Y, ¿por dónde empezar...? Es complicado dar cuenta de una exposición en la que está absolutamente todo (70 artistas internacionales, 200 españoles, centenares de documentos, revistas, carteles, libros, cómics, fanzines, periódicos, discos y cassetes, fotos, imágenes televisivas y publicitarias, diseño, proyecciones, saturando a lo alto y a lo ancho un espacio de solo 500 m2), y en la que el hilo argumental se dinamita deliberadamente (no es que todo esté amontonado en desorden, es que se ha querido huir –dice Fontán– de cualquier discurso formalista o historicista). Para un filósofo aficionado eso sería precisamente nuestra época, la posmodernidad consumada y consumida: la desintegración, la atomización experimental de cualquier relato aun en la fase más temprana de su desarrollo. De hecho, los comisarios han renunciado a escribir textos para el catálogo (o sea, a la 'tesis') y este consistirá en 70 casos de estudio realizados por la cincuentena de especialistas que ha participado en este magno proyecto. Una exposición –exhaustiva, sorprendente, puede que canónica– sobre un periodo bien definido –el empuje de las ideas modernizadoras en el tardofranquismo, la irrupción de la Posmodernidad en los ochenta y la homologación en los noventa–, que incluye el presente –hay incluso una obra de 2026– puede resultar polémica: actualmente se cuestiona el carácter modélico de la Transición e incluir esas revisiones –y de paso, un retorno al arte político de los sesenta y setenta que desapareció en los ochenta y noventa–, es una buena manera de cerrar una exposición sobre la Transición. Pero hay un riesgo: hay también quien no critica la Transición –suelen ser los que la vivieron– y la narración del presente siempre es una apuesta política (e incluso comercial). El fabuloso laberinto documental –repleto de los más interesantes y selectos tesoros– de 'La transición estética' parte de una idea sencilla y atractiva, inspirada por la institución que la acoge (que fue uno de los actores principales): a través de qué exposiciones y textos penetraron en España, especialmente entre los sesenta y ochenta las corrientes internacionales –especialmente las artísticas, pero no solo– y qué consecuencias tuvieron esos eventos en el panorama cultural español. Un buen ejemplo es la foto de la inmensa cola para visitar la exposición de Picasso –proscrito y vilipendiado por el régimen y cierto público– en la Sala Gaspar de Barcelona en 1960: Picasso, como muchos otros, llega a España con cuarenta años de retraso, pero llega y así se inicia el período que aquí se estudia, que abarca desde las grandes exposiciones de la Juan March –cuya sede se inaugura en 1973 y que será la primera en traer a Kokoshka, por ejemplo– y algunas galerías pioneras, la creación de museos como el de arte abstracto de Cuenca en los sesenta y centros de arte como el Museo Reina Sofía , o de ARCO, en los ochenta, hasta la relativa inclusión de España en la escena global y los retos de un presente convulso. En definitiva, todos los actores culturales y, desde luego, contraculturales (alguna ausencia habrá, aunque a la vista de este abrumador despliegue, casi lo dudaría) de los últimos sesenta y seis años de la historia de España se encontrarían representados aquí y en los satélites de esta exposición expandida –una película-documental, una historia oral, un ciclo de cine, catálogo y publicaciones complementarias impresas y digitales…– y, además de los actores, estarían presentes los receptores (que es la esencia del proyecto curatorial: «En casi todas las historias del arte hay un gran ausente: el público», se nos dice a la entrada). Huelga por tanto decir que la muestra no es legible ni abarcable, pero es un trabajo ímprobo, ambicioso y riguroso –y yo diría que maravilloso– que perdurará. La han dividido en cinco epígrafes y esos escuetos textos de sala serán nuestro único guía en este territorio insólito: '1960-1969. Bajo la dictadura: «Spain is different»', que muestra cómo el Desarrollismo y el consiguiente surgimiento de las clases medias urbanas dieron origen a un incipiente mercado del arte mientras se imponían el Informalismo y un Pop crítico con la dictadura, abundantemente representado; '1970-1979. La Transición: políticas culturales y revoluciones cotidianas', donde se trata de representar el inolvidable estallido de tensiones subyacentes en todos los órdenes que se produjo a la muerte del dictador; '1980-1989. La llegada del 'Guernica', la creación del Reina y el triunfo de ARCO ', donde se atiende tanto a la presencia intolerable de ETA, de las drogas y del sida cuanto a la puesta en pie de una política cultural coherente y moderna, al desplazamiento de la escena vanguardista de Barcelona a Madrid y al triunfo de la figuración sobre las prácticas conceptuales. En '1990-1999. De los fastos del 92 al nuevo orden global' se muestra cómo España logró ocupar una posición en la escena internacional, se crearon infraestructuras esenciales como el Guggenheim, el Thyssen o el MACBA , la industria cultural se impuso sobre la cultura, el crítico fue sustituido por el curador, mientras la crisis económica y social se cronificaba; y '2000-2020. ¿Formamos parte de los mundos posibles?', que atiende a episodios como el crack de 2008, la pandemia, el 15-M, el referéndum catalán y se repasa brevemente la escena actual, caracterizada por el compromiso social y político.