El profesor clónico

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Luis Enrique Velasco, de El País, me pidió opinión para un reportaje sobre las universidades que crean réplicas de sus profesores con inteligencia artificial. El punto de partida es HBS Foundry, el programa de 699 dólares que Harvard Business School ha construido con avatares de siete de sus docentes, o el caso de Imperial Business School, que lleva desde 2024 ofreciendo un gemelo digital de uno de sus profesores, David Shrier. El reportaje completo fue publicado en El País Negocios el pasado 19 de octubre, bajo el título «Llegó la hora de los avatares en las aulas: Harvard clona a sus docentes» (pdf). Llevo ya mucho tiempo trabajando diariamente con mi propio clon, un asistente personal desarrollado sobre OpenClaw en AWS con todos mis, hasta ayer, 15,328 artículos, 10,905 en español y 4,423 en inglés. Son más de 9.18 millones de palabras escritas con estas manitas e indexadas, que dan lugar a 36,160 vectores semánticos en una capa de memoria completamente buscable, consecuencia de más de veintitrés años consecutivos de publicación diaria entre 2003 y 2026. No lo uso para escribir: como ya he comentado en muchas ocasiones, sería una soberana estupidez hacerlo dado que escribo para aprender, y si no soy yo el que escribe, simplemente no aprendo. Pero sí lo uso, y mucho, para documentar, para citar mis artículos antiguos sobre un tema, o para corregir y criticar lo que ya he escrito, para plantearme si debo añadir algo más (que también escribo yo). También me viene muy bien a la hora de plantearme esquemas de cursos, de hacer bibliografías para ellos, y para muchas otras tareas más de mi día a día como profesor. Es simplemente la trayectoria intelectual más minuciosamente documentada de cualquier comentarista tecnológico en activo en el mundo: un registro consultable e indexado semánticamente de cómo una persona ha procesado todos los grandes hitos tecnológicos, desde la banda ancha en 2003 hasta la inteligencia artificial empresarial en 2026. Eso no es un archivo de un blog; es una fuente primaria. Utilizar eso para crear un clon de mí mismo que expone temas y responde preguntas a unos alumnos resulta razonablemente sencillo, y plantearse añadirle una interfaz en la que quien lo hace es un monigote en vídeo razonablemente parecido a mí también lo es.¿Lo he hecho? No. ¿Me apetece? No especialmente. La idea de «industrializar» lo que hago para poder llegar a más alumnos podría tal vez resultar interesante en términos de influencia o alcance, pero francamente, me gusta dar clase, y lo que más valoro en esas clases es precisamente esa interacción que estaríamos persiguiendo automatizar con un proyecto así. Cuando ya no pueda dar clase porque mi frescura intelectual, mi garganta o mis oídos no me lo permitan, o simplemente porque ya no esté aquí, a lo mejor es algo que se puede plantear, suponiendo que a alguien le interese lo más mínimo hacerlo, que no tengo ni idea. Después de todo, no sería el primer profesor que sigue dando clase después de muerto… ¿Qué opino sobre que algunas universidades empiecen a clonar a sus profesores con tecnologías de este tipo? Francamente, creo que no me encontraría especialmente cómodo haciéndolo, porque las respuestas que da uno de estos clones no tienen por qué coincidir con las que daría yo, por mucho corpus intelectual que tenga mío. Creo que un diálogo debe ser eso, un diálogo vivo, en el que no solo existe un intercambio de información, sino también una coyuntura en la que influyen el interlocutor, sus características, el contexto de la clase, el entorno… no me parece que la interacción en clase se pueda – o se deba – automatizar. ¿Podría probar a hacerlo? Posiblemente, yo soy de los que lo prueban todo, pero no creo que fuese algo que hiciese con mucha ilusión. ¿Me preocuparía verme sustituido por mi propio clon? En absoluto. Me parece que lo importante en estos temas es, precisamente, no industrializar, lo que destruye la propuesta de valor que quienes los hacen pretenden construir. En el momento en que un profesor deja de «vigilar» constantemente a su clon, o peor aún, deja de «alimentarlo» con sus reflexiones diarias, ese clon comienza una deriva que me parece negativa e incluso peligrosa. El Enrique de 2015 contestaría de manera completamente diferente a muchas preguntas a como lo haría el de 2026, y me parece lógico y saludable que sea así: las evoluciones personales son también un objeto de interés en sí mismo y proporcionan una gran perspectiva para aprender. El clon no solo puede equivocarse, también puede congelar una identidad que ha seguido cambiando. Por eso la idea de esas universidades, si bien puede resultar rentable, me parece fundamentalmente empobrecedora con respecto a lo que daría un intercambio real con los profesores reales, en lugar de con sus clones. Pero quién sabe, como ya he dicho, soy de probarlo todo. A continuación, las preguntas y respuestas que intercambié con Luis Enrique para su reportaje: ¿En qué áreas o tipos de enseñanza universitaria crees que el avatar de un profesor aporta algo que no dan un chatbot genérico o un vídeo grabado?El avatar aporta valor cuando no se limita a reproducir la imagen y la voz del profesor, sino que incorpora su manera de razonar, sus materiales y su criterio pedagógico. Puede ser útil para discutir casos, ensayar una defensa oral, recibir preguntas adaptadas al nivel del alumno o explorar un problema mediante sucesivas objeciones, todo ello con disponibilidad permanente y a gran escala. Frente al vídeo, permite interacción; frente al chatbot genérico, debería ofrecer contexto, método y una perspectiva reconocible. Pero si únicamente añade una cara conocida y una voz sintética a respuestas convencionales, no es innovación educativa: es escenografía tecnológica. Lo interesante, teniendo en cuenta que los profesores solemos generalmente ser grandes creadores de contenidos, es entrenarlos con ellos y, por tanto, dotarlos de una personalidad, un estilo, unos contenidos y una opinión reales. Ni Harvard ni el Imperial College tienen todavía datos que demuestren que con estos avatares se aprende más. ¿Qué tendría que demostrar un avatar docente para que su uso estuviera justificado?Tendría que demostrar aprendizaje, no simplemente uso, satisfacción o espectacularidad. Eso implica comparar sus resultados con vídeos, tutorías humanas y chatbots convencionales, midiendo comprensión, retención, capacidad de aplicar lo aprendido a problemas nuevos y corrección de errores conceptuales. También habría que comprobar si beneficia a todos los estudiantes o amplía posibles desigualdades, si genera dependencia y si el alumno sabe claramente cuándo está interactuando con una máquina. La justificación no exige necesariamente que enseñe más que el profesor: podría ofrecer resultados equivalentes a menor coste o atender a quien ahora no recibe ayuda. Pero sin evaluación independiente, solo tenemos una herramienta de marketing con apariencia de docente.Uno de los profesores clonados por Harvard reconoce que ya no revisa lo que dice su réplica. ¿Qué riesgos ves cuando el avatar de un profesor funciona sin supervisión, y quién debería responder por lo que diga? Un avatar sin supervisión puede inventar datos, perpetuar contenidos desactualizados, simplificar en exceso o atribuir al profesor opiniones que nunca ha defendido. El riesgo es especialmente grave porque su cara y su voz revisten cualquier respuesta de una autoridad prestada: el estudiante no percibe una alucinación algorítmica, sino una afirmación del profesor. La responsabilidad primaria debe recaer en la universidad que lo ofrece, sin perjuicio de la del proveedor tecnológico y del propio docente si ha cedido su identidad. Deben existir trazabilidad, versiones, auditorías y mecanismos de escalado humano. Prestar el nombre al avatar y después desentenderse de lo que dice resulta muy difícilmente defendible.