La Sevilla de las mil maravillas

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Se dejó ver Antonio Rey en la penumbra del Espacio Turina. Camisa blanca, corbata y pantalones negros. Pelo engominado hacia atrás. Tras saludar al público, y hacerse un silencio de espectros, el madrileño comenzó a acariciar las cuerdas de la madera, haciendo galopar los dedos en los trastes. Su cara negaba las afirmaciones de su instrumento en una melódica porfía. La introducción terminó con un vértigo de falsetas que atropelló a los presentes, generando un ole al unísono de los que no se ensayan. El hombre que venía a presentarle la ofrenda de su Grammy a Sevilla se soplaba las manos como si tuviera frío mientras la gente se rompía en un aplauso. La soledad del escenario la llenó su... Ver Más