José María Muscari lleva 30 años como director y acaba de estrenar su obra número 70. Está acostumbrado a convertir historias en teatro, a encontrar personajes, conflictos y palabras para contar una vida sobre un escenario. Pero Lucio y yo nació de un lugar distinto. Esta vez, la historia no llegó desde una idea teatral: era la suya. La de un hombre que a los 47 años se convirtió en padre de un adolescente de 15 que llevaba años esperando una familia.Durante el primer año de convivencia, Muscari tomó una decisión poco habitual para alguien que hizo de la creación y el trabajo una forma de vida. Bajó el ritmo, no estrenó ninguna obra nueva y puso su energía en construir el vínculo con Lucio. En ese tiempo empezó a escribir una bitácora privada sobre lo que les ocurría. Fue su hijo quien encontró allí una obra posible. “Viejo, vos hacés de todo una obra de teatro. ¿Por qué no hacés una obra de nosotros?”, le propuso.La obra funciona también como punto de partida de esta edición de Conversaciones. Muscari habla de adopción y adolescencia, pero sobre todo de paternidad y del derecho de un adolescente a crecer en una familia. De la decisión de estar, de escuchar incluso cuando un hijo parece no necesitarlo, de construir confianza sin confundirse con un amigo y de aceptar que amar a alguien no implica poder reparar todo lo que ocurrió antes de su llegada.—Quiero empezar preguntándote sobre la obra que acabás de estrenar, Lucio y yo. Es la historia tuya y de tu hijo, que llegó a vos por medio de la adopción. Tenía 15 años y hoy es un joven de 18. Vos contaste que estabas en Berlín cuando viste ese video que se volvió viral, donde Lucio hablaba a cámara y contaba su deseo de tener una familia. Hacía muchos años que vivía en hogares y, cuando lo viste, pensaste: “Es mi hijo”. ¿Qué viste en ese adolescente que te hizo sentir algo tan contundente y definitivo sin todavía conocerlo? —Es un poco extraña la respuesta porque siento que fue algo mágico, cósmico, a pesar de que soy súper pragmático y terrenal. No soy una persona que ande sintiendo cosas, pero ese video fue muy particular. En realidad, no creo que haya sido el video. Fue él, su existencia. Por algo sucedió todo lo que vino después, cómo se desarrolló nuestro vínculo y este presente de felicidad total, con una familia súper construida. Siento que a mi hijo ya lo conocía de toda la vida y, aunque no me gusta hablar por él, creo que eso es muy correspondido. Antes de venir para acá tuve una conversación espectacular con él. Ahora está en Corrientes, fue a visitar a su novia y me llamó a la mañana para contarme cómo estaba, qué comía, qué actividades hacía. Hay una empatía, un encuentro, algo medio cósmico que es inexplicable y cuya semilla, creo, apareció cuando lo vi en ese video. El video era muy claro, contundente, emocional, sincero y verdadero, como es Lucio en su vida. Creo que eso me llegó. También creo que, de alguna manera, yo me venía preparando inconscientemente para ser padre desde hacía mucho tiempo. Era una voluntad y un deseo que expresaba. Si revisás archivos, hace 20 años que digo: “En algún momento voy a ser padre. Creo más en la ley del amor que en la ley de la sangre. No tengo el prurito de que mi hijo tenga mi sangre ni mis genes”. Son declaraciones que hacía sin saber cómo iban a terminar en esta historia mágica con mi hijo. —¿Cómo hiciste para convivir con ese deseo durante tantos años? —Yo soy una persona que, en todos los órdenes de la vida, siente que las cosas tienen un tiempo. Creo que eso me viene mucho desde lo laboral y lo aplico a mi vida cotidiana. Cuando tenía veintipico era muy ansioso. Se me ocurría una idea y quería hacerla ya. Con el tiempo fui aprendiendo. Este año, en noviembre, cumplo 50 años, 30 como director, y Lucio y yo, la obra que acabo de estrenar, es mi obra número 70. Son números muy redondos y, a la vez, acumulativos. Esa acumulación me hizo entender que cada cosa tiene su tiempo. Podés imaginar, desear o soñar algo en un momento, pero eso no quiere decir que tenga que suceder ya. Entonces, en algún lugar de mi inconsciente, decía: “En algún momento voy a ser padre. Va a llegar como tenga que ser y, si no llega, es porque no es para mí”. No estaba en una búsqueda súper proactiva o ansiosa, ni rellenaba formularios ni estaba en lista de espera. Apareció el video de Lucio y se alinearon mis deseos, mis capacidades y la mirada del otro lado. En este caso, la jueza Carolina Macarrein, de Corrientes, es una capa. No solamente resolvió la situación de Lucio, sino la de muchos niños y situaciones muy especiales. Por ejemplo, seis hermanitos que ahora tienen una familia porque ella encontró la familia ideal para que no se separaran.12 niños y adolescentes que esperan ser adoptados escribieron cartas para presentarse—¿Qué viste vos en ese adolescente que no vemos muchos adultos en la cantidad de chicos que hoy esperan en hogares? Porque hay muchos Lucios. —Lo primero que está bueno aclarar es que no había antecedentes en la historia de la adopción en la Argentina de un niño que hablara a cámara, en primera persona, para contar su historia. La ley de adopción incluye, obviamente, el cuidado de la identidad de los menores. La jueza tomó una decisión, entre comillas, bastante riesgosa, transgresora y fuera de protocolo, con la anuencia de Lucio, que en ese momento tenía 14 años. Ella se lo consultó y él dijo que sí. Al principio hubo bastante controversia, mucho hate y mucho quilombo dentro del sistema legal. Pero la ola de amor que vino después fue enorme. Pasamos de tener a un chico que llevaba mucho tiempo dentro del sistema de adopción sin que nadie se inscribiera a que, a partir de ese video, sus palabras y su visibilización, aparecieran 150 familias que querían adoptarlo. La contundencia de eso obliga a pensar que, aunque estuviera fuera del protocolo estricto de adopción, había algo que escuchar. De hecho, mi gran pregunta es qué pasó con las otras 149 familias que no adoptaron a Lucio y que tenían el deseo de adoptar a un adolescente. Ahí hay algo que, para mí, el sistema tiene que escuchar y modernizar. Entiendo que a la persona que se anota para la convocatoria de Lucio no se la puede simplemente reacomodar y darle otro niño. Pero me pregunto por qué el sistema no puede aggiornarse. Si hay 149 personas o familias con el deseo, las condiciones y el compromiso de darle una vida mejor a un chico más grande, ¿por qué no buscar la manera de que entren al sistema de adopción, participen de otras convocatorias públicas o sean convocadas de manera autogestiva? Ahí hay un caldo de cultivo de gente que verdaderamente tenía el deseo de adoptar. —¿Qué prejuicios tenías y cuáles fuiste derribando durante el proceso de adopción? —Cuando me acerqué al RUAGA hace 20 y pico de años, salí de la entrevista y lo primero que pensé fue: “Ay, no tengo casa propia”. Es una pavada. Yo soy hijo biológico de mis padres y ellos siempre alquilaron. Me pudieron tener igual. Gran parte de los argentinos son inquilinos. Sin embargo, en ese momento me agarró una especie de gran responsabilidad: “Además de pagar el alquiler a fin de mes, ¿voy a poder mantener y alimentar a un hijo?”. Son pavadas y no pavadas que te habitan el inconsciente. Yo era muy joven y me dedico a algo bastante inestable. No trabajo en un banco donde todos los meses tengo un sueldo. Mi ingreso depende mucho de la recaudación, del público que viene al teatro, de la inventiva y de los espectáculos que yo mismo creo. Con el tiempo entendí que aquello era un pretexto interno, una inseguridad que, por suerte, pude superar. En relación con una familia monoparental, siempre tuve claro que, más allá de que en distintos momentos de mi vida estuve en pareja, no quería adoptar con otra persona. Por mi personalidad, no me imaginaba unido para siempre con alguien por compartir la paternidad de esa persona que llegara a mi vida. Soy bastante estable emocionalmente en mis parejas, pero también bastante cambiante. Soy de Escorpio y me aburro rápido. Pensaba: “No quiero adoptar un hijo y que esta pareja, que dentro de seis años quizás ya no está conmigo, forme parte para siempre de mi vida y de la de mi hijo sin que haya nada en relación con el amor que nos una”. Siempre tuve claro que ese era un deseo más personal. Cuando vi el video de Lucio y me anoté en la convocatoria, los miedos y prejuicios desaparecieron. No pensé: “¿Lo voy a poder mantener? ¿Estoy bien emocionalmente para sostener una paternidad como hombre solo?”. Sí había una contradicción. En el video, Lucio hablaba mucho de la figura de una mamá y yo pensaba: “Bueno, yo no tengo una madre para ofrecerle”. Tampoco me iba a casar, no había otro padre y en ese momento no tenía el deseo de tener más hijos, así que tampoco le iba a ofrecer una casa con hermanos. Pero confié en lo que genuinamente tenía para ofrecer y fui muy claro con eso. Dije: “Si esto del otro lado interesa, es lo que puedo dar”. ¿Querés adoptar? Entrá a la guía de Fundación LA NACION con las respuestas a las preguntas clave—Vos adoptaste a Lucio, pero Lucio también te adoptó a vos. ¿Cómo te hace sentir que tu hijo te haya elegido? —Me hace sentir muy feliz, pero no porque me haya elegido a mí. Me hace muy feliz tener el hijo que tengo. Es muy capo mi hijo, y no lo digo desde ese sentimiento que tenemos todos los padres o las madres sobre nuestros hijos. Es muy capo de verdad. La obra lo cuenta. Mi hijo estuvo nueve de sus 15 años, hasta que yo lo adopté, dentro del sistema judicial. Nunca se llevó una materia, nunca repitió un año. Cuando llegó a mi vida estaba en cuarto año. Hizo cuarto y quinto conmigo, egresó del secundario y terminó tanto la primaria como la secundaria en tiempo y forma. Para un niño que vivió dentro de un sistema judicial y sin familia, es muchísimo. Es una persona súper empática, resiliente y reconectada. A veces subo historias con mi hijo, de actividades que hacemos, que me acompaña a ver una obra de teatro, que vamos al cine, miramos una película o cenamos juntos, y no te puedo explicar cómo explota mi celular. Por un lado, de amor, porque a la gente le encanta la relación que tenemos; pero también de inquietudes, sobre todo de padres y madres de adolescentes, que me preguntan: “¿Cómo conectás así con tu hijo? ¿Cómo se cagan de risa juntos? ¿Cómo van al cine? ¿Cómo tu hijo no te cierra la puerta de su habitación en la cara y no te quiere ver por tres días?”. Eso no me pasó, entre comillas, porque nuestra historia es muy diferente. Durante 14 años él no estuvo conmigo, por lo cual llegó la adolescencia y no tiene la necesidad de despegarse. Todo lo contrario: los dos tenemos la necesidad de seguir conectados. Desde que mi hijo está en mi vida hay muchos adolescentes alrededor mío. Mi casa es el lugar de encuentro, de juntada, de previa. Vienen muchos amigos de Corrientes que se quedan acá durante las vacaciones y él después se va. Por su grupo de vóley, de fútbol y del secundario estoy muy en contacto con adolescentes y con sus padres y madres. Y me doy cuenta, lo digo muy humildemente y con el mayor respeto y amor para que se entienda bien, de que hay muchos padres que no le ponen al vínculo el tiempo y el compromiso que yo le pongo. No sé cómo serían mi tiempo, mi compromiso y mi disponibilidad afectiva si hubiera tenido un hijo biológico o adoptivo desde el momento cero y hoy lleváramos 18 años juntos. Pero mi hijo está conmigo hace tres. Esta es mi historia y yo le pongo tiempo y compromiso a diario. Para mí es fundamental saber cómo está, encontrar el momento para sentarnos a la mesa, mirarlo a los ojos, escuchar su respuesta y repreguntar. Si durante dos días no pudimos hacer muchas actividades juntos, el tercer día quizás vamos a merendar afuera, dejamos los celulares y hablamos. Es una especie de sacerdocio de la vinculación, por decirlo de alguna manera, que tuve muy claro desde el principio. Apenas llegó mi hijo a casa pensé: “Todos los días, en algún momento, tengo que conectar con él”. Porque durante mucho tiempo no estuvimos juntos y ahora es el momento de conectar. Eso va a construir la base de nuestro vínculo de acá para adelante. Ahora está una semana o diez días en Corrientes y siento que nuestra conexión está intacta. Si un día nos mandamos pocos mensajes, al otro me llama para preguntarme cómo estoy, cómo me fue en el ensayo, qué estoy haciendo, y me cuenta lo suyo. Eso es laburo. No hay otra ciencia. —Los dos son tipos súper activos, con mil compromisos, pero una vez al día tienen que conectar. ¿En qué consiste? —Es algo medio inconsciente mío y que él ya tiene incorporado. Si no desayunamos, almorzamos, merendamos o cenamos juntos, en algún momento yo le pregunto cómo está o él me pregunta a mí. Nos escuchamos. A veces, cuando tenés un vínculo con un hijo o una hija, das cosas por sentadas. Y hay algo extraordinario sobre esto que también cuenta Lucio y yo. Al principio, cuando llegó mi hijo, yo quería aprender a ser padre en tiempo récord. Más allá de que inconscientemente sentía que me había preparado, no había adolescentes en mi familia. Entonces empecé a ver muchas clases y contenidos en YouTube. Ahí encontré a un filósofo español espectacular que hablaba mucho del vínculo con los adolescentes. Explicaba que el adolescente todo el tiempo te va a hacer sentir que no te necesita, pero vos tenés que saber que quiere que estés ahí. No cierra la puerta de su habitación porque quiere que te vayas de tu casa y le chupás un huevo. La cierra porque quiere su intimidad. Cuando quieras conectar, golpeale la puerta y vas a ver que te va a decir: “Sí, podés”. Si abrís la puerta y hacés una pregunta, probablemente te la conteste. Siento que a veces hay una debilidad en la maternidad o la paternidad de adolescentes: enseguida tiran la toalla. “No quiere estar conmigo”, “le embola”, “no quiere venir a la reunión familiar”, “lo dejo dormir”. Sí, es un esfuerzo, pero también es más cómodo. A mí no despertar a mi hijo un fin de semana me resulta más cómodo. Pero no sé si siempre está tan bueno lo cómodo. Porque quizás hago el esfuerzo de despertarlo y me banco que al principio no quiera levantarse, pero después tenemos un desayuno buenísimo y se arma un planazo. Si el domingo lo despierto y almuerza con la familia, después puede hacer lo que quiera durante la tarde. Pero ya hubo un momento de conexión, un encuentro que está bueno propiciar. Y vuelvo a lo que decía antes: veo muchos padres y madres que no están dispuestos a hacer ese laburo. Lo relaciono con algo que aparentemente no tiene nada que ver, que es el supuesto éxito de lo que hago. Me dicen: “Ay, porque siempre sos tan exitoso”, “tus obras van rebién”. Yo no lo contesto, pero internamente pienso: “No sé si van rebién. Van todo lo bien de los huevos que les pongo”. Vengo acá, me encanta esta conversación, me ayudás a pensar y, en el medio, pienso: “Acuérdense de que tienen que venir a ver Lucio y yo y que las entradas se compran en Alternativa Teatral”. Porque también es parte de esto: lograr que tengan ganas de venir a ver Lucio y yo o Sex, que es la otra obra que tengo. Hay un compromiso diario que tenés que ponerle a lo que hacés para que el éxito aparezca. Eso vale para la paternidad, el amor, el trabajo o la vida. Si no le ponés mucho huevo a tu vínculo o a tu proceso de terapia, la terapia no va a funcionar sola. Si no se lo ponés al entrenamiento, la alimentación y el gimnasio, posiblemente no estés conforme con vos ni con tu cuerpo. Y si no le ponés el mismo esfuerzo al vínculo con tu hijo o tu hija, tampoco vas a estar conforme con ese vínculo. Es una regla de tres simple. —¿Cuándo sentiste que habías dejado de estar aprendiendo a ser papá de Lucio para ser simplemente su papá? ¿Hubo algún momento en el que dijiste: “El vínculo ya está consolidado, somos padre e hijo”? —No hubo un momento puntual, pero sí creo que se solidificó, se corporalizó, durante ese primer año de vinculación. Y parece publicidad, pero está muy relacionado con Lucio y yo, porque fue el momento en el que empecé a escribir la obra. En realidad, surgió del nivel de angustia que me daba no trabajar. El primer año que Lucio vino a mi casa dije: “Yo no puedo adoptar un hijo, seguir con mi velocidad, con mi vida centrífuga, y dejarlo en casa”. Era un adolescente que yo traía de Corrientes a Buenos Aires. Si bien había nacido acá y había vivido sus primeros años acá, su niñez y su adolescencia habían transcurrido en Corrientes. Llegaba a una nueva ciudad, una nueva familia, una nueva escuela. No podía irme de nota en nota, de ensayo en ensayo. Entonces, ese primer año me pude dar el lujo, porque mi trabajo me lo permitía, de tomarme una especie de año sabático. Mantuve mis espectáculos en escena, pero no creé ninguna obra nueva. Pensé: “Está bueno despertarlo a la mañana, llevarlo a la escuela, hacerle el desayuno, estar cuando vuelva, que si tiene un problema en la escuela pueda charlarlo conmigo, que si va a fútbol lo lleve y lo traiga, que si vienen amigos pueda preparar un bizcochuelo”. Armar ese nido familiar. Para una persona tan creativa y tan eufórica artísticamente como soy yo, pasar un año dedicado a ser padre y una especie de amo de casa era como ser un mono con navaja encerrado. Me salía la creatividad por los poros y no sabía qué hacer. Entonces empecé a escribir una bitácora de todo lo que pasaba durante nuestra vinculación. Ya le había puesto Lucio y yo, pero sin ninguna intención artística. —Era una suerte de diario. —Sí. Si en ese momento me hubieras preguntado, habría dicho que escribía unas memorias, unos ensayos sobre nuestro vínculo. Si tenía que imaginar un formato, pensaba más en un libro. Un día él me vio escribir y me preguntó qué hacía. Le conté que tenía mucha creatividad acumulada y que, como no ensayaba nada, prefería volcarla ahí. Y me dijo: “Pero, viejo, vos hacés obras de teatro. ¿Por qué no hacés una obra de teatro sobre nosotros?”. Pensé: “Qué loco que me lo esté diciendo él”. Lucio tiene un perfil muy bajo, nada que ver conmigo. Sube sus fotos, alguna historia con la novia, pero no tiene un perfil mediático ni le gusta la prensa. Entonces le pregunté: “¿Vos querrías que haya una obra sobre vos y yo?”. Me dijo: “Sí, si no la actúo yo”. Le contesté: “Obvio, a mí tampoco me gustaría actuar de mí. Serían actores”. Y me dijo que sí. Ahí empezó otro proceso genial. Yo le leía partes de la obra y él me decía: “No, eso no fue así. Ese día, cuando nos peleamos, vos dijiste tal cosa y yo dije tal otra. Ponelo como fue”. —La fueron creando juntos. —Sí. Y ahí apareció algo maravilloso de Lucio y yo que la gente agradece cuando ve la obra: no es mi mirada, es la mirada de los dos. Es muy interesante cómo se construye la historia de un padre y un hijo desde ambas perspectivas, la de un adulto y la de un adolescente. Cuando él llegó a mi vida yo tenía 46, 47 años y él, 15. Ahora yo tengo 50 y él, 18. La obra se construye a partir de esos dos discursos y esas dos experiencias de vida. No había nadie que pudiera contar mejor que él su propia experiencia, su recorrido, su vínculo con el sistema judicial y lo que significa vivir en hogares. También permite sacar el velo de misterio que muchas veces rodea a la adopción. Creo que esa es la magia, lo gracioso y lo emotivo de Lucio y yo. La gente se ríe muchísimo y es genial poder reírse de algo que, en algún momento, uno puede percibir como doloroso. —¿Hubo algo que te pidiera: “Viejo, esto no lo pongas” o, al contrario, “esto tiene que estar”? —”Esto no lo pongas” nunca existió. Sí hubo un acuerdo tácito, que tiene que ver conmigo pero también mucho con él: la obra es una biopic de nuestra vinculación, no de su vida ni de la mía. Vos vas a ver Lucio y yo y nos ves a Lucio y a mí, no la vida de Lucio. Por eso es una obra que no habla de su familia biológica ni de cuestiones de su historia personal que pertenecen a su privacidad y que él podrá exponer cuando lo desee. Siempre le expliqué que yo quería ser muy sincero, muy documental, en relación conmigo mismo, no en relación con otros. Lo máximo que puedo hacer es documentarlo a él con su anuencia. No puedo documentar a otras personas o existencias sin su aprobación, porque ahí no me sentiría pisando tierra firme. Puedo decir que la obra es muy sincera y muy real porque, si bien uno siempre habla desde su subjetividad, no hay nada más real que lo que te pasa a vos mismo. —¿Cómo se acompaña a un hijo, que es la persona que más amamos, cuando viene con una historia de dolor, si entendemos que no podemos sanar eso por él y que nuestro lugar es acompañarlo? —La obra tiene un capítulo extraordinario que se llama “Corazón de Gruyere”. Habla de un concepto muy presente entre los padres y madres que adoptamos: creemos que vamos a darle al hijo o a la hija todo lo que esté a nuestro alcance, desde lo emocional hasta lo material, y que eso va a hacer que, a partir de ahí, sea feliz y desaparezca todo lo anterior. Eso es una mala película de Netflix, no la vida real. En la vida real, igual que cuando tenés un hijo biológico, si el otro tiene una ausencia, un dolor, un agujero como el queso gruyere, no lo podés rellenar. Yo puedo construir una vida extraordinaria con mi hijo desde el momento en que llegó y de acá en adelante. Una vez, el psicólogo de Lucio me dijo algo que me pareció genial: “No te preocupes, José María. Vos vas a armar la vida con tu hijo de acá en adelante y tu hijo ya tiene su vida de acá para atrás. Después, la existencia se va a ocupar de que él sea el resultado de esa balanza”. Igual que vos. Ahí hay otro tema muy interesante. Cuando Lucio llegó a mi vida, yo ya tenía el background de toda una vida. Tu hijo no te va a arreglar, sanar ni subsanar eso. Entonces, ¿por qué miramos a un hijo o a una hija, biológico o adoptivo, y pensamos: “¿Cómo vamos a hacer con todo lo que estuvo antes?”. La mayor mochila la tenía yo cuando mi hijo llegó a mi vida: tenía 47 años. Eso es una mochila, no sus 14. El que tuvo que adaptarse a mí fue él. Yo era un tipo de 47 años, con mis mañas. Cuando tenés un hijo biológico a los 30 años y tu hijo empieza a crecer con vos, él también tiene que adaptarse a tu locura. Tu hijo tiene que convivir con un padre o una madre a los que ya los habitan 30 años de existencia. A vos te habitan tu madre, tu padre, tu niñez, tus malos trabajos, tus malos amores. Todo eso está en vos y lo proyectás sobre tu hijo. Entonces, ¿por qué te preocupa que un chico que adoptás a los 8, 10 o 12 años tenga una historia? ¿Y la tuya? ¿Qué hiciste con tu historia antes de adoptar o de gestar un hijo? ¿La dejaste de lado? No. Y tu hijo, ya sea que llegue por un embarazo o por una adopción, también va a convivir con ella. —Has contado que Lucio te preguntaba qué iba a pasar cuando cumpliera 18 años. En muchos hogares, cuando los chicos llegan a esa edad, tienen que salir a la vida, muchas veces solos. ¿Qué pasó cuando cumplió 18? ¿Se acordaron de ese momento? —No nos acordamos particularmente de eso, pero sí me acuerdo de cuando apareció por primera vez. Hacía un par de meses que Lucio había llegado a mi vida, nuestra relación estaba muy bien y todo fluía. Un día, cuando tenía 16 años, me dijo: “Bueno, yo tengo que ver qué va a pasar cuando cumpla 18”. Yo no entendía. Le pregunté: “¿Cómo que qué va a pasar?”. Y me dijo: “A los 18 me tengo que ir”. Le contesté: “¿A dónde te vas a ir? De mi vida no te vas a ir nunca, y yo de la tuya tampoco. De casa te vas a ir cuando vos quieras, cuando tengas un trabajo, cuando te enamores, cuando te cases, cuando quieras vivir solo”. Yo me fui de mi casa a los 18 porque no me bancaba a mis viejos y porque necesitaba espacio. Pero con Lucio es distinto. Al principio vivíamos en un departamento donde él tenía su habitación y su baño, aunque estábamos bastante cerca. Hace seis meses nos mudamos a uno nuevo que compré y tiene dos sectores bastante independientes. Lucio tiene su entrada, yo la mía, y tenemos independencia auditiva total. Llegó un momento en que yo no quería escuchar más la Play, las puteadas con los pibes, el trap, a Duki ni, mucho menos, algunas cosas de su vida privada. Ahora vivimos juntos, pero con mucha autonomía. Por eso no siento que tenga esa urgencia de irse para independizarse. Para mí fue un momento hermoso cuando pude explicarle: “Yo soy tu papá para toda la vida. Esta es tu casa para siempre. Ojalá puedas ser independiente lo más rápido posible, por tu autonomía y tu felicidad, pero no porque te tengas que ir”. No hay ningún lugar del que uno egrese. De las emociones y de la paternidad no se egresa nunca. —¿Hubo que construir esa idea de permanencia, sobre todo con alguien que venía de tantos vínculos rotos y de tantos abandonos? —Sí. Al principio se lo decía bastante. Después hubo un momento, dentro de ese primer año, en el que sentí: “Listo, ya no hace falta decirlo más. Lo entendió”. Al comienzo sentía que tenía que ponerlo en palabras y, además, demostrarlo con acciones. “Mirá que yo estoy. Aunque te enojes, aunque te ponga un límite, aunque hoy no quieras hablar conmigo, esto es para siempre”. Siempre hablábamos a futuro: cuando yo sea grande, cuando vos te cases, cuando tengas un hijo, cuando no vivamos juntos pero vengas a visitarme, como yo voy a visitar a Cuqui, que es mi mamá. También hay cosas que no necesitan explicación. Él ve el vínculo que tengo con mi mamá y con mi familia, que nos juntamos los domingos, que estamos para el otro. Eso también construye. Creo que, en un vínculo de adopción, hay un miedo inconsciente que puede existir en cualquier chico de cualquier edad porque el abandono ya sucedió. Pero yo soy una persona muy clara. Con mi hijo hablo de la misma manera que estoy hablando con vos. Obviamente, no todo puede ser tan pragmático porque están las emociones en el medio. —También hablabas de la importancia de construir una relación con confianza mutua. Ese lugar seguro al que él pueda acudir para hablar de sexo, drogas, alcohol o cualquier otro tema. Pero al mismo tiempo sos su papá, no su amigo. ¿Cómo se construye ese límite? —Eso siempre lo tuve claro. No quiero ser el amigo de mi hijo. Yo tengo amigos y mi hijo no es mi amigo. Es mi hijo. Dentro de ese vínculo de paternidad trato de tener la mayor confianza, cercanía y empatía posibles. Eso genera una especie de camaradería, de complicidad, pero dentro de ciertos límites. Si quiere tomar alcohol, por ejemplo, podemos salir a comer algún día y tomar una copa. Pero si se quiere poner en pedo, no es conmigo y ojalá no lo haga porque no está bueno. Yo soy una persona muy sana. Nunca consumí drogas, nunca fumé marihuana, tomo alcohol de manera social y no fumo cigarrillos. Todas esas cosas que están alrededor de los adolescentes no forman parte de mi vida cotidiana. Él lo ve y esa es también una manera de explicarle qué cosas, para mí, no van. Ahora ya cumplió 18 años. Si quiere fumar, no voy a estar con un revólver detrás de su cabeza para impedirlo. Le puedo decir: “Me parece una mierda. No conozco a nadie que fume y esté mejor gracias a eso. ¿Vos conocés a alguien?”. Lo puedo acompañar desde esas reflexiones. Para mí ese también es el camino de la paternidad: acompañar, guiar e invitar al otro a hacer su propia existencia, su propia aventura. Me sirve mucho el ejercicio de pensar qué cosas de mis padres no quiero repetir. Tuve un padre y una madre extraordinarios y muy amorosos, pero con poca cercanía y poco diálogo. Obviamente, era otra generación. Yo tengo 50 años, mi mamá tiene 80 y mi papá le llevaba diez años. No era una generación muy vinculada al diálogo. Muchos temas eran tabú. Cuando descubrí mi identidad sexual, por ejemplo, estuve varios años sin decirles a mis padres que me gustaban los hombres o que me enamoraba de hombres porque quería evitar que se angustiaran. No porque pensara que iba a haber una represalia. Nada que ver. De hecho, me recontraaceptaron. Pero yo imaginaba que les podía generar angustia. Porque había falta de diálogo y yo tenía la idea de que podía angustiarles que no respondiera al arquetipo de un hijo heterosexual. En mi adolescencia, los sábados a la noche, en vez de ir a un boliche con mis amigos, me iba a ver obras de teatro a la calle Corrientes con mis compañeros de teatro. Y a mis viejos les mentía. Les decía que iba al boliche con los chicos del secundario porque pensaba que, si les contaba que me iba al teatro, iban a sentir cierta inseguridad o pensar que me pasaba algo raro. Eso, para mí, tenía que ver con la falta de diálogo. Con Lucio siento que construimos un vínculo donde, ojalá no me equivoque, él puede contarme adónde va y qué hace. Y hay algo de lo que estoy muy orgulloso: me cuenta cosas sobre las que yo puedo decirle “me parece que no está bueno”, “no estoy de acuerdo” o “yo no lo haría así”, pero no siente que por eso tenga que dejar de contármelas. Eso, para mí, está buenísimo. —Es fundamental que sepa que puede ir a vos con lo que sea. —Sí. No necesito que él se parezca a mí. Tiene que ser como es. Mi hijo, por ejemplo, cuando llegó a mi vida era un adolescente heterosexual que venía de Corrientes. Y llegó a la vida de un tipo súper deconstruido, gay, que vive en Buenos Aires y tiene una vida muy cosmopolita. Al principio íbamos por Recoleta y veía parejas de hombres de la mano o chicas que se besaban, y todo eso le llamaba la atención. Hasta que un día lo hablamos y me dijo: “Pero, viejo, en Corrientes esto no es así”. Fue genial. -Ya te dije al principio: Lucio es muy capo. Una vez le dije: “Ay, Lucio, qué pavada. Yo fui mil veces a Corrientes y nunca nadie me miró ni me señaló por ser gay”. Y él me respondió algo maravilloso: “Claro, viejo, porque vos sos famoso. Para la gente no sos gay, sos famoso. Ahora, si vos fueras con esa ropa por Corrientes y nadie te conociera, estoy seguro de que te señalarían, como señalan a un montón de gays o de chicas lesbianas. No es lo mismo que acá”. Entonces también tuve que entender que, para él, que llegaba de otro lugar, todo eso podía sorprenderlo porque no lo tenía tan incorporado. Fue una respuesta genial. Y en realidad es una respuesta más profunda, porque no tiene que ver solamente con el interior. Tiene que ver con el bullying que suele sufrir quien no entra en el canon de lo hegemónico. A Barassi nadie le va a hacer bullying porque es Barassi, pero a cualquier persona gorda sí se lo pueden hacer. A mí nadie me señala en la calle y dice “el puto”, pero a cualquier persona gay que quizás se vista como estoy vestido yo hoy posiblemente la señalen porque no es famosa. —Recién trajiste una palabra, bullying, que también se vincula con tu historia como hijo. Has contado que lo sufriste de chico, en alguna medida relacionado con la figura de tu papá. ¿Cómo te marcó? Porque es una violencia que a veces se minimiza. Y también, ¿cómo resignificaste algunos vínculos con tus propios padres a partir de convertirte en papá? —Me pasan dos cosas con eso. Primero, cuando lo recuerdo, lo hago con angustia y tristeza. Fue sobre todo durante la primera parte de la primaria, de primero a cuarto grado. Después me di cuenta de que la manera de evitar el bullying era convertirme en líder. Entonces, en quinto, sexto y séptimo ya organizaba todo. Para la gente que no sabe, mi papá era bastante mayor que mi mamá, le llevaba 15 años. Caminaba con bastón porque tenía gota, una enfermedad vinculada al ácido úrico, y además era obeso y pelado. Entonces parecía un poco mi abuelo. Cuando me iba a buscar a la escuela, al día siguiente el bullying era muy heavy: “Te vino a buscar tu abuelo”, “te vino a buscar Papá Noel”. Ahora lo miro para atrás y parece una pavada, pero en ese momento me reangustiaba. Yo no entendía lo que me pasaba y me angustiaba con mi papá. No quería verlo, no quería que apareciera en ningún contexto social y me ponía mal que estuviera. Mi papá era un tipo amorosísimo conmigo. Imaginate: un hombre grande, con bastón, verdulero, obeso, que se hacía el tiempo para ir a buscarme a la escuela. Era un capo. Sin embargo, yo buscaba miles de pretextos para que no fuera porque, si aparecía, al día siguiente me volvían loco. Cuando crecí y me mudé solo a los 18 años, al tomar cierta distancia de mi mamá y mi papá, me di cuenta de los padres bárbaros que tenía. No tenían formación académica, pero sí una enorme formación emocional. Mi papá no terminó la primaria, mi mamá terminó la secundaria de grande porque yo le insistí. Ella limpiaba casas y él era verdulero. Sin embargo, cuando a los ocho años les dije que quería estudiar teatro, me apoyaron. Y conozco padres académicos que tienen un hijo que quiere ser pintor o una hija que quiere ser bailarina y los mandan a estudiar Abogacía. No escuchan el deseo del hijo. Ahí hay dos cosas que me marcaron en relación con mis padres y con el padre que quiero ser. Por un lado, me habría resultado muy angustiante que mi hijo sufriera algún tipo de bullying en la escuela por tener un padre famoso, gay o excéntrico. Por eso, durante ese primer año en el que lo acompañé mucho, fui muy riguroso con mi perfil en relación con él. —¿En qué sentido? —Elegía ropa muy sobria para acompañarlo a la escuela. También escuchaba mucho. Por ejemplo, mi tío me contaba que su hija adolescente quería que él la esperara a una cuadra de la escuela. Lucio nunca me lo expresó, pero yo pensaba: “Si algún día me pone un pretexto o me pide algo así, no voy más o lo espero a una cuadra”. Nunca pasó. Además, él traía mucha gente a casa, así que yo veía que no había ningún problema de ese tipo. Estuve muy atento. Fui un padre muy presente en el secundario: iba a todas las reuniones, hablaba con los docentes, pero conservaba un perfil más bajo. Yo no iba a la escuela a hacerme “Muscari”. Lo mandé a una escuela pública por decisión propia. Yo egresé de una escuela pública y me parecía que el cambio de Corrientes a Buenos Aires, sumado a la adopción, ya era lo suficientemente grande como para además ponerlo en una escuela privada. Elegí una escuela pública espectacular, de la que egresó, y siento que fue una muy buena decisión. Durante esos dos años estuve muy presente para la escuela y para mi hijo, pero con un perfil distinto al que tengo acá. Nunca hablaba así en una reunión de padres. Escuchaba tranquilo y después me acercaba al tutor, a la profesora o a la preceptora y decía: “Soy el papá de Lucio, ¿cómo lo ves?”. Siento que ese es el perfil que tenemos que tener los padres, seamos famosos o no. A ningún hijo le gusta un padre o una madre con un perfil alto dentro de su mundo. Mi hijo festeja mi perfil en el trabajo, aunque no mira mis notas, y gracias a Dios que no las ve porque no es cholulo mío. Le parece genial que vayamos por la calle, alguien toque bocina, yo salude o me pidan una foto. Lo vive con felicidad. Siempre me jode y me dice: “Sos el duque de la jubilada. Todas las jubiladas tienen una foto con vos”. Pero ese personaje mío, celebrity o social, es para la vida, no para la paternidad. —Si tuvieras cinco minutos para conversar con alguien que está pensando en adoptar, pero dice “adolescente, no”, ¿qué le dirías? —Yo le diría: “Adolescente, sí”. Primero porque cuando adopté a Lucio tenía 47 años. A esa edad no estás para cambiar pañales ni para no dormir porque un bebé llora. No es tu lógica orgánica. Y a cualquiera que tenga miedo de adoptar a un adolescente o a un niño más grande, de ocho o nueve años, que son muchos los que esperan en hogares, le diría algo sobre el miedo que más escucho: “Ya tuvo un montón de primeras veces y yo no estuve. Ya cumplió tantos años y yo no estaba. Ya terminó la primaria y no la hizo conmigo. Ya está en el secundario y yo no lo anoté”. Lo más genial de la historia con mi hijo es que, hasta los 14 años, cuando me conoció, tuvo un montón de experiencias en las que yo no estuve. Pero de acá en adelante hay infinitas en las que sí voy a estar, y eso no te lo quita nadie. Con mi hijo viví miles de primeras veces: la primera vez que conoció el mar, que subió a un avión, que hicimos un viaje juntos, que hicimos un curso para aprender a manejar, que nos compramos un auto, que tuvo una novia desde que vive conmigo, que cumplió 18 años y organizó una sala de escape. Hay miles de primeras veces que no reemplazan aquellas en las que no estuviste, pero sí construyen una paternidad o una maternidad indestructible. Hay que correr el ego. “No estuve en todos esos años”. Bueno, no estuviste. Ahora sí estás y podés construir de acá para adelante. —¿Qué tiene que cambiar para que no haya más Lucios en hogares? Para que un chico encuentre la familia que tiene derecho a tener y no dependa de un video que se vuelve viral. ¿Qué hace falta para que todos los Lucios encuentren a sus Muscaris? —Hay que revisar, dentro del sistema judicial, la responsabilidad de los adultos y entender que los niños no son expedientes. La ley no tiene premura, pero los seres humanos que están detrás de esos expedientes sí deberían tenerla. Porque cada expediente representa el tiempo de vida de un chico. En Lucio y yo, el personaje de mi hijo dice: “Cada día que vivís en un hogar no es un día más de vida, es un día menos. Un día más de vida lo tuve a partir de que salí del hogar”. Puede haber hogares divinos. No fue el caso de mi hijo. Lucio estuvo en muchos hogares en los que no le gustó estar y vivió situaciones dolorosas y traumáticas durante su niñez. Otros chicos pueden tener experiencias distintas, incluso felices dentro de una institución, pero todos tienen derecho a una familia. Ningún niño debería tener que vivir en un hogar. Para que eso cambie, los adultos que trabajan dentro del sistema judicial vinculado a la infancia tienen que suplir la premura que la ley no tiene. Quizás la ley no cambie, pero quienes la administran son personas. Si cada una de esas personas entiende que cada hora cuenta en la vida de un niño, mucho de la realidad de la adopción en la Argentina podría cambiar.Quiero una FamiliaEsta nota forma parte de Quiero una familia, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca garantizar el derecho de cada niño a vivir y crecer en familia.