Un paseo por los barrios de Madring: camisetas de España, Testigos de Jehová... y el helicóptero

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En la puerta del metro de Mar de Cristal se ven camisetas de Ferrari y Aston Martin, incluso una de Mercedes. También hay muchas de la selección española, ¿por qué no? Unas jóvenes voluntarias dirigen a los aficionados, que pasan por hombre-anuncio gracias a la omnipresente publicidad que lucen los uniformes de las escuderías de Fórmula 1, hacia el flamante MadRing. Al llegar a la glorieta de Edimburgo una nueva camada de voluntarios detiene a quienes pasan por allí y les habla en inglés para dirigirles. Incluso se sorprenden si se les responde en castellano. Ellos son los guardianes del circuito, a partir de ese punto solo se puede llegar con entrada. Son las once de la mañana y las calles, más allá de los aficionados, están desiertas. Tampoco es inusual, es una zona con escaso movimiento y limitado comercio. Pocos la conocen más que Juan Carlos, que tras la barra del bar Los Ávilas ya está viendo los matices que tiene para la zona que la Fórmula 1 haya desembarcado en Madrid. «Hace un rato se han sentado allí cinco chicos, no eran españoles y claramente no habían dormido, han venido y se han tomado unas jarras de cerveza», explica mientras de fondo se escucha constante el tableteo de un helicóptero. «Aquí los coches se oyen, pero se oyen poco», añade el dueño del bar, que no espera que la recaudación se dispare, pero sí tiene muy presente el Gran Premio, aunque solo sea por estar incesantemente presente en la conversación. «En el barrio no se habla de otra cosa, llevamos unas semanas en las que cada persona que se sienta aquí cuenta algo de la Fórmula 1», dice con una sonrisa. La conversación estrella no tiene tanto que ver con la carrera como con la economía que se genera a su alrededor. «Conozco una persona que tiene una casa grande con piscina, para seis o siete, y la ha alquilado el fin de semana por 23.000 euros. Yo no lo haría, pero es normal que se lo piensen, porque es un dinero que no se ahorra en un año», cuenta otro señor que pasa por la zona y prefiere no dar su nombre. En la terraza unos vecinos toman un café. Ellos también ven el movimiento, pero no notan demasiado el ruido o las molestias. «Aquí no, los que lo tienen mal son los de Valdebebas. Allí está todo cerrado y para llegar a casa tienen que mostrar el DNI y dar la vuelta al mundo», cuenta uno de ellos. Una parada de metro más allá se llega al corazón del circuito. La Feria de Madrid recibe al viajero con música electrónica de ritmo machacón. Aquí se escucha también, por supuesto, el helicóptero, del que no hay un solo vecino que no se queje. En el bar La Dehesa del Partenón, desde el que se ve la entrada del circuito y la parte de atrás del paddock, hay algo más de ajetreo que de costumbre. «Sí que se nota, sí, además hay muchos disfrazados», dice el dueño señalando a unos chicos que van de intenso verde Aston Martin. «Aunque normalmente cerramos los sábados, esta vez sí abrimos. Tampoco es que estemos trabajando mucho más porque como no les dejan salir y volver a entrar y no pueden meter comida de fuera, pues no lo notamos tanto», explica. El ruido de los coches, dice, molesta menos de lo que esperaban, aunque cuando ruedan, lógicamente, sí se escucha bastante. Sería muy raro lo contrario estando a poco más de cien metros de la entrada. Las calles tienen poca gente, casi todos van al circuito. Lo que sí se nota es la presencia policial, hay cuatro furgonetas en la Avenida de la capital de España y si uno se fija puede ver las papeleras precintadas por motivos de seguridad. Un grupo de chicos se acerca a la entrada. Hablan en inglés, llevan en Madrid desde el jueves y se irán el lunes. Han elegido este Gran Premio porque las comunicaciones con Londres son fáciles y el circuito está lo suficientemente cerca del centro para que su experiencia vaya más allá de los coches. A solo tres kilómetros, en cercano el barrio de Barajas, también se ven camisetas de la Fórmula 1. «Aquí no se oye nada», explica una camarera del Padam Bistró. También es cierto que es un barrio algo anestesiado para el ruido, no en vano el aeropuerto queda cerca y no es raro escuchar el rugir de los aviones. En el lado opuesto de IFEMA está Valdebebas. De la estación de Cercanías salen algunas personas, a las que esperan en la puerta unos jóvenes con pasquines de los Testigos de Jehová. Vecinos no se ven más que dos practicando running y ajenos a lo que ocurre al otro lado de las enormes avenidas que hacen del barrio una zona un tanto impersonal. Se escuchan de fondo los coches, pero no son molestos. Quien sí lo está, y mucho, es un conductor de Uber que se queja junto a la Ciudad Deportiva del Real Madrid: «Hay muchísimo lío, está todo cortado, me he tenido que desviar seis kilómetros para llevar unos turistas que querían venir acá». Y como harán este domingo los bólidos de F1 en la parrilla de Madring, arranca y se va.