Radical Numerics, una empresa que salió del anonimato en junio de 2026 con 50 millones de dólares de ronda semilla, afirma haber administrado a un paciente con una infección bacteriana multirresistente un cóctel de bacteriófagos —virus que infectan bacterias, no células humanas— cuyas variantes generó su propio modelo de IA. Lo publicó el 20 de octubre en un informe técnico en su blog, y la historia la contó The New York Times el mismo día.Lo que no ha publicado es casi todo lo demás: no hay revisión por pares, no hay resultado clínico, no hay fecha de la autorización y la FDA no ha confirmado nada.¿Con qué permiso se hizo esto?Con una vía de uso compasivo, no un ensayo clínico. La empresa lo describe como una «vía de uso compasivo autorizada y dirigida por un médico», sujeta a «la supervisión y los requisitos de seguridad establecidos por las autoridades reguladoras pertinentes», sin nombrar ninguna. Un portavoz concretó después, al Daily Caller, que se trata del acceso expandido para un solo paciente de la FDA, a petición de un médico.Conviene insistir en lo que eso no es: no hay ensayo registrado, no hay número de expediente en ningún registro público, no hay fase 1 y no consta ningún comité de ética. Varios titulares en inglés han hablado de «trial». No lo hay.Y hay dos cosas que no cuadran. La primera: la empresa invoca la vía de la FDA, estadounidense, pero la infectóloga que The New York Times presenta como colaboradora, Marisa Azad, trabaja en el Ottawa Hospital, en Canadá, donde la vía equivalente sería otra. Ninguna fuente dice dónde se trató al paciente. La segunda: la empresa se niega a decir cuándo se autorizó. «No estamos compartiendo la fecha concreta de autorización en este momento», respondió su portavoz. Preguntada por la prensa, la FDA no hizo declaraciones.¿Qué hizo exactamente la IA?Menos de lo que sugiere el titular, y la propia empresa lo aclara: su modelo no diseñó un genoma viral desde cero. Partió de un bacteriófago ya conocido y bien caracterizado, y generó variantes modificando regiones seleccionadas de su genoma «involved in particular biological functions». El modelo también priorizó candidatos prediciendo qué fagos funcionarían contra qué bacterias.Antes de administrarlo, ese cóctel eliminó en laboratorio el aislado bacteriano resistente del paciente.La empresa es clara en que los fagos administrados son suyos: habla de «designs generated by Omnii-1» y de un cóctel «containing Omnii-1-designed phage variants». Lo que no publica es nada que permita a un tercero juzgar cuánto se apartan realmente esos virus del original: ni el número de variantes del cóctel, ni las secuencias, ni comparación alguna. Es justo la reserva que plantea el único especialista independiente que ha opinado.¿Funcionó?No se sabe, y ese es el punto. La empresa no publica el desenlace clínico y alega privacidad del paciente. No hay datos de eficacia, no hay datos de seguridad de este caso más allá de una afirmación genérica —que los fagos no infectan células humanas y que la terapia se considera «en general segura»— y no hay tiempo de seguimiento declarado.Un dato de contexto que el Times aporta y que coloca todo en su sitio: en terapia con fagos, el tratamiento dura días o semanas y los pacientes se siguen meses por posibles rebrotes. Es decir, al anunciarlo puede ni haber terminado.La frase más honesta del informe es de la propia empresa: «las observaciones de un solo paciente no pueden establecer la seguridad o la eficacia generales». Suscribo cada palabra, y es exactamente por eso que anunciarlo así resulta llamativo.El escepticismo lo pone Michael Baym, microbiólogo de Harvard ajeno al trabajo, con una frase que resume el estado del asunto: «Si funciona, es increíble». Y a continuación: «Mi impulso es ser escéptico». Prefiere esperar a que acabe el tratamiento y a poder examinar hasta qué punto esos virus son realmente nuevos. El consejero delegado, Eric Nguyen, dice que publicarán «los hallazgos científicos mediante investigación revisada por pares».¿Y el problema de bioseguridad?Existe, es anterior a este caso y lo plantean los propios investigadores del campo. En agosto, un equipo de Stanford, el Arc Institute y el Broad Institute publicó en Science el diseño de genomas completos de fago con modelos de lenguaje genómico, usando ΦX174 como modelo: de 285 genomas sintetizados y ensamblados, dieciséis resultaron viables, y algunas combinaciones vencieron a cepas de E. coli resistentes. Los autores advirtieron en el mismo trabajo de que esto «raises important biosafety, biocontainment, and biosecurity considerations», y su discusión de salvaguardas gira en torno a excluir secuencias de los datos de entrenamiento.En la misma revista, Thomas Inglesby y Moritz Hanke, de Johns Hopkins, escribieron que el diseño generativo de genomas plantea «cuestiones urgentes de bioseguridad y bioprotección» y que la gobernanza para encauzarlo no existe. Son ellos, y no los autores del paper, quienes sostienen que usar esos datos de entrenamiento para generar genomas de patógenos que infectan eucariotas no debería perseguirse. El infectólogo Isaac Bogoch, del Toronto General Hospital, fue más directo en público: en las manos equivocadas, esto «podría tener consecuencias catastróficas».Hay contrapunto, y lo da el propio paper: las exclusiones en los datos «successfully prevent the pretrained Evo 2 models from designing eukaryotic viruses». Pero esa es hoy la única salvaguarda documentada, y es una decisión de cada laboratorio, no una norma. La gobernanza que piden los de Johns Hopkins no existe.Mi lectura es que el problema de este anuncio no es científico, es de forma, y la forma importa mucho cuando hay un paciente de por medio. Una empresa que se presentó al mundo hace cuatro meses publica en su propio blog que ha hecho historia clínica, retiene el resultado, retiene la fecha, no identifica la jurisdicción y no aclara si su modelo generó o solo eligió los virus que se administraron. Eso no es comunicación científica: es un comunicado de producto con un paciente dentro.Y hay un detalle que me parece el más incómodo de todos. La misma empresa vende su modelo también como herramienta de biodefensa y presume de detectar patógenos generados o manipulados por IA. Es juez y parte: fabrica la capacidad y vende la alarma. Que además justifique el silencio apelando a la vez a la privacidad del paciente y al carácter propietario de un tratamiento que quiere monetizar es una combinación que conviene no normalizar.Nada de esto significa que el trabajo sea falso ni que la fagoterapia asistida por IA no sea una vía prometedora: la resistencia a antibióticos es un problema real y encontrar fagos a mano es lentísimo, como recuerda la infectóloga que colabora con la empresa. Significa que, hasta que haya un paper, un desenlace y una autorización verificable, lo único demostrado es que alguien lo ha anunciado. Es el mismo criterio que aplicamos cuando un riñón de cerdo recuperó función tras un año congelado sin que nadie demostrara que pudiera mantener vivo a un animal, o cuando un implante retinal devolvió a un paciente la capacidad de leer una palabra: un caso es una noticia, no una prueba. La diferencia es que en aquellos había datos publicados que mirar, y en el conjunto de la IA aplicada al diagnóstico y al tratamiento esa distinción va a decidir qué merece crédito.La noticia Una startup dice haber tratado a un paciente con un virus diseñado con ayuda de IA, y eso es casi lo único que ha contado fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.