Esa línea, grabada hace algo más de mil años, es la mención escrita más antigua que conocemos del arrabal. La lápida salió a la luz en el siglo XIX en el solar del antiguo convento de San Francisco, hoy Plaza Nueva, y se conserva en el Museo Arqueológico de Sevilla. Detrás de ella asoman el derrumbe del califato de Córdoba y el nacimiento de la Sevilla independiente. En febrero de 1009 un bisnieto de Abderramán III, Muhammad ibn Hisham, asaltó el alcázar de Córdoba, forzó la abdicación de Hisham II y arrasó Madinat al-Zahira, la ciudad palatina de Almanzor. Empezaba la fitna, la guerra civil que en poco más de veinte años desmontó el califato omeya. Bereberes, saqaliba —esclavos y libertos de origen europeo— y cordobeses se disputaron el trono: nueve califas pasaron por Córdoba, varios de ellos por partida doble. En 1016 irrumpió una dinastía nueva, la de los Banu Hammud, árabes de linaje idrisí asentados a ambas orillas del Estrecho. Alí ibn Hammud se proclamó califa y confió Sevilla a su hermano al-Qasim. Allí seguía este cuando Alí fue asesinado, en 1018, y las tropas bereberes lo alzaron al trono, con el título de al-Mamún, en lugar de Yahya, hijo del difunto. Así nació una guerra de familia. En agosto de 1021 Yahya entró en Córdoba como califa al-Mutali y su tío se replegó a Sevilla sin presentar batalla. Fuera de sus dominios directos, pocos reconocieron al nuevo califa: Sevilla, Algeciras y Tánger siguieron fieles a al-Qasim. Durante año y medio al-Andalus tuvo dos califas hammudíes, sobrino y tío, y Sevilla fue el bastión del segundo. En ese pulso se encuadra el combate de febrero de 1022. Las crónicas apenas recogen sus pormenores y su desenlace es incierto. Lo seguro es que Sevilla siguió en poder de al-Qasim y que desde ella recuperó Córdoba un año después. La lápida llegó mutilada: de su primera línea solo sobrevive el final de un nombre, ...al-Malik al-Amirí. Siguen las fórmulas habituales del epitafio andalusí —la unicidad de Dios, la misión del Profeta, la certeza del paraíso, de la Hora y de la resurrección— y después el dato: murió el fatà mayor Safi «el día del combate de Triana, al borde del río», cerca del arrabal, en obediencia al Príncipe de los Creyentes al-Mamún al-Qasim. Cayó un viernes, cuando quedaban doce noches del mes de du-l-qada del año 412 de la hégira, en febrero de 1022; se cuentan noches porque en el calendario islámico el día empieza al ponerse el sol. El texto concluye con una plegaria por el perdón de sus pecados y una nota sobre su rango: fue hombre de fe y de alta posición. Fatà quiere decir «joven», pero en la corte omeya designaba a servidores palatinos de origen esclavo, muchos saqaliba y no pocos eunucos, que llegaron a ocupar cargos de máxima confianza. Si el fragmento inicial pertenece a su filiación, Safi procedería de la casa de Almanzor, quizá como hombre de su hijo Abd al-Malik al-Muzaffar: un antiguo servidor amirí muerto por un califa hammudí, buen retrato de cómo la fitna reciclaba lealtades. Para Triana, la frase decisiva es otra. El epitafio nombra el lugar como Atrayana y lo presenta como un núcleo habitado junto al río. En 1022 la orilla de enfrente ya tenía nombre propio. La lápida salió a la luz en el siglo XIX en la actual Plaza Nueva, un espacio abierto a mediados de ese siglo. Durante casi seis siglos ocupó ese solar la Casa Grande de San Francisco, el principal convento franciscano de Sevilla, fundado tras la conquista castellana de 1248. Lindaba con las calles Tintores, Pajería y Catalanes —hoy Joaquín Guichot, Zaragoza y Carlos Cañal— y su entrada principal se abría por el arquillo de la plaza de San Francisco, junto a las casas capitulares. El siglo liberal acabó con él. En 1821, durante el Trienio, el Ayuntamiento propuso abrir allí una plaza; en 1835 el convento fue exclaustrado y desamortizado, y parte del edificio sirvió de cuartel a la Guardia Nacional. En 1840 la Junta Popular de Gobierno acordó su derribo, y en 1843 ya estaba demolido. Sobre el solar se trazó la nueva plaza: en 1849 el Ayuntamiento la rotuló en honor de la princesa María Isabel y en 1856 estaba concluida, aunque para los sevillanos fue siempre la Plaza Nueva. Del convento solo queda en pie la capilla de San Onofre. El museo registra la pieza como hallada allí. Que el epitafio de un oficial musulmán apareciera en el solar de un convento franciscano no tiene nada de excepcional: tras 1248 muchas lápidas de los cementerios islámicos se reaprovecharon como material de obra, y en el subsuelo de la Avenida se encontró durante las obras de peatonalización un cementerio islámico. Hoy la placa del Fatà Safí forma parte de los fondos del Museo Arqueológico de Sevilla. La guerra entre tío y sobrino se resolvió lejos de Triana. En febrero de 1023 Yahya abandonó Córdoba y al-Qasim volvió a ocuparla, pero meses después los cordobeses se sublevaron y lo expulsaron. Buscó entonces refugio en Sevilla y encontró las puertas cerradas. Los sevillanos, encabezados por el cadí Abu l-Qasim Muhammad ibn Abbad, no querían tropas bereberes dentro de la medina y habían expulsado ya al hijo del califa y a su guarnición. Al-Qasim huyó a Jerez, donde Yahya lo apresó, y acabó sus días cautivo en Málaga. Ibn Abbad pertenecía a un linaje árabe de raíz lajmí; su padre, Ismail, había sido cadí de Sevilla con Almanzor, y según Ibn Hayyan él mismo era dueño de un tercio de las tierras y rentas de la ciudad. De aquel cierre de puertas nació la taifa de Sevilla. En Córdoba, el 30 de noviembre de 1031, los notables expulsaron a Hisham III y acordaron no proclamar más califas: era el final de la dinastía omeya. Ibn Abbad, necesitado de una legitimidad que oponer a los hammudíes, presentó en 1035 a un esterero de Calatrava como si fuera Hisham II, desaparecido en 1013, y empezó a gobernar en su nombre. Ese mismo año Yahya murió ante Carmona frente a las tropas sevillanas. Abu l-Qasim gobernó hasta su muerte, en enero de 1042; con su hijo al-Mutadid y su nieto al-Mutamid, la Sevilla abadí sería, hasta la llegada de los almorávides en 1091, la taifa más poderosa de al-Andalus. Safi murió por un califa que un año después recuperaría Córdoba y, en cuestión de meses, la perdería junto con Sevilla. Su lápida, labrada para pedir misericordia por un oficial de alto rango, acabó cumpliendo una función que nadie le encargó: dejar escrito, por primera vez que sepamos, el nombre de Triana. Y la ciudad por la que combatió dejó de obedecer a califas para darse una dinastía propia. Con los abadíes empezaba la Sevilla de al-Mutamid, la de los poetas y los alcázares. Pero esa es otra historia que contaremos más adelante.