¿Practica deporte o sólo lo sigue como telespectadora? Lo practico, sí. Siempre. Vengo de una familia de padres muy deportistas, me han educado jugando al tenis y odio el tenis. Me gustaba verlo, pero no jugarlo y se empeñaban en que jugase el tenis. Pero sí, mi cuerpo está acostumbrado a moverse. En el momento en el que no me muevo, me convierto en alguien que se queda paralizado y bloqueado. ¿Cómo logró escapar de ese yugo? Me iba rebelando y busqué, primero, el baloncesto, después el patinaje y la danza. Y la cesta punta, esa modalidad de la pelota vasca que la tiene fascinada. Me cuesta ver de dónde le nace esa afición. Eso nace a partir de una sorpresa que me dieron unos amigos, que me llevaron a ver una competición de pelota vasca . Nunca había visto. Y entonces, claro, me emocionó muchísimo porque me pareció de lo más complicado. La cesta punta, consiste en coger la pelota con una cesta e impulsarla. ¡No imaginas la fuerza que se requiere! Es un deporte ancestral y muy divertido. ¿Y no le gusta algo así como el fútbol? Bueno, soy un poco madridista, pero muy moderada. Por mi hijo, que sí es muy futbolero y, de pequeño, jugó en la Fundación del Real Madrid. La recuerdo en un capítulo de la serie 'La que se avecina', haciendo de futbolista. No parecía disgustarle. Aquello fue divertidísimo, pero muy duro. ¡Madre mía! Lo cierto es que cuando tú te pones a jugar a cualquier cosa, aunque no la domines, siempre es divertido. Sobre todo, si se trata de trabajo en equipo. Fue gracioso. Pero claro, a nivel futbolístico, un desastre. ¿Es usted de las que se molesta porque se invierta más en deporte que en otras áreas culturales? Me da mucha pena. Porque creo que la pasión que levanta un partido de fútbol, y hablamos de fútbol porque es el deporte rey, está bastante cerca de lo que provoca una obra de teatro o un concierto de música en directo. El fútbol llega a más gente, Eva. A otras expresiones culturales, les cuesta. No creas. Lo que pasa es que, en el fútbol, la emoción colectiva se expresa de una manera mucho más abierta. Es como en 'Un dios salvaje', la obra que estoy representando. Y eso hace que la gente se convierta en masa y entonces todo está permitido y se rompen más reglas sociales. Y puede llegar a ser peligroso, como ya sabemos. Mientras que en un recinto como es un teatro, en principio, o en un concierto, la gente está un poco más contenida. En todo. Usted me habla de emociones. Yo, de negocio. No sé si decirle cuánto se ha pagado por una entrada del Barça-Madrid. No sabemos vendernos como los deportistas. Y debería cambiar. Esto es un germen que se va creando y también es verdad que los poderes, de alguna manera, podrían favorecer. Pero la cultura es información y es pensamiento crítico y, muchas veces, interesa mucho más que seamos ganado. Mucho tiene que crecer el germen para igualar al fútbol. ¿Quién puede pagar más de 400 euros por una entrada? La clase media trabajadora no creo que pueda pagar por cada derbi, clásico o por cada partido espectacular, que son continuos y constantes, ese dinero. Me da mucha pena que las economías familiares se comprometan en función de que determinados miembros de la familia paguen una entrada, a costa del resto de la economía familiar. ¿Alguna vez ha admirado a algún deportista? Sí, y mucho, además. Admiro muchísimo a los equipos femeninos, de diversas modalidades, que están empezando a ganar y otros que llevan ya años haciéndolo. Admiro a las mujeres que están empezando a ser conscientes de la valía y el poder que tienen en sus respectivas disciplinas. Como por ejemplo… María Pérez, por ejemplo. Gente que, de repente, destaca desde el trabajo y la discreción, pero que se convierten en lo más grande y adquiere la condición de estrella, como lo son las estrellas masculinas. Eso es muy necesario. Usted sí que sabe: ha elegido admirar a la mejor atleta española de todos los tiempos. Pero hay más. Hay mujeres que me han marcado mucho, con respecto a lo que es un deportista. Yo recuerdo en la época en la que veíamos mucho tenis en casa. Se enfrentaban siempre Martina Navratilova y Chris Evert. Aquello era legendario. A algún hombre habrá admirado, también. Claro, claro. Recuerdo aquellos enfrentamientos entre Ivan Lendl y John McEnroe. En casa, cada cual iba con uno. Yo, con Lendl. ¿Por algo en especial? Porque McEnroe tiraba la raqueta, se cabreaba y perdía las formas, mientras que Ivan Lendl era un señor en la pista y mantenía siempre el espíritu deportivo, por encima de todo. Y para mí se quedó como el icono de cómo ser un gran deportista. Tiene un minuto para convencer a un equipo de fútbol de la élite que tiene que ir a ver la obra que usted interpreta. El tiempo empieza ya. Lo primero que les diría es que van a poder vivir y ver otra manera de competir. La obra que interpreto ahora no deja de ser una batalla entre bandos, por tener la razón. No se trata de meter un gol físicamente, sino un gol mental. Es como si fuera un partido de dobles, pero con las relaciones humanas. Y van a encontrar mucho sentido del humor. ¿Le ilusionaría ver a alguien en especial en ese patio de butacas? Me encantaría tener aquí a todos los futbolistas del Real Madrid, hombres y mujeres. Es usted más merengona de lo que confiesa. Pensé que iba a señalar a la selección. Pues a mí me apasiona la selección, aunque sólo la suelo ver en las finales. A ver, puedo ver otros partidos, con amigos o mi hijo. Pero es que las finales me conectan con algo muy potente. Y lo vivo con una pasión y una intensidad increíbles.