Quince minutos antes de las seis, preguntaba una chica en las taquillas si quedaban tres entradas juntas. «Tres no…», contestaba la taquillera, que a última hora encontró unas bastante cercanas entre sí en el sol. «Después del tercero, ya no da», les decía. Y las compraron. Debieron ser las últimas en venderse, porque no cabía un alfiler en la plaza, llena hasta la bandera, y más. Ya estaba el primer toro en el ruedo, y aún seguía entrando gente. Y otros tantos que se perdieron al abreplaza. Aunque tampoco dejaron de ver una gran cosa. Muy flojito fue ese Enemigo, que se caía con mirarlo. Optó Talavante por abreviar, acertadamente porque no se podía hacer nada. Con lo que no... Ver Más