EEUU y la herencia del 11-S

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Veinticinco años después, los atentados del 11 de septiembre del 2001 vuelven a unir y a dividir a EEUU: unen en el recuerdo de las casi 3.000 víctimas, pero dividen cuando se trata de decidir qué significa hoy aquel día y qué lecciones debe extraer el país. Las polémicas que han acompañado este 25º aniversario, sobre cómo conmemorarlo, cómo interpretar las guerras y las políticas que siguieron a los atentados o quién puede apropiarse políticamente de su legado, dicen mucho de los EEUU actuales. Porque quizá el mayor contraste entre el 11 de septiembre de 2001 y el de 2026 no esté en la amenaza terrorista, sino en la propia sociedad estadounidense. Los atentados provocaron una extraordinaria, aunque temporal, ola de unidad nacional, confianza en las instituciones y propósito común. Un cuarto de siglo después, la memoria de las víctimas continúa siendo un poderoso elemento de cohesión, pero el significado político del 11-S se ha convertido también en un reflejo de la polarización del país.Es difícil imaginar hoy los EEUU de septiembre de 2001. George W. Bush había llegado a la Casa Blanca tras unas elecciones controvertidas, había perdido el voto popular y el resultado se había decidido después de un traumático recuento en Florida. Después de los atentados alcanzó un 91% de aprobación. El país cerró filas alrededor de su presidente y de sus instituciones y aceptó otorgar al Estado poderes extraordinarios para protegerlo. Hoy, sólo alrededor del 17% de los estadounidenses confía en que el gobierno federal haga lo correcto siempre o la mayor parte del tiempo. Si ocurriera ahora una gran crisis de seguridad, probablemente una parte del país no empezaría preguntándose únicamente quién ha atacado a EEUU, sino si puede confiar en lo que su propio gobierno le está contando.Un cuarto de siglo después, la memoria de las víctimas continúa siendo un poderoso elemento de cohesión, pero el significado político del 11-S se ha convertido también en un reflejo de la polarización del país.El 11-S cambió radicalmente la percepción de la seguridad porque acabó con la sensación de invulnerabilidad estadounidense. Si era posible atacar simultáneamente el centro económico, militar y político de la principal potencia mundial, prácticamente ningún lugar podía considerarse completamente seguro. Pero hizo algo más. Difuminó la frontera entre seguridad exterior e interior. La guerra podía librarse en Afganistán, pero la seguridad se jugaba también en un aeropuerto, una estación, una universidad, una frontera, una cuenta bancaria o una comunicación electrónica. La amenaza exterior había entrado definitivamente en la vida cotidiana de los estadounidenses.Buena parte de aquella arquitectura sigue entre nosotros. El departamento de Homeland Security, la transformación de los servicios de inteligencia, la cooperación antiterrorista internacional, el control de las fronteras y de los flujos financieros, la vigilancia y la recopilación masiva de información son herencias directas de aquel momento. También lo es la tensión entre seguridad y privacidad que quedó simbolizada en la Patriot Act, la ley que amplió de forma drástica los poderes de vigilancia del gobierno de EEUU. El terrorismo ocupa hoy mucho menos espacio en la conversación política estadounidense que hace 20 años, pero EEUU sigue viviendo dentro de una arquitectura de seguridad construida en buena medida como consecuencia del 11-S.Lo que ha cambiado es el propio terrorismo. El paradigma de 2001 era al-Qaeda, una organización transnacional, jerarquizada, con santuarios territoriales y capacidad para preparar durante meses o años una operación extraordinariamente compleja desde el exterior. Al-Qaeda y Estado Islámico siguen teniendo voluntad de atacar intereses estadounidenses, pero su capacidad para organizar otro 11-S es considerablemente menor. La evaluación de amenazas de la inteligencia estadounidense para 2026 considera que el escenario más probable dentro del país es ahora el de los lone offenders, individuos que ya se encuentran en EEUU, se radicalizan muchas veces online y pueden movilizarse inspirados por propaganda terrorista o por acontecimientos internacionales. Por lo tanto, el terrorismo tiene hoy mucha menos capacidad para reproducir una operación como el 11-S, pero la amenaza es también más atomizada, más digital y, en algunos sentidos, más difícil de detectar. Un individuo puede radicalizarse en su casa y actuar con muy poca infraestructura. Y conflictos como Gaza, Irán o Siria pueden convertirse casi inmediatamente en catalizadores de radicalización a miles de kilómetros de distancia.Pero la diferencia fundamental con 2001 es que el terrorismo ya no organiza por sí solo la idea estadounidense de amenaza. Durante casi dos décadas absorbió una cantidad extraordinaria de atención política, recursos militares e inteligencia. Incluso cabe preguntarse por su coste de oportunidad estratégico. Mientras EEUU combatía el terrorismo y libraba las guerras de Afganistán e Irak, China crecía como competidor sistémico y Rusia recuperaba capacidad y ambición geopolítica. Hoy el terrorismo comparte espacio con China, Rusia, Irán y Corea del Norte, los ciberataques, la desinformación, la seguridad tecnológica, las infraestructuras críticas, las cadenas de suministro y la seguridad de las fronteras. EEUU ha pasado de una amenaza dominante a un paisaje de amenazas múltiples y simultáneas.Otra de las grandes herencias del 11-S fue precisamente la securitización de las fronteras y de la inmigración. La creación del Homeland Security incorporó la inmigración dentro de una estructura concebida alrededor de la seguridad nacional. La inmigración dejó de ser únicamente una cuestión económica, laboral o demográfica y pasó a interpretarse también a través de la seguridad. El 11-S no explica el actual debate migratorio estadounidense, pero sí contribuyó a crear el marco institucional y mental en el que posteriormente pudieron crecer discursos mucho más nativistas y populistas.También dejó una huella mucho más compleja en la relación entre EEUU y el islam. Y aquí conviene recordar algo que a veces se pierde en la memoria de aquellos años. Bush hizo desde el primer momento un esfuerzo deliberado por impedir que la respuesta al 11-S se convirtiera en una demonización de los musulmanes. Seis días después de los atentados visitó el Islamic Center of Washington, declaró que “Islam is peace”, defendió a los musulmanes estadounidenses y condenó los ataques contra ellos. No era sólo una cuestión moral o de identidad estadounidense. La libertad religiosa forma parte de los principios fundacionales del país y, para Bush, proteger el derecho de los musulmanes estadounidenses a practicar libremente su religión significaba defender precisamente uno de los valores que los terroristas habían atacado. Pero también había una lógica estratégica evidente. Si Washington permitía que la Guerra contra el Terror se presentara como una guerra contra el islam, alimentaría el antiamericanismo, complicaría la cooperación con gobiernos de países musulmanes y, sobre todo, regalaría a al-Qaeda precisamente la narrativa que necesitaba.La paradoja es que la intención de Bush y algunos de los efectos de la respuesta estadounidense terminaron caminando en direcciones diferentes. Aunque la Casa Blanca insistió en separar islam y terrorismo, algunas de las políticas adoptadas después del 11-S contribuyeron a difuminar esa distinción, especialmente en la percepción de amplios sectores del mundo musulmán. Afganistán, y sobre todo Irak, Guantánamo, Abu Ghraib y los métodos de interrogatorio alimentaron la percepción de que la respuesta estadounidense iba mucho más allá de la lucha contra al-Qaeda y reforzaron la narrativa de quienes presentaban la Guerra contra el Terror como una confrontación más amplia entre EEUU y el islam. Irak fue probablemente el gran punto de inflexión. A partir de entonces comenzó a romperse no sólo la extraordinaria unidad interna del 11-S, sino también buena parte de la solidaridad internacional de la que EEUU había disfrutado después de los atentados.Y eso ayuda también a entender lo que vino después. Obama llegó en buena medida como el anti-Bush, prometiendo terminar con Irak, cerrar Guantánamo y abandonar la idea de una Guerra Global contra el Terror. Trump fue mucho más lejos y convirtió el rechazo a las guerras interminables y acabar con el establishment estadounidense de política exterior en uno de los elementos centrales de su America First. Biden acabó ejecutando la retirada de Afganistán que Trump había negociado con los talibán. Presidentes muy distintos terminaron respondiendo, cada uno a su manera, a una misma transformación de la sociedad estadounidense, cada vez menos dispuesta a asumir grandes costes humanos y económicos para sostener intervenciones prolongadas en el exterior.Por eso el recuerdo del 11-S es hoy también generacional. Para quienes lo vivieron sigue siendo una experiencia extraordinariamente personal. El 93% de los estadounidenses que tenían al menos 10 años en 2001 todavía recuerda dónde estaba cuando ocurrieron los atentados. Pero para una parte creciente del país el 11-S ya no es memoria, sino historia. Aproximadamente uno de cada 10 adultos estadounidenses nació después de los ataques y la mayoría de los más jóvenes conoció el 11-S por primera vez en el colegio. Inevitablemente, para ellos Afganistán, Irak y la Patriot Act no son la respuesta a una experiencia vivida, sino acontecimientos históricos que pueden juzgarse con mucha mayor distancia. Quizá por eso el 25º aniversario dice tanto sobre los EEUU actuales como sobre los de 2001. El país está institucionalmente mucho mejor preparado para impedir otro 11-S. Sus servicios de inteligencia comparten más información, sus fronteras y aeropuertos están más controlados, y su capacidad para seguir movimientos financieros y comunicaciones es incomparablemente mayor. Pero social y políticamente EEUU podría estar peor preparado para reaccionar unido ante otro gran ataque. En 2001 hubo cohesión y confianza en el Estado. En 2026 una crisis semejante irrumpiría en una sociedad polarizada, con una confianza institucional extraordinariamente baja, ecosistemas informativos separados y una enorme capacidad para que teorías conspirativas, desinformación y versiones contradictorias de los hechos circulen prácticamente desde el primer minuto. Y, quizá por eso, 25 años después, los estadounidenses siguen estando de acuerdo sobre a quién lloran, pero cada vez menos sobre qué significa el 11-S y qué lecciones debe extraer el país de aquel día.Autor: Carlota García EncinaLa entrada EEUU y la herencia del 11-S se publicó primero en Real Instituto Elcano.