no sustituyen el análisis de los incentivos, de las aulas y de la muy necesaria diversidad de las escuelas.